LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 03-10-2009
Mayra Andrade
L'Auditori, 3 de octubre de 2009
Una voz profunda e insinuante, una voz matizadamente rota y rotunda, que susurra, que vocifera, que entona melodías con regusto mítico y las reformula con sorprendente naturalidad. Mayra Andrade se siente poderosa sobre el escenario pese a su juventud. Originaria de Cuba, cuenta con el desparpajo de quien ha crecido entre continentes, guiada siempre por una tradición musical, la caboverdiana, que interpreta de forma novedosa, dejando a un lado estereotipos.
Por mucho que se quiera ver en ella a una nueva sucesora de la gran Cesaria Evoria, quizá sea ya hora (en ocasión de la presentación de su segundo disco) de atender a lo específico de su música, que por cierto presenta diferencias notorias con la de aquélla. Sin duda que no estamos ante una nueva revisitación folclórica: no se busca el exotismo fácil y complaciente para con el europeo ávido de colores auténticos, aburrido en muchos casos (a veces por desconocimiento, dicho sea de paso) de la música de la propia tradición. Por el contrario, Mayra Andrade potencia aquellos ritmos con una procedencia concreta y no obstante plural, desparramados con variazioni como se encuentran desde su origen africano, pero que inevitablemente forman parte de una cosmovisión musical ampliamente compartida. El jazz representa el caldo de cultivo, el puente de unión entre dos historias emparentadas.
La propuesta musical de Mayra Andrade es, por todo ello, de gran riqueza. En su primera visita al Auditori se hizo acompañar de dos guitarristas, Benoit Medrykovski y Munir Hossn (quien además hizo sonar a las mil maravillas el instrumento de cuerdas llamado cavaquinho, frecuente en la música caboverdiana), un experimentado bajista, Etienne Mbappe, y dos percusionistas habilidosos, Luis Cavani en la batería y Zé Luis de Nascimento rodeado de un sinfín de instrumentos, que usó siempre con sentido (sin excederse en un exhibicionismo tan frecuente como vacuo). De hecho, para sopesar con justicia la relevancia de esta propuesta musical parece básico, en este sentido, subrayar la medida, el equilibrio del conjunto de Mayra Andrade. Como si se tratara de un quinteto de jazz, reunido en torno a la voz, protagonista y punto de convergencia de las aventuras personales, se alternó el lucimiento personal con la compenetración, la entrega conjunta de forma calculada pero -en apariencia- sumamente espontánea.
Por la flexibilidad y el equilibrio, por la repetición hipnótica y la variación, por la modulación imprevisible y el modo de tornar la disonancia en sublimación de los afectos más originarios... la propuesta musical que lidera Mayra Andrade nos remite a las raíces mismas del jazz, a la fertilidad artística del suelo africano, en fusión con otras tradiciones colaterales. Así, más que formando parte de la denominada "música étnica" (el evento se engloba dentro del Festival de Músiques del Món, marco asimismo cuestionable, pues ¿qué música no lo es?) lo cierto es que la música de Andrade traspasa fronteras y géneros, realiza la difícil pirueta, el viaje de vuelta hacia el origen desde la propia música africana, jazzísticamente mediada.
Con una seguridad asombrosa y una sonrisa perpetua, reivindicando los orígenes y abriéndose al mundo, Mayra Andrade abordó cada uno de los temas e incluso invitó a los espectadores a participar en el evento, de forma especial en la recta final. Se comprobó por momentos las limitaciones del espacio (reseñadas ya en otras ocasiones del mismo Festival), lo problemático de celebrar en un lugar repleto de butacas un concierto que incita a manifestaciones varias, entre las cuales por supuesto el baile. Mayra Andrade encandiló al publicó del Auditori, a quien reclamó su colaboración -y de quien por supuesto la obtuvo- ya fuera para hacer de coro improvisado o para acompañarla con palmas. Inequívocamente, el ritmo es el pulso de la vida, lo primero que oímos en el proceso de llegar a ser, antes incluso de nacer, y de ahí sin duda la empatía que despierta.
Encara no hi ha comentaris. Fes el primer!
Carregant...