LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 18-11-2009
Obras de Chopin y Debussy
Palau de la Música de València, 2 de noviembre de 2009
Con sólo veintitrés años, Andrei Korobeinikov, pianista ruso, hizo su primera aparición en el panorama musical español el pasado dos de noviembre. El Palau de la Música de València acogió el debut de quien está llamado a ocupar un lugar relevante en la escena internacional, y -por cierto- en un futuro nada lejano. Una noticia excelente comprobar que la escuela rusa, tradicionalmente compuesta por pianistas de técnica excelente y notable fogosidad, profundamente espirituales (así, por ejemplo, Sviatoslav Richter o Emil Gilels), cuenta con un nuevo vástago. Involucrado en proyectos y giras a escala internacional, Korobeinikov ha grabado asimismo varios discos, uno de los cuales (dedicado a la enigmática, casi impenetrable producción de Scriabin) recibió premios tan importantes como el Choc de la Musique o el Diapason d'or. Pendiente de aparición y con similares perspectivas se encuentra otro disco, en que interpreta las Bagatelles de Beethoven.
Que a estas alturas, y con los méritos referidos, el nombre de Andrei Korobeinikov no sea más conocido se debe únicamente al hecho de no haber caído todavía en manos de una de esas discográficas que invierten grandes sumas en marketing. Pero todo llegará, y no forzosamente para mal; porque es de justicia difundir el pianismo de un artista como éste. A diferencia de lo que sucede con tantas otras promesas, que se queman antes de realizarse y parece que no van a más, la situación de Korobeinikov presenta ciertas peculiaridades que nos hacen augurar lo mejor. Conserva la imagen desenfadada y natural, la integridad de un joven profesional, que ha sido ya multipremiado. Se dedica en cuerpo y alma a su trabajo, apostando por compositores y programas que le permiten comunicar, y no simplemente lucirse o gustar. La coherencia que expone en sus recitales se fundamenta en una búsqueda interior; y a tenor de sus manifestaciones más personales (que pudimos obtener después del concierto) no parece estar por la labor de alterar este buen hábito, perdido para muchos de los que triunfan sin haberse encontrado antes.
A pesar de lo arriesgado del programa, Korobeinikov logró captar la atención del público, que al final manifestaría su entusiasmo con un aplauso prolongado. De hecho, a lo largo del evento apenas se oyeron tosidos y sí en cambio un profundo, respetuoso silencio. La primera parte se centró en la compleja producción de Chopin, que el pianista abordó con decisión. A una selección de 4 Mazurkas le sucedió la Fantasie-Impromptu en Do sostenido menor op. 66, ejecutada con solemnidad y rigor, potenciando los colores de la partitura. Fue el punto de inflexión que condujo a la Sonata nº 2 en Si bemol menor op. 35, una de las piezas más conocidas, especialmente por su movimiento lento (la célebre "marcha fúnebre"). Korobeinikov no sólo demostró una técnica soberbia, sino que hizo gala de una expresividad exenta de afectación, extrayendo del Steinway un sonido límpido y pleno, perfectamente definido. La segunda parte del recital confirmó las mejores sensaciones. Se oyó un Debussy contundente y sutil, bien medido en los tiempos y sumamente evocador en pasajes como Ce qu'a vu le vent d'ouest o La cathédrale engloutie. El pianista regaló dos encores y dio la sensación de poder seguir tocando toda la noche. Sobrado de energía y pasión pianística, Korobeinikov tendrá, indudablemente, muchas otras ocasiones para entregarse al público de nuestras latitudes.
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