Jacobo Zabalo 29-09-2010
OBC; Pablo González, dir.
L'Auditori, 24 de septiembre de 2010
La inauguración de la temporada 2010-2011 de la OBC supuso asimismo el estreno oficial de su nuevo director titular, Pablo González, conocido ya del público barcelonés tras brindar el año pasado una velada memorable, con la interpretación del quinto concierto para piano de Beethoven y la décima de Shostakovich. En la presente ocasión se escogió un programa abiertamente sinfónico y contemporáneo, con tres piezas como soles para el lucimiento de la orquestra. Fue más una declaración de intenciones, un ejercicio de compromiso con el nuevo director que una muestra significativa de lo que será el programa de la OBC, como se sabe volcada en el presente año a la interpretación de las obras de Schumann y Mahler, y acompañada en lo concertante por figuras de la talla de Rudolf Buchbinder, Julian Rachlin, Nicholas Angelich o Hillary Hahn.
El Prélude à l'après-midi d'un faune de Claude Débussy, pieza profundamente evocadora, abrió la velada. Fue una interpretación redonda, muy lograda por parte de la orquesta. Han quedado atrás los días en que la obra de apertura era empleada como calentamiento para músicos y aclimatación de los oyentes, antes de entrar en el núcleo duro, frecuentemente en las segundas partes. Muy al contrario, la OBC viene demostrando al menos desde la última temporada una madureza estimable, de modo promover el disfrute del concierto de comienzo a fin. Una excelente costumbre que sin duda -parece ya un hecho, teniendo en cuenta lo visto y oído anteriormente- Pablo González sabrá perpetuar. La seriedad con que esta orquesta encara composiciones contemporáneas, poco agradecidas por su dificultad y apreciación popular (es un secreto a voces que no son del gusto de la mayor parte del auditorio) no resulta menos encomiable. Así, el estreno de los movimientos tercero y cuarto de la Música del no ésser de Ramon Humet fue dirigido por Pablo González con una solvencia magistral, como si la obra formara ya parte del canon más consolidado. Tras la interpretación, el joven compositor subió al escenario manifiestamente feliz para abrazar al director y agradecer a la orquesta el punch demostrado. Llena de efectos orquestales, evocadora como la pieza de Debussy pero declaradamente actual por los medios empleados y la confluencia de tradiciones que se dan cita, supuso una sorpresa más que agradable.
¿Qué decir de la Sinfonía Leningrado, tercera de las obras interpretadas? Al igual que otras confeccionadas por Shostakovich se trata de una sinfonía grande o -mejor- enorme, que suele presentarse como un canto a la resistencia y la libertad, una sinfonía que pone en juego el potencial de la orquesta y requiere su pleno rendimiento. Pablo González trabajó duro para sedimentar el armazón de esta composición gigantesca, y el resultado fue notable. Cierto que hubo alguna que otra descoordinación en los metales (que por otra parte lucieron la mayor parte de la velada un nivel excelente), aquel puntual pero evidente desliz del oboe en el primer movimiento, y -puestos a pasar revista- parece que tampoco las cuerdas tuvieron su mejor noche... pero incidir en todo ello a estas alturas resulta casi grosero. Pues mucho más valiosa, mucho más arriesgada y valiente es la propuesta de interpretar esta pieza en la primera sesión del calendario, a modo de -como se decía- verdadera declaración de intenciones. Así, a pesar de los pequeños desajustes la sinfonía gustó por su rotundidad y vehemencia, lo cual provocó que más de uno se lanzara a la no menos arriesgada aventura de aplaudir tras el primer movimiento. Fue una versión majestuosa, de amplia respiración y empuje en los momentos álgidos. Una versión que preludia una temporada musical para el disfrute.
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