Jacobo Zabalo 21-04-2011
Orquesta de cámara de Munich
Till Fellner, piano
Palau de la Música, 23 de marzo de 2011
¿Haydn aburrido? ¿Y un Mozart lánguido, por momentos (casi) insustancial? ¿Un solista que toca dos conciertos para piano, uno en cada parte, evitando la clásica evasión en el entreacto? ¿Y todo ello -suceso máximamente extraño- acompañado de una interpretación técnica impecable? Por suerte para el crítico, no tanto para el espectador de a pie y menos para el oyente exigente (que posee unas cuantas versiones de las piezas a interpretar, y mental, casi inconscientemente las revisa antes de asistir a cada concierto y durante el mismo), todavía acontecen situaciones inexplicables. En ocasiones la sorpresa es positiva (así, por ejemplo, la visita de la Camerata Salzburgo [http://lpc3.com/arxiu/critiques/kavakos_una_rotundidad_inapelable] dirigida por L. Kavakos un par de temporadas atrás, con un programa similar) mientras que en otras ocasiones el resultado deja, si no mucho, al menos sí algo que desear. Algo bien específico: el propio disfrute musical.
La Orquesta de cámara de Munich, con unos efectivos realmente escasos (haciendo honor, en el fondo, al nombre del conjunto) atacó la Sinfonía nº85 de Haydn, apodada "La reina", con un empuje en cierto modo vacío. Las sinfonías de París, algunas de las cuales referidas por medio de peculiares sobrenombres ("El oso" o "La gallina", son otros de los empleados) acostumbran a mostrarse vehementes, si bien más elaboradas que las propiamente pertenecientes al ciclo Sturm und Drang. Una lástima que en la ocasión no se diera mucho más que ese ímpetu. Por supuesto es de obligada mención la pericia técnica de los músicos, la encomiable precisión de su interpretación. La segunda pieza programada abundó en la ligereza mostrada al final de aquella sinfonía, con un presto exageradamente discreto, como un mero escaparse de puntillas. Puede no ser el Concierto para piano nº12 en la mayor K.414 de Mozart una de sus grandes obras concertantes, como sí lo son el nº22 o 25 (por referir sólo un par de aquella su magnífica serie final, compuesta entre 1785 y 1791), obras tremendamente expansivas en el despliegue orquestal). Puede incluso tener sentido el potenciar el intimismo que algunos pasajes de este concierto juvenil suscitan. Pero de ahí a imponer tempi de puro relajo, distendidos y por momentos contemplativos, hay un trecho. Como un guante, eso sí, sentó esta lectura a Till Fellner, pianista de técnica depurada, preciosista, que multiplicó los detalles de la partitura como para sí mismo.
Excelente noticia, en cualquier caso, el que un pianista intervenga también en la segunda parte (por breve que sea el concierto interpretado en primer lugar). Ojalá cunda el ejemplo. Till Fellner se mostró igualmente seguro en la pieza más popular de cuantas Haydn compusiera para este formato, su Concierto para piano en re mayor, HOb.XVIII:11. La orquesta pareció -eso sí- algo más entonada que en la primera parte, y en efecto el vivace inicial sonó mucho más vivaz que aquel otro presente en la sinfonía de Haydn. Tanto el movimiento lento como el conclusivo Rondo all'ungherese se ejecutaron con soltura. En perfecta y cruzada simetría para con la primera parte, tras la pieza concertante de Haydn se procedió a la interpretación de la Sinfonía nº40 de Mozart. Fue el momento más esperado de la noche, el momento que -habíamos comentado en el entreacto con otro crítico- acabaría de poner a prueba la orquesta (sus limitaciones en cuanto a contundencia, debido al reducido número de efectivos, con la baza a favor de una mayor flexibilidad).
Debe confesarse sin ambages, de entrada, la verdadera tropelía que representa el que una sinfonía tan redonda haya devenido popular por causa de un primer movimiento fácil de tararear; motivo por el cual se llega incluso a emplear -crueldad máxima, que seguramente hubiera hecho las delicias de Gould- como tono para el móvil. Dada la actual furia politonera, bien podrían nutrirse los responsables de tan molestas interferencias de los movimientos tercero y cuarto, de gran complejidad contrapuntística, en lugar de cebarse con el celebérrimo Molto allegro. Un movimiento sencillo pero de gran pregnancia, que parece iniciar la sinfonía in medias res, como reproduciendo un movimiento perpetuo que se modula e irisa, que evoluciona y se transforma en temas y tiempos diversos a lo largo de la obra. La penúltima sinfonía de Mozart, quizá no tan grande como su inmediatamente anterior o como la que cierra la serie, la llamada Júpiter (ambas, en cualquier caso, todavía más difíciles de interpretar con una orquesta de cámara de esta suerte) recibió una buena lectura por parte del conjunto muniqués. Una lectura que sin ser especialmente llamativa (los vientos, mención especial a trompas y fagotes, dieron un rendimiento sensacional) hizo merecedora la velada. Hoy en día no basta con tocar bien, sobre todo en el caso de un plantel tan genuinamente camerístico. Para que las piezas brillen en su justa medida, requiere empaparse de los modos interpretativos de la época, como recientemente han dejado constancia René Jacobs o Marc Minkowski: Tempi vivos, casi bailables, y un desparpajo que parece -sin serlo, obviamente- fruto de la improvisación. A pesar de su mayor implicación en la segunda parte, la Orquesta de cámara de Múnich no llegó a explotar las composiciones de Haydn y Mozart.
Sin duda que una ocasión como la presente se antoja propicia para afrontar una cuestión, como tal problemática -en el fondo irresoluble-, concerniente a la sempiterna comparativa entre Mozart y Haydn. ¿Cómo evitar el cotejo, teniendo en cuenta aquella simetría en las piezas programadas, simetría acrecentada por la coincidencia en los respectivos años de creación de conciertos y sinfonías? El crítico tiene una opinión formada acerca de por qué estos compositores no pueden ser comparados. Pero dado que se trata de una mera opinión (quizá no del todo argumentable y sí más relacionada con el gusto y consumo personal) que cada cual escuche, disfrute, y -si lo cree conveniente- decida.
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