Del equilibrio y sus contrastes

Jacobo Zabalo 18-10-2010

Hugo Wolf Quartett

Palau de la Música, 7 de octubre de 2010

-Proyectado por su pertenencia al ciclo Rising Stars, el Hugo Wolf Quartett es uno de los conjuntos de cámara que en los últimos tiempos han aparecido con más fuerza en el panorama musical. Aunque su trayectoria es todavía incipiente, este cuarteto de cuerdas cuenta con varias grabaciones interesantes y -lo que es más importante- demuestra un equilibrio que algunas formaciones semejantes, demasiado polarizadas entre el primer violín y el violonchelo, no alcanzan nunca. El segundo violín se hace aquí notar, y más que discutir el protagonismo solista facilita la búsqueda de una interpretación equilibrada de la partitura, algo fundamental al tratarse de música para cuarteto. Otro punto a destacar es el sonido límpido y natural que desprenden los instrumentos de época de los miembros del Hugo Wolf Quartett.

La sala de cámara del Palau de la Música se quedó a medio llenar en la inauguración del ciclo Palau100-Cambra, y eso a pesar de que el programa era de lo más atractivo. El Cuarteto en mi bemol mayor, Kv.428, de Wolfgang A. Mozart, forma parte del célebre conjunto de cuartetos para cuerda dedicados a su mentor en este tipo de composiciones, Joseph Haydn. La serie contiene algunos tan emblemáticos como el llamado Cuarteto de las disonancias o el Cuarteto 'la caza'. El cuarteto programado no parece menos excepcional que aquéllos, pues de alguna forma se dan cita el lirismo del segundo y ciertas aventuras tonales más propias del primero. En la ocasión que nos concierne, el Hugo Wolf Quartett se mostró especialmente sensible a la polifonía desde el movimiento de apertura, demostrando atención asimismo a los repentinos cambios de ritmo. Hubo atrevimiento en los ataques, lo cual se agradece siempre, aún a riesgo de caer en algunos problemas de afinación -que por otra parte fueron puntuales. El Andante con moto resultó sublime, interpretado con la justa delicadeza. Es sin duda una de esas páginas genuinamente mozartianas, tan fáciles de oír como difíciles de explicar. El Menuetto tuvo momentos igualmente sobresalientes, pero la culminación llegó con el Allegro vivace final.

Todavía en la primera parte se interpretó el Cuarteto de cuerda nº2, en Re menor, de Bedrich Smetana, obra poco frecuente en las salas de concierto, que confirma una situación paradójica: ¿en qué medida el autor del poema sinfónico Moldava no ha quedado relegado a un segundo plano por el éxito de una obra en sí misma menor, cuando en realidad posee otras de excelente factura, o cuanto menos sumamente interesantes? Se ha dicho que de no haber escrito Cervantes El Quijote hubiera sido considerado aún así como un escritor sobresaliente, de primera línea. A Smetana le pasó al revés: es probable que una obra de fácil consumo, de exaltación nacionalista haya disminuido la influencia de las demás. Es el caso de este segundo cuarteto, compuesto en la fase final de su vida. Obra compleja y rica, se atreve a coquetear con la disonancia, como si anunciara o abriera la puerta a su paisano Leos Janacek. Nota al pie: quizá Adorno tuviera razón en su diagnóstico de la disonancia, reveladora de una inquietud en aquel que sólo busca reposo en la música, sublimación artística de las pulsiones menos realizables (a mi lado un hombre trajeado no cesó de morderse las uñas en lo que duró este cuarteto, cosa que no había hecho durante la pieza de Mozart).

Pero volviendo a lo musical, y centrándonos ya en la segunda parte, en la interpretación del Cuarteto en La mayor, op.41, nº3, de Robert Schumann, debe decirse que el Hugo Wolf Quartett perdió algo de fuelle en el curso de la ejecución de esta problemática obra. ¿No se trata acaso de una pieza extraña, llena de momentos inesperados -a veces gratuitos en apariencia- creados por uno de los más extraños, seguramente excepcionales compositores de la tradición musical europea? Si escribir sobre música es siempre problemático, pues -como se sabe- el lenguaje conceptual no puede trasladar el sentido de la partitura (de hecho no existe como tal, el sentido es propio de los nombres que significan según un pacto preestablecido, y no inherente a las notas, acordes o melodías), cuando uno escribe acerca de Schumann se encuentra inequívocamente tentado a recurrir a su biografía para explicar lo inexplicable. Nótese que lo inexplicable, desde el punto de vista del sentido, se encuentra asimismo en Mozart, en el más clásico y equilibrado de los compositores; pero por alguna extraña razón sucede que en Schumann se tematiza, cobra luz propia. Una luz ambigua, un equilibrio frágil, presente asimismo en piezas de grandes dimensiones, como las sinfonías; un equilibrio en constante revisión, que como tal pide ser comprendido, compensado mediante una explicación. Los problemas psíquicos de Schumann representan en este sentido la explicación a la mano, tan falsa, tan indemostrable como tentadora.

La interpretación del Hugo Wolf Quartett fue meritoria pero un punto irregular, como si en efecto el conjunto cayera víctima de todos esos interrogantes, en el hechizo embriagador que disponen la biografía y producción de Schumann. Así, por ejemplo, los episodios sincopados del primer movimiento no acabaron de lucir, mientras que el Finale: Allegro molto vivace presentó algunos momentos dubitativos. La vivacidad no fue mucha, y sí más bien apagada, quizá demasiado melancólica para una velada transcurrida con amenidad, en la búsqueda de un equilibrio discretamente perturbador.

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