Desde siempre, Maurizio Pollini

Jacobo Zabalo 22-04-2008

Palau de la Música, 22 de abril de 2008

Maurizio Pollini, piano
Obras de Schumann y Chopin



Pollini volvió al Palau. Pollini escogió un repertorio romántico y popular, virtuoso y emotivo. Pollini saltó al escenario con el público ganado de antemano. Y aun así, Pollini fue a lo suyo. Schumann y Chopin se personaron y encandilaron al Palau, gracias a Pollini.

Con un arrojo más propio de un debutante atacó Pollini el Allegro, op.8, de Robert Schumann, dando muestras de una digitación todavía prodigiosa. Concebida en época temprana para deslumbrar por su virtuosismo, esta pieza ofrece en bruto una muestra del temperamento creador, por momentos desbocado, de Schumann. Evitando abundar en el exceso, Pollini supo combinar análisis y sentimiento, brindar una clarividente anatomía de la pasión sin perder pizca de expresividad. La polifonía interpretativa prosiguió de la mano del atrevimiento compositivo de Schumann con Kreisleriana, op.16, basada en una de las ficciones de su admirado E.T.A. Hoffmann. Más que una descripción episódica, la pieza recrea la atmósfera compleja y fantasiosa, ambivalente en cualquier caso, que del escrito emana: así, por ejemplo, la felicidad, inquietante y como angustiada, se transmuta por irisaciones en una suerte de placidez extática. La alquimia de estos movimientos anímicos la ofició un Pollini sobrio, y no obstante entregado: primando la claridad, llevándola hasta los límites de lo decible, el intérprete logró decantar la estructura y con ello también evidenciar la confusión, el arrebato y belleza de la obra. El genio incontenido de Schumann salió a flote gracias a la contención inspirada de Pollini, siendo objetivado por el rigor polifónico y el respeto a la partitura. Desde esta absoluta fidelidad a lo escrito, el más mínimo, discreto rubato enderezaba el vello de los presentes, y los silencios, sonoros, podían sentirse.

In medias res, con la música a flor de piel (como si nada, refrigerio ni distracción alguna hubiera mediado) tras el intermedio se retomó la velada: cristalino, afilando el sentimiento del Steinway, Pollini dejó huella con su Chopin. Pudiera sorprender la afinidad de este intérprete, promotor de las creaciones contemporáneas, con la obra del compositor polaco. Lo cierto es que también Chopin fue contemporáneo, y llevó a cabo una investigación a fondo en las posibilidades del piano, en lo inefable de su reverberación anímica. Cada dificultad técnica traduce en Chopin una tensión del alma, que concuerda consigo misma mediante una síntesis espiritualizada, la tan romántica sublimación de placer y dolor. Tras un emotivo Preludio y una Balada perfectamente narrada en sus tiempos, se alcanzó con la interpretación de las cuatro primeras Mazurcas del op.33 una cota de delicadeza sin parangón. Sonaron risueñas y galantes, brotaron espontáneas desde lo más profundo, como grabadas en el espíritu del intérprete. Otro juego, no menos solemne, se puso en escena con el Scherzo nº3 en do sostenido menor, penúltima pieza programada. Fue por todo lo alto, con la Polonesa nº6, “Heroica”, que se cerró el recital: un trote aristocrático y amable, apolíneo, que invade los salones y los campos abiertos, un redoble en crescendo que es una revolución y unos buenos días soñoliento y dulce, al abrir los ojos al mundo. Expansiva como pocas, esta obra dio pie a las ovaciones y los correspondientes, casi eternos, encores.

Pollini no es un mito. Es mucho más que eso: un ser de carne y hueso, de sesenta y tantos, al que después de cuatro bises chopinianos, después de entregarse también en alma y rozando ya la media noche, se le exige la tarea imposible de firmar ejemplares de su nuevo disco. Pollini corresponde al requerimiento, pero sin disimular la fatiga. Pollini no es una leyenda, sino historia viva del pianismo de todos los tiempos, y como tal, también del nuestro: el virtuoso ha de pagar el precio de la promoción, sufrir una vuelta de tuerca tan gratuita como innecesaria para el reconocimiento, a estas alturas de la vida, de una carrera ejemplar y brillante, absolutamente impagable. La música es un don desmedido, trasciende cualquier tasación. De ahí, paradójicamente, la tentación de querer captar su huella, acercarse al afortunado, dejar que nos toque una vez más con su magia atemporal. En el instante previo a la firma del vinilo de 1973 que le tendió un joven (los Estudios op.10 y op.25 de Chopin), se hizo un silencio como una exhalación. El tiempo se detuvo en la cubierta del ejemplar: entre su perfil de entonces, juvenilmente concentrado, y el teclado de manos firmes emergió una inscripción, una rúbrica que desde siempre había estado ahí: “Maurizio Pollini”.

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