Chick Corea, solo y entre amigos

Jacobo Zabalo 12-11-2010

Palau de la Música, 6 de noviembre de 2010

42 Festival Internacional de Jazz de Barcelona

 

-Con una improvisación "para probar el piano" abrió Chick Corea su intervención en el marco de la cuadragésimo segunda edición del Festival de Jazz de Barcelona. Nunca antes en sus anteriores participaciones había tocado en solitario, por lo que la velada tenía algo de ocasión especial. Él mismo se encargó de señalarlo. Gracias al micro que le habían dejado en escena pudo explicarse entre pieza y pieza de su concierto, buscando la complicidad de un público ganado de antemano. La improvisación inicial marcó el tono de la primera parte del concierto, centrada en las obras de tres de las influencias mayores de este grande del jazz: Bill Evans, Thelonius Monk y Bud Powell. A aquella búsqueda abstracta, tanteo sin apenas ritmo ni armonía, le sucedieron algunos temas de los tres compositores aludidos, que Corea construyó y deconstruyó con una inteligencia asombrosa. Sonaron ecos de Well you needn't y Blue Monk (entre muchos otros temas) en lo que fue una interpretación más bien minimalista, introspectiva. El cambio de registro, ya en la segunda parte, no hizo sino abundar en este hecho.

Pudo sorprender la elección de piezas de Alexander Scriabin, concretamente de algunos de sus Preludios, op.22. Es posible que muchos aficionados al jazz no hayan oído hablar de este compositor ruso, que tampoco es demasiado conocido entre los melómanos confesos. Ciertamente se trata de una figura extraña, un poco al margen de la calzada real de la música clásica. Ha pasado a la historia por algunas obras visionarias y lúgubres, como su más célebre sonata, apodada Misa negra. En el Palau, Corea interpretó unas de las piezas de Scriabin algo más comunicativas (más cercanas a su contemporáneo Rachmaninov que a aquel otro gran místico del piano, Franz Liszt). Chick Corea imprimió tempi jazzísticos, trayendo a su terreno las composiciones clásicas. Y por el aplauso del público parece que su propuesta gustó. Fue una de esas ocasiones en que se aprecia la música más allá de géneros, lo que nos lleva a pensar cuán absurda es la (por otra parte frecuente situación) en que las preferencias musicales resultan exclusivas. ¿Se puede acaso amar la Música pero sólo el pop, sólo la clásica o sólo el jazz?

En la segunda parte se vivieron todavía dos nuevos episodios interesantes. Tras las piezas de Scriabin, piezas líricas pero con una dosis de pseudo-improvisación que permitió el característico fraseo de Corea, se entró de pleno en la intimidad del jazzman, quien asimismo es compositor: sonaron algunas de sus Children's songs, que presentó como retratos de niños, retratos no concretos -especificó, al micro- sino genéricos. En la mejor tradición de las Kinderszenen se presenciaron juegos de niños, escenas con dinámicas y ritmos cíclicos, con quiebros y soluciones de gran creatividad. Se confirmó entonces, como en otros momentos, el amor que profesa Corea hacia un clásico-contemporáneo de la talla de Béla Bartók (quien posee una serie de piezas para piano, Mikrokosmos, que seguramente lo haya inspirado). Para completar la velada Corea llamó a escena al Niño Josele, guitarrista flamenco de gran nivel, con quien ha colaborado en varias ocasiones. Anunció una improvisada Jam Session, a la que se unió uno de los bajistas más creativos (desde hace ya décadas) del panorama musical, Carles Benavent. Todos ellos culminaron la velada con una majestuosa interpretación del movimiento lento del Concierto de Aranjuez.

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