LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 10-03-2010
OBC; Mikhail Ovrutsky, violín; Dmitri Kitajenko, director
L'Auditori, 5 de febrero de 2010
Un comienzo fantástico, el protagonizado por la OBC (con mención especial a los solistas de la sección de vientos) en su interpretación de las Escenas húngaras de Béla Bartók. Esta obra ensoñadora, con la que el compositor vuelve a los paisajes de su niñez, recibió una lectura espléndida por parte de la orquesta, dirigida en la presente ocasión por Dmitri Kitajenko. Curtido en mil y una batallas, el director ruso volvió, trece años después, a dirigir al mismo conjunto. Mucho ha cambiado la OBC desde entonces, como también el recinto en que viene tocando en la última década (el Auditori celebra este año la efeméride). Durante la interpretación de la pieza inicial Kitajenko se sintió sumamente cómodo, promoviendo el lirismo, la respiración amplia de la orquesta. Las melodías populares recopiladas por Bartók sonaron cercanas, entrañables (sin duda, no es este el Bartók afilado y hasta violento de los cuartetos), melodías bellas que se beneficiaron de una notable sonoridad de conjunto.
Con este comienzo era de esperar una lectura imponente del Concierto para violín de Chaikovski, sin duda uno de los más ambiciosos del repertorio romántico. Pero, sorprendentemente, sucedió algo distinto. Debe reconocerse, ante todo, el oficio del joven Mikhail Ovrutsky, violinista que se entregó completamente a la labor interpretativa demostrando una técnica impecable. El sonido a veces seco de su violín, sin apenas vibrato, contrastó con la escritura orquestal, rebosante de afectación. No descubriremos, a estas alturas, a Chaikovski: el despliegue de sentimiento es tal que demanda mucho -o según se mire nada- al oyente, que queda extasiado o asqueado -rara vez indiferente- ante la avalancha de pathos. La sombra del kitsch es más que alargada. Ovrutsky trató de prescindir de ese prejuicio fácil y realizó una lectura analítica, más eléctrica que comunicativa. Si nos remitimos a dos paradigmas virtuosos del pasado, dos intérpretes que han dejado versiones memorables de este mismo concierto, buscó asemejarse más a un Jascha Heifetz que a un David Oistrakh. En cualquier caso, a pesar de lo meritorio de su intervención, el resultado global no fue el óptimo; y lo más probable es que no fuera responsabilidad suya, o no principalmente. Kitajenko, el director, relegó a la orquesta a un segundo plano, como si el solista en efecto fuera un Oistrakh, con capacidad para producir él sólo una densidad sonora tal que interpelara y tratara de tú a tú al conjunto. Mikhail Ovrutsky hizo lo que pudo -e hizo mucho- pero la orquesta no puso el resto, no buscó amparar y entenderse con el solista, expectante únicamente a los momentos de tutti en que, entonces sí, explotaba. Un tanto efectista, por ello, pudo parecer el concierto. Una lástima, pues la calidad del solista y del director como también, a estas alturas, de la OBC está fuera de toda duda. Sin entrar en disquisiciones o especulaciones difíciles de contrastar -pero, para que nos entendamos- pareció como si faltara un ensayo. Pudo no ser esta la causa, pero lo que resulta incuestionable es que aquello que sucede en el backstage, de espaldas a la actuación, acostumbra a ser determinante: uno se explica el porqué de tal o cual interpretación,... y en ocasiones en efecto la causa existe, sólo que oculta, distante y diferente de las especulaciones del oyente o crítico.
La segunda parte del concierto, como para rememorar el programa de una de las primeras temporadas del Auditori (¿acaso la primera?) contó, tras la interpretación del concierto de Chaikovsky, con la programación de la Sinfonía nº2 de Jan Sibelius. Sinfonía de magnitudes considerables, compuesta por uno de esos creadores que se encuentran a caballo entre el movimiento romántico y una nueva forma de componer, todavía por llegar. Se sabe que el propio Sibelius sintió una gran frustración, en sus últimas composiciones, al comprobar que el lenguaje tradicional no daba para más. Serían otros, no obstante (Mahler, Schoenberg, Berg), quienes darían el paso. Así, la segunda sinfonía de Sibelius apenas bordea el precipicio de la atonalidad, recreándose por el contrario en la dimensión inagotable y misteriosa de la naturaleza. Un canto a la vida magnífico y complejo, que incorpora la faz oscura de forma agradable, apenas estridente (a diferencia de lo que haría su compatriota nórdico Nielsen en la no menos magnífica Inextinguible, sinfonía -por cierto- interpretada por la misma orquesta unas semanas antes). El sonido de la orquesta fue, en esta segunda parte, pleno y bien conjuntado. Ya el movimiento de apertura, allegretto, confirmó el buen nivel de la OBC, que por un extraño motivo (¿una remisión a tiempos en efecto remotos?) no supo lucir en su interpretación del concierto para violín. La prestación de las secciones fue excelente a lo largo de la sinfonía de Sibelius, con una participación destacable de los metales, que con permiso de las cuerdas llevaron la voz cantante, al menos en los pasajes más conmovedores. Sibelius logra comunicar con esta obra inmensa una sensación próxima a lo sublime kantiano: la experiencia estética de desbordamiento, la vivencia de una infinitud que amenaza y atrae, que ubica al oyente en un posición de agradable superioridad a pesar del asalto de unas fuerzas excesivas, las de la naturaleza, que son artísticamente sublimadas.
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