De Ansermet a Janowski, ¿una verdad ética?

Jacobo Zabalo 25-05-2011

Orchestre de la Suisse Romande; N. Goerner, piano; M. Janowski, dir.

Palau de la Música, 11 de abril de 2011

Palau 100

-Más manido no puede ser el tópico, pero cabe reivindicarlo cuando realmente procede: hay conjuntos que a pesar del paso de los años, e incluso si han quedado relegados a un segundo plano tras décadas de esplendor, conservan una inequívoca, idiosincrática forma de tocar. Un no sé qué tan inexpresable que se presta a toda suerte de mistificaciones o se formula mediante sinestesias no siempre afortunadas para referir, sin ir más lejos, que la cosa funciona.

Es digna de estudio la trayectoria de una formación como la Orchestre de la Suisse Romande, fundada por Ernest Ansermet en 1918. Carismático y polémico, este director, matemático de formación, estrenó algunas composiciones contemporáneas más relevantes de la época y se atrevió a promover el diálogo con el jazz, algo -como se sabe- poco usual incluso en nuestro tiempo. Ansermet buscó asimismo entender el fenómeno de la escucha  desde una perspectiva filosófica en Les fondements de la musique dans la consciente humaine, una obra compleja y atrevida, en que se dan cita compositores tan distintos como Berg o Monteverdi y se entablan diálogos en el terreno de las ideas con Sartre, Husserl o Bergson. Sin demasiados reparos Ansermet llega a plantear el sentido ético, comprometido, de la interpretación musical: "la autenticidad de la expresión musical implica el compromiso del músico en tanto que ser afectivo en su acto de expresión, en cuyo caso la música nos hará sentir, por encima del mercadeo, ciertos aspectos de su modalidad ética". Pudiera pensarse que una afirmación de esta suerte, repleta de buenos sentimientos, es no obstante ambigua, no pudiéndose acabar de precisar cuáles son aquellos ciertos aspectos que acompañan la ejecución. Pero Ansermet, un poco más adelante, confirma su radical platonismo (tan radical que se muestra casi como una forma de neopitagorismo) cuando llega a afirmar que "la música es siempre bella, o de otro modo es fallida. Es siempre bella igual que las matemáticas son siempre verdaderas". Sobra matizarlo, pero el término bello condensa aquí una gama compleja de apreciaciones estéticas, que en cualquier caso refieren una experiencia afectiva de lo más variado (enmarcada entre los extremos, ambos incluidos, de lo siniestro y lo sublime); una experiencia que fomenta la realización subjetiva a través de la experiencia musical.

Con el credo, manifestado en diversos lugares, de que "la música no puede mentir", en tanto que verdadera expresión (que no expresión de lo verdadero, pues no comunica un único significado), Ansermet erigió una orquesta que ha llegado hasta nuestros días con una salud encomiable. En su actuación en el Palau de la Música, dirigida por Marek Janowski, demostró un compromiso y una prestancia impactantes desde la obertura Las Hébridas de Felix Mendelssohn. La riqueza cromática fue resaltada por una orquesta homogénea, compacta, y no obstante atenta a los muchos detalles y sorpresas que deparan las partituras de este compositor, incomprensiblemente considerado menor entre los grandes. La subsiguiente interpretación del Primer concierto para piano de Chopin, con cambio de última hora en el papel de solista, fue igualmente lucida: Nelson Goerner, en lugar de Boris Berezovsky,  demostró conocer como pocos las interioridades de esta composición, que ha interpretado en multitud de ocasiones y grabado con éxito (Diapason d'or). Ya en la segunda parte, Janowski y los músicos de la Orchestre de la Suisse Romande brindaron, con la misma, excelente disposición anímica y técnica que en las piezas anteriores, una majestuosa versión de la Cuarta Sinfonía de Robert Schumann.

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