Jacobo Zabalo 17-11-2011
OBC; Frauke Oesmann, flauta; Magdalena Barrera, arpa; Pablo González, dir.
L'Auditori, 4 de noviembre de 2011
El Auditori no es un recinto que caiga de paso precisamente, y en un viernes de lluvia continua, por momentos exageradamente hostil, ¿qué mejor que quedarse en casa, a reposar los trasiegos de toda una semana? Quien finalmente decidiera asistir al concierto se mojó. Hubo de mojarse por fuerza, con mayor o menor intensidad dependiendo del transporte elegido... como también se había mojado meses atrás, en el momento de la confirmación del programa, Pablo González. Y es que cuando el denominador del concierto reza Planeta Mozart, estando dedicado al rey sol de los compositores clásicos, ¿no supone la programación conjunta de Varèse, Berio y -en menor medida- Montsalvatge una clara amenaza, una forma de enturbiar el cielo que seguramente muchos habrían de vivir como innecesaria?
Sin ánimo de provocar pero con la intención de no dejar indiferente, con el firme propósito de suscitar el diálogo entre periodos y compositores bien distantes, el caso es que Pablo González se calzó las botas y afrontó el temporal con la sonrisa, tímida pero franca, que acostumbra a lucir. El aspecto de genio despistado no resta un ápice de convicción a su labor como director de orquesta, empeñado en sacar lo mejor de sus músicos de comienzo a fin de cada concierto. La primera pieza programada, que fue recibida por el público con el mismo frío que desde afuera todavía asomaba, resultó en realidad un fascinante ejercicio camerístico, en que los instrumentos de viento buscan interrelacionarse de formas bien distintas, atizados por la percusión puntualmente omnipresente y llevando al límite sus posibilidades. Un poco como si una de aquellas serenatas que Mozart compuso para ser tocadas al aire libre hubiera sido centrifugada, con un resultado semejante a aquella pintura figurativa de Kandinsky que, según se dice -no he logrado confirmar la anécdota-, el viento tumbó. Lo que es seguro es que este pintor, poseído por una inusual capacidad para la sinestesia, asociaba involuntariamente sonidos a colores, siendo al mismo tiempo capaz de visualizar la música, con una predilección especial por los instrumentos de viento. De hecho no hay, en esa obra de Varèse, Intégrales, una mera aleatoriedad en la combinación de timbres, como tampoco la hay en la creación armónica y melódica. Se mezclan a partes iguales la pura experimentación y la decantación esencial de las sonoridades de cada instrumento en su relación con los restantes.
Por clásica que pueda sonar hoy en día la relación de dos instrumentos tan disímiles como flauta y arpa, en el concierto que Wolfgang A. Mozart compuso con apenas 22 años, aprovechando un encargo realizado en ocasión de uno de sus viajes a París, se produce una innovación evidente. Siguiendo el esquema de la sinfonía concertante asistimos a un diálogo insólito, en que el protagonismo recae en los instrumentos solistas, elegante e inteligentemente vinculados a la orquesta. Para dar muestra de la osadía compositiva de Mozart, dentro del marco aristocrático en que se produjo el encargo, citar por ejemplo la entretenida (y sorprendentemente delicada) charla que en un momento dado mantienen el arpa y la trompa, el encuentro como espontáneo entre el instrumento cazador, rústico por antonomasia y aquel otro que algunas damiselas parisinas, en pleno siglo XVIII, aprendían a tocar. La interpretación de la OBC, dirigida por Pablo González, permitió evidenciar ese y muchos otros matices, también gracias a -importante es destacarlo- la soberbia prestación de dos de las instrumentistas que la OBC tiene la suerte de disponer: Magdalena Barrera, arpa, y Frauke Oesmann, flauta, realizaron una labor verdaderamente sensacional. Una experiencia poco frecuente contemplar en primer plano la pericia digital de la arpista y lucir el fichaje relativamente reciente de la flautista, sin duda una excelente incorporación. Asumiendo que no siempre es garantía de que algo excepcional ha sucedido (pero a veces sí) decir que el público les dedicó una ovación tras el andantino, uno de los movimientos más preciosistas de cuantos compusiera Mozart, que apunta y acierta de pleno en la fibra sensible. Es de una belleza incontestable, que Alfred Einstein aludió como la "traducción musical de un François Boucher, decorativo y sensual, no sin cierta profundidad de sentimiento". Al menos en esta ocasión la habilidad técnica y la sensibilidad de las solistas parece[1] que desperezaron al personal, todavía helado con el Varèse.
La segunda parte se inició como había acabado la primera, es decir con el protagonismo de las dos titulares de la OBC. En esta ocasión intervinieron a solas, en obras compuestas para sus respectivos instrumentos. Fue una gozada presenciar en directo algunas de las prestaciones más remotas de la flauta en la Sequenza I de Luciano Berio y escuchar, también por vez primera, Las Variacions sobre un tema anònim per a arpa de Xavier Montsalvatge. Tras sendos ejercicios minimalistas, que no obstante potencian al máximo las sonoridades de los instrumentos concernidos, se dio paso al que a todas luces había de ser el plato fuerte de la noche, la Sinfonía nº41 en do mayor, Kv. 551, también conocida como Júpiter por su grandeza, por el ímpetu que atesora. Pablo González había asombrado con la pieza de Varèse y mostrado una gran sensibilidad en la obra concertante, con ataques bien medidos de las cuerdas y rigor en las entradas de los solistas. La versatilidad casi camerística del concierto para flauta y arpa dio paso a un despliegue plenamente orquestal: se añadieron un buen nombre de efectivos para reforzar cada una de las secciones, incorporándose, además de cuerdas, fagotes, trompetas y timbal. Las dimensiones de esta sinfonía, la última que compuso Mozart, son ciertamente llamativas, así como la complejidad de su contenido, cuyo tratamiento merecería un espacio y un tiempo de que no disponemos. La seriedad del primer movimiento (movimiento que cuenta con una explosión de júbilo, una afirmación completamente exultante) se intercala con pasajes de una galantería irónica, que parecen salidos de una ópera bufa. Pablo González no dudó en animar cada uno de esos registros, sin ocuparse demasiado de cumplir con los siempre relativos criterios de época. Si una composición evidencia la música total en Mozart, la trascendencia epocal y universalidad de su creatividad esa es, incluso más que el Don Giovanni, su última sinfonía.
Trepidante y sin tregua, casi furioso sonó el primer movimiento. Un contraste dramático con el Andante cantabile subsiguiente. A destacar la homofonía monástica de las cuerdas, que lograron una intensidad muy apropiada. Tras el Menuetto, el más ligero de los cuatro movimientos (lo cual en el caso de esta sinfonía no es indicativo, pues se trata de un movimiento muy interesante, que mantiene la forma del baile barroco pero desde dentro parece desafiarla, con sus constantes embates), se llegó al célebre final, Molto Allegro. Yendo incluso más lejos que en el primer movimiento, Pablo González quemó las naves: prefirió perder algo de precisión y ganar en garra en este movimiento fugado, absolutamente inigualable. Esta praxis puede defenderse más o menos, pero teniendo en cuenta el paso adelante que la OBC ha dado en los últimos tiempos parece mucho más generosa y honesta la opción escogida, es decir asumir el riesgo de adoptar tempi vertiginosos, forzando la máquina al máximo y sufriendo por ello algún que otro desajuste. El resultado, cada cual es libre de juzgar. Yo me quedaré cien veces con ese atrevimiento, esa forma de reivindicar la obra en su valor intrínseco y tomar claro partido por una interpretación que ensalce sus aspectos más innovadores al tiempo que universales, antes que con la asepsia de una perfección soñada.
[1] Añado asombrado y casi temeroso ese "parece" porque a última hora, revisando el libreto informativo, he comprobado un error tipográfico en la disposición de los tres movimientos. Resulta que el primero, Allegro no se encuentra en la misma columna que los otros dos, está sin justificar junto al margen izquierdo. Por lo que cabe pensar en la posibilidad de que, a primera vista, más de una y dos personas (fueron unas cuantas decenas, en realidad) creyeran que el concierto constaba sólo de dos movimientos. Un error imperdonable si se tiene en cuenta que el movimiento lento, supuestamente último para muchos de los que hubieran aplaudido por esa causa, no tiene mucho de Rondó: Allegro (tercer y último movimiento). Ojalá me equivoque y esta funesta nota al pie sea tan injusta como, por tanto, innecesaria.
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