Con la Filarmónica a bordo

Jacobo Zabalo 27-06-2008

L’Auditori, 27 de junio de 2008

Filarmónica de Viena
Zubin Mehta, director; Lang Lang, pianista
Obras de Weber, Chopin y Beethoven

Un crucero de lujo, atracado en el puerto de Barcelona, no es noticia. Más llamativo resulta el caso si entre sus pasajeros se cuenta con los miembros de una orquesta como la Filarmónica de Viena. La iniciativa, organizada con la intención de proporcionar un producto de consumo exclusivo y exquisito a melómanos pudientes, trajo a la sala grande de L’Auditori a quienes venían de Sicilia, Roma y Florencia dispuestos a disfrutar con sus mejores galas del segundo concierto sinfónico (tras las audiciones en alta mar, que hemos de suponer más íntimas). Con Zubin Mehta en la conducción y el pianista Lang Lang, dos celebridades del panorama de la música clásica, se interpretaron obras del repertorio romántico, como la Obertura de El cazador furtivo, de Weber, el Concierto para piano en fa menor de Chopin, o la archiconocida Quinta sinfonía de Ludwig van Beethoven.

El concierto comenzó con retraso, una vez acomodado el pasaje. La interpretación de la pieza introductoria certificó el compromiso de la orquesta contratada, que sin contagiarse de las vacaciones en el mar atacó con decisión la partitura, haciendo gala de esa sonoridad que le es tan propia. Sin llegar a la virulenta precisión de la centuria berlinesa, La Filarmónica de Viena despliega un equilibrio cautivador, gobernado en buena medida por las cuerdas. Tras la Obertura, se cedió el protagonismo al solista chino, Lang Lang, uno de esos jóvenes prodigios llamados a revolucionar el pianismo, que en muchos casos no hacen sino engrosar las arcas de las discográficas, exponiéndolos como superstars. El segundo concierto para piano de Chopin es una pieza compuesta para el lucimiento del solista, en que la orquesta juega un papel de mero acompañante. Sorprende comprobar la escasa profundidad de Chopin como orquestador; hecho, éste, que en realidad confirma su interés por dedicarse exclusivamente y con plena honestidad a la explotación de los recursos de su instrumento predilecto. Lang Lang, a quien se esperaría a la salida para firmar tarjetones con el lema “Two Classical Beauties, Music and Sea”, realizó a las mil maravillas su parte. Con una técnica sobrada, buscó siempre la máxima expresividad, que llegó a transmitir físicamente, gesticulante y con el rostro afectado. ¿Responde ello a la recreación de una disposición epocal, la del romanticismo, o se trata más bien de una opción personal, tal que exacerba el sentimiento? El problema de la sobreinterpretación, como la de otros artificios pasionales y cosméticos es que amenaza con devaluar la obra: pretende comunicar, gustar tanto, que uno tiende a sentirse insatisfecho. Parece que dice más de lo que es, parece ser pura apariencia, por lo que aquello que hay debajo, a veces –en efecto- menos espectacular, en cualquier caso se devalúa.

Tras el entreacto, con su desfile de bellezas y fortunas, armadas de cava y pincho de tortilla (con oliva rellena on top), la Filarmónica tomó las riendas del asunto, levó anclas y desplegó sus mejores velas. La obra más popular de Beethoven, y quién sabe si también de todo el repertorio clásico, sonó emancipada de todo lastre. Los embates del primer movimiento, tradicionalmente asociados a los golpes del destino, sonaron ligeros, con un empuje sincero y natural, y así todavía más poderoso. En el segundo movimiento la orquesta rozó con lo sublime, por lo absoluto de su consonancia y la atención al más mínimo detalle. Todos y cada uno de los matices de la composición de Beethoven emergían en el momento justo. No hacía falta conocer la obra para reconocerlos. Incluso alguien que por vez primera la escuchara (¿?) los habría sentido a flor de piel, imponiéndose con una evidencia deliciosa. Los movimientos tercero y cuarto, enlazados, gozaron de una muy encomiable entrega por parte de los intérpretes, empeñados en hacer de la travesía una ocasión realmente especial, más allá de lo ofertado en las cuartillas plastificadas, repartidas entre Viena y Tokio. Esta es la grandeza del arte grande: permite trascenderlo todo, incluso los condicionantes a priori irreversibles.

Como propina y cierre, se brindó otra obra popular, maravillosamente interpretada (con una flexibilidad casi camerística) por la orquesta: la Obertura de Las bodas de Fígaro fue anunciada por Zubin Mehta en castellano, todo un detalle para los no vacacionistas.

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