LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 04-07-2008
Grec Festival de Barcelona
4 de julio de 2008

La Consagración de la Primavera
Igor Stravinski
En el comienzo es el gesto. Todavía silencioso, calladamente, apunta el sentido: traza un espacio, abre la dimensión de lo externo. La experiencia del movimiento tiene lugar, y se perciben y sienten cosas; cosas que pasan, que se suceden en un tiempo. El tiempo mide cuanto acontece, registra anímicamente la afección del individuo que a través suyo se reconoce. Ni circular ni lineal, se perpetua en espiral como un recomenzar desde lo ya sabido. El eterno retorno de lo mismo se muestra siempre diferente, contrasta con el pasado o se identifica en el acto con la predicción de lo potencial. El gesto es la exteriorización (espacial) de la huella de la vivencia interna (temporal). El arte temporal por excelencia, la música, despierta el movimiento en el espacio y permite al individuo intuir, por medio de la danza, la pregnancia de su afección. El cuerpo en movimiento no reproduce especularmente lo que ocurre adentro, en el espacio sin espacio, pura y sentida temporalidad, sino que narra sus avatares, al hilo de un fluir que siente ya como propio. Desde afuera el adentro se hace espacio, desde adentro se interioriza la existencia espacial, con el gesto sincronizado de la emoción musical. No es fruto del azar que los griegos entendieran la necesidad de congeniar danza y música para la formación anímica del individuo.
La consagración de la primavera de Igor Stravinski es una obra compuesta para ser bailada, por lo que la música ha de entenderse programáticamente, como relato de un sacrificio: la ofrenda de una joven, cuya muerte ha de incitar el acontecimiento de la primavera. ¿Se trata éste de un asunto cualquiera? El carácter mítico de la historia narrada trasciende la historia misma. De lo que se habla, lo que la música pone en juego es la relación existente entre la sensualidad y el ciclo de la vida. ¿Por qué debe morir la criatura más bella y grácil, y no un agreste chivo? El porqué no es fácil de comprender, y en la dificultad radica sin duda la solución: se trata de celebrar la vida, de promoverla con el mayor de los dramatismos, sacrificando aquello que simboliza lo que más se desea. La muerte será vencida con la fructificación de la primavera, pero ésta requiere antes de la muerte de la promesa de fructificación, en la forma de una criatura pura. Desde la posibilidad más siniestra, artísticamente sublimada, se anima la elevación espiritual, el contacto con la esfera de lo suprasensible que Platón aludió en términos eróticos como procreación en la belleza. El tiempo se perpetúa más allá del tiempo con la asunción de la cesura, de su finalización particular y posible en cada momento, incluso en la flor de la vida. Aunque dramática, se eleva una cuestión, que en el siglo XX contestaron con diversa fortuna pensadores como Martin Heidegger, autor de la célebre expresión Sein zum Tode: ¿se puede acaso celebrar la vida sin el horizonte de la muerte?
Una reciente puesta en escena, elaborada por el coreógrafo y bailarían Emanuel Gat, se concentra en la ambigüedad del sacrificio, que es comprendido como celebración de la vida y así, no tan paradójicamente, asunción de la muerte en la escena misma del baile; un baile alegre y tremendo en el vaivén de las posibilidades contrapuestas, constitutivas ambas del existir. Los medios para la representación del drama no podrían ser más austeros: un tapiz rojo sobre el cual tres mujeres y dos hombres intercambian posiciones, rotando sobre su propio eje y desplazándose también en círculo, con movimientos propios del baile comúnmente denominado Salsa. La conclusión de esta frenética y sensual ruleta (no en vano se conoce en Cuba a la variedad salsera en que el hombre hace girar sin piedad a la mujer “Casino”) es manifiesta: tras el intercambio in perpetuum de doncellas, que en perfecta combinación alterna lo previsible y la espontaneidad, una de ellas, la escogida, habrá de morir. Se baila sobre el tapiz, fundamentalmente, pero también fuera de él. Con calculada desesperación, cada bailarín busca imponer el movimiento que le es propio sin dejar de relacionarse con el todo, el todo que conforma y lo conforma como individuo apasionado. El tempo musical es el latir, sincopado e imprevisible, que todo lo revoluciona. Además del arrebato, la escena acoge también momentos de reposo: lo que se oye entonces son las respiraciones de los oficiantes, en perfecta asincronía. Si el baile representa la vida hacia la muerte, sensualmente oficiada, el interludio de quietud presagia la furia por venir.
Como en la Danza de aldeanos de Peter Paul Rubens, el jolgorio del baile se acompaña de violencia, violencia que la misma danza parece exaltar, potenciada por un erotismo desmedido. El círculo de la danza es el círculo de la vida, con el predominio instintivo de los afectos que la configuran con sentido, que hacen posible la búsqueda y consecución (y de nuevo búsqueda) del deseo, hasta el fin que lo quiebre. Eros y Tánatos enlazados en una dialéctica sin tregua que vincula sensualidad y finitud, la dialéctica que sintomáticamente pone en escena La consagración de la primavera: ceguera apasionada, pasión que obnubila al ser alcanzada, como en el despedazamiento dionisíaco por las bacantes, para regocijo de los asistentes. El público presencia y participa del sacrificio que media el arte. Semejante a la narración de Patricia Highsmith (“La bailarina”, en sus Siete cuentos misóginos), en que la sensualidad del tango sublima de forma trágica el asesinato de la protagonista a manos de su pareja de baile (despechado en la vida real, y entregado hasta la muerte de aquella en el espectáculo, que el público jalea como si sólo se estuviera representando), el ballet de Stravinski, mito pagano, explora la tensa y fructífera relación entre vida y muerte a través del baile ritual. Para que la vida sea fecunda, para que la primavera dé sus frutos, es necesario brindar una víctima. La muerte de una doncella, objeto deseable por excelencia, aviva el ritmo del baile. No es sólo danza sino representación de algo más fundamental.
Retomemos, con todo, la pregunta anteriormente formulada: ¿de qué asunto se trata en La consagración de la primavera? Junto con la tematización del baile, amplificación en el exterior del sentir interno, se perpetúa la sensualidad musical, afección inmediata y trascendente que el sacrificio ritual pone al servicio de la fertilidad, como dramática, paradójica celebración de la vida.
La Consagración de la Primavera - GREC'08
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