Jacobo Zabalo 08-12-2011
Sydney Dance Company
Mercat de les Flors, 24 de noviembre de 2011
Pueden llevar títulos y poseer motivos conductores cada una de las dos creaciones que Rafael Bonachela, director artístico desde 2009 de la Sydney Dance Company, optó por programar en la presente ocasión. Pero lo que fundamentalmente se aprecia tanto en Landforms como 6 Breaths, coproducida ésta por el Mercat de les Flors, es su gran capacidad para expresar la experiencia del movimiento en toda su complejidad, como manifestación del ritmo en el espacio. Se asiste con mucho placer visual y auditivo a la expansión de las formas, a la ocupación vibrante, armoniosa incluso en los momentos más frenéticos, que la música de Ezio Bosso parece despertar. Es asombrosa la fusión, la retroalimentación que acontece entre danza y sonido. Compuesta para ser bailada, esta música, que en ocasiones recuerda a algunas composiciones de Arvo Pärt, se beneficia de una interpretación corporal soberbia: no hay duda que el baile orquestado por Rafael Bonachela la ensalza, la torna emotiva y llena de sentido incluso en sus pasajes más monótonos o efectistas. La afección que sugiere la danza acontece según una espontaneidad muy llamativa: la proliferación de formas, la diversificación de movimientos en una persona o de agrupaciones anima aquella fluctuación sonora que se desarrolla, que se expande como melodía. Por un instante se produce una situación mágica, y es que no se sabe si la música es la que mueve a la danza o la danza la que se propaga musicalmente.
Apoyándose en esta sensacional ambigüedad, Bonachela explora el misterio de la expresión corporal, sin duda una de las realidades más tangibles e inexplicables de la experiencia humana. Ya sea en los pasajes en que interviene el piano solo, abusando a conciencia de unas pocas notas en ostinato, como en el curso de la tensión contrapuntística de las cuerdas, la primera pieza, 6 Breaths, pone en escena diferentes modalidades en la expansión de ese movimiento que los bailarines de la Sydney Dance Company acometen con una diligencia fascinante. Lo cierto es que todos ellos demuestran una pasión por el baile que cautiva. Con la simplicidad y precisión de sus movimientos parecen otorgar un sentido a algo (la propia música) que por definición no significa nada en concreto. En la forma de actuar solo, en la expresión de los individuos se sugieren algunas de las autorreflexiones que cada cual puede realizar para sí, mientras que en los dúos inevitablemente se abre el campo de la alteridad, del intercambio y suscitación de afectos. Todo ello se traslada al espectador con un magnetismo incontestable, que tumba todo prejuicio que uno pudiera traer en contra de una propuesta como esta, la de una danza más clásica que realmente innovadora. Poco importa, porque lo que busca y logra comunicar el baile son verdades en fluctuación y aún así eternas, para las que no existe un solo lenguaje. Incluso si esa revisitación, excesivamente armónica, nos llega por momentos con un cierto manierismo, la verdad es que esa manera de propagar el movimiento o crear el espacio resulta vivificante.
Al fin y al cabo la innovación no consiste sólo en crear nuevas formas, también supone reflotar el valor de las antiguas, actualizar su validez. En este mismo sentido Landforms, segunda de las obras programadas, presenta una estética muy agradable de entrada, estética en apariencia poco reveladora pero que sin embargo acaba dejando huella. La sensualidad en la búsqueda de un equilibrio, de una armonía felizmente acordada causa un grato efecto en el espectador, que vive la confluencia de música y movimiento en una experiencia sensorial memorable. Los efectos de luz del final, un sol que se pone y deslumbra sugiriendo a contraluz las figuras de los bailarines, junto a la fina lluvia que cae sonoramente sobre el escenario sellan este espectáculo que recorre los diferentes estados de ánimo. Mucha creatividad en la plasmación y modulación de los mismos por parte de Bonachela y también, como no, una soberbia prestación de los jóvenes bailarines de la Sydney Dance Company, que vieron correspondida su entrega por el público.
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