Celebración de las Nozze, a pesar de todo

Jacobo Zabalo 28-11-2008

Gran Teatre del Liceu, 28 de noviembre de 2008

Orquestra del Liceu
A. Ros-Marbà, director
Kyle Ketelsen (Figaro)
Ofèlia Sala (Susanna)
Ludovic Tézier (Conde)
Emma Bell (Condesa)
Sophie Koch (Cherubino)

Ya la Obertura, inauguración de una de las tramas operísticas más deliciosas de cuantas hayan sido concebidas, adoleció de una falta de brío alarmante bajo la dirección de un maestro tan experimentado como Antoni Ros-Marbà. Se echó de menos la fluidez, el picante que anunciara los episodios por venir, en esta que, según reza el subtítulo de la obra, se quiere folle journée. Como se sabe, el rapto de locura de Cherubino, aquel episodio en que salta desde la ventana de la Condesa (“Aprite, presto aprite…”), reproduce uno de los motivos de la pieza de apertura. Musicalmente encarnada en el pícaro paje, la agitación que precipita la situación, que provoca diversos avatares y malentendidos sentimentales entre personajes, no se intuyó ni por asomo al inicio de esta representación, con la Orquesta del Liceu arrastrando la melodía sin tensión dramática ni vivacidad.

Bajo la batuta de Ros-Marbà la representación de los vaivenes afectivos fue desigual de comienzo a fin, escasamente amenizada, justo es reconocerlo, por una puesta en escena y una caracterización epocal bastante liviana y gratuita, por parte de Lluís Pasqual. Si su criticado, y hasta abucheado Don Giovanni en el Teatro Real de Madrid, en 2005, contenía no obstante elementos muy sugestivos (al término del primer acto, sin ir más lejos, con el carrusel que se convierte en telón para el baile y consiguiente corte de sombras chinescas, la segunda aria de Zerlina, subida en bicicleta y trazando círculos en torno a Masetto, e incluso -la guinda- aquel final sorprendente y creativo, en que reaparece el seductor ataviado de director de cine de los personajes, que celebran como marionetas su desaparición en los infiernos), la escenografía de le Nozze no pudo ser más llana, como si las críticas de entonces hubieran surtido efecto. La ambientación no es ya la de los grises años 40 del pasado siglo, sino que se ubica aproximadamente una década antes. La luz que invade los primeros actos, el vestuario ingenuo y optimista en exceso, no hacen honor a la complejidad narrativa de la ópera; no ponen en juego las tensiones sociales ni la cuestión del erotismo, ese oscuro objeto de deseo que como en la homónima película de Luis Buñuel embarga al Conde, probablemente arrepentido de haber abolido el derecho de pernada.

Los cantantes, por su lado, trataron de contribuir a la función del mejor de los modos con intervenciones bienintencionadas y buscando siempre la espontaneidad, si bien con resultados demasiado contrastados. Susanna (Ofèlia Sala) se mostró innecesariamente resabiada, moviéndose aquí y allá con afectación. La Condesa (Emma Bell), dotada de un canto bello aunque muy poco mozartiano, apenas denotó psicología. Lo mejor de la noche sin duda corrió a cargo del Fígaro (Kyle Ketelsen). Ágil en sus movimientos, actuó sin sobreactuar y asumió con seguridad el papel protagonista, haciendo gala de un canto poderoso y no obstante ligero, como conviene a la ocasión. El Conde (Ludovic Tézier) estuvo correcto, o más bien discreto teniendo en cuenta las intromisiones que su papel le demandan, mientras que Cherubino (Sophie Koch), polvorilla incansable, se prodigaba en sus afanes seductores. Aunque en ocasiones demasiado infantil, la cantante logró contagiar al público el placer de su cometido.

Sí, Mozart divirtió, y se pasó un buen rato… como siempre. ¿Puede ser de otro modo, tratándose de esta obra? El milagro de la colaboración mantenida con Lorenzo Da Ponte, autor asimismo de los libretos del Don Giovanni y del Cosí fan tutte, nunca será lo suficientemente celebrado. Y eso a pesar de los tan frecuentes, a veces disimulados patinazos interpretativos. Otro reciente, el de Harnoncourt con la tan habitualmente aclamada soprano Anna Netrebko en el festival de Salzburgo del 2006, se antoja todavía más sonado. Que la belleza representa un punto a favor en las artes escénicas es un hecho, guste o no; pero cuando el éxito de un o una cantante se fundamenta en tales atributos por encima de su calidad técnica, mal asunto. Sin ponernos demasiado nostálgicos, podríamos preguntarnos con la Condesa dove sono i bei momenti en que la profesión se sostenía en una inequívoca habilidad para comunicar emociones. Escúchese la versión de Le nozze di Figaro dirigida en 1955 por Erich Kleiber, al margen de modas autenticistas y revisiones historiográficas, para comprender lo alto, todavía inalcanzado que está el cénit del canto mozartiano.

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