Jacobo Zabalo 08-04-2011
Orchestre Nationale de France ; Daniele Gatti, dir.
L'Auditori, 14 de març de 2011
Temporada Ibercamera
La Pastoral de Beethoven es una de las obras programáticas más conocidas y apreciadas. No hay equívocos en su denominación: el compositor se inspiró en la experiencia de la naturaleza, sugerida de modo descriptivo en cada movimiento de su sinfonía, para trasladar al oyente una experiencia más o menos identificable, si bien -por supuesto- idealizada. Como en pocas obras, el propio Beethoven se abisma en la comunicación de ideas que refieren afectos concretos, estados de ánimo o comportamientos humanos, con relación siempre a la naturaleza. Pero a pesar de que se narra -entre otros- un "despertar de sentimiento de felicidad al llegar al campo", una "escena cerca del arroyo", una "alegre reunión de campesinos" o un "sentimiento de alegría y agradecimiento después de la tormenta", lo que la Sinfonía nº6 en fa mayor, op.86, de Ludwig van Beethoven transmite es algo que va más allá de las ideas, e incluso de los sentimientos.
Motivo de eterna confusión, el carácter denotativo de la música difícilmente puede realizarse al modo lingüístico. Por supuesto se puede sugerir un posible significado a través de una melodía, pero en ningún caso se da una adecuación semántica completa entre la escritura musical y cualquier concepto empírico, intelectualmente establecido. La grandeza de una pieza como la presente reside de hecho en abundar en esa tensión, una tensión que en la época en que compone Beethoven se carga todavía de una resolución positiva, espiritual, con relación a la propia naturaleza. Una comunión muy distinta a la buscada por Mahler a finales del mismo siglo, comunión devenida, en realidad, imposible. Pocos compositores han amado a la naturaleza como Mahler, que gustaba perderse en walserianas excursiones o nadar en los lagos; pero como pocos hubo también de probar su lado oscuro, el sabor amargo, inaceptable; la completa indiferencia de la naturaleza respecto de los asuntos humanos a través de la enfermedad y muerte de su hija, así como de su propia dolencia (que precisamente le separó de aquellas aficiones). Una reciente película dirigida por Lars von Trier, El anticristo, ha indagado en el fondo ciego y sin por qué de la naturaleza, interiorizada como dialéctica del mal en la conciencia humana.
En la presente ocasión, en la sala grande del Auditori no hubo presagios siniestros, al menos no en la primera parte. La Orchestre Nationale de France, orquesta invitada por segunda vez en el marco del ciclo Ibercamera (desde su última visita, en 1990, con Lorin Maazel en la dirección), atacó la partitura sin dubitaciones, con manifiesto lirismo en el fraseo que Daniele Gatti exigió ya desde el Allegro ma non troppo inicial. La buena disposición de la concertino favoreció la flexibilidad del conjunto, el despliegue predominante de las cuerdas, oportunamente alimentado por solos de gran categoría, como el realizado por el clarinete en el segundo movimiento, Andante molto mosso. La expresividad se acrecentó de forma palmaria mediante un rubato sin tregua por parte de las cuerdas. El dinamismo, el fluir de la naturaleza pudo comunicarse tanto más intensamente por medio de esa distensión discreta pero presente, hasta el consabido tumulto del episodio de la tormenta, en el cuarto movimiento. La resolución de ese estruendo tendría lugar de la mejor de las formas, con una orquesta al unísono en el canto de alabanza de los pastores (Hirtengesang) que culmina la sinfonía.
La emotividad de la composición beethoveniana, profundamente melódica en su apuesta por el lirismo, contrasta máximamente con La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, que se interpretó en la segunda parte. Si en la primera había predominado el equilibrio, la tensión felizmente resuelta en el tratamiento de la experiencia pastoril de la naturaleza, la música de Stravinsky plantea con violencia manifiesta, a base de ritmos cambiantes y sonoridades imprevistas, una cuestión de gran dramatismo, como es la elección de una joven, ofrecida en sacrificio para que la naturaleza sea próspera, para que dé frutos. Quizá precisamente por causa de la búsqueda constante de la dislocación, implícita en la trama del ballet, sonó la versión de la Orquesta Nacional de Francia un tanto desmembrada; los episodios poco estructurados en su interior y poco fluidos en su relación con el conjunto, sin acabar de explicitarse el hilo de tensión dramática que los vincula. A pesar de los lucidos arrebatos, con tutti de fenomenal, fecunda catástrofe, hubieron fallos solistas de bulto y se perdió parte del sentido inherente a aquella calma tensa que precede al sacrificio, como aquella otra (en cambio, lograda) que precedía a la tormenta beethoveniana.
* * *
Si allí se interrumpía el continuum agradable de la naturaleza, en su experiencia musicalizada, mediante la reproducción simbólica del fenómeno climático, encontramos en la Consagración de Stravinsky una violencia ejercida por el propio hombre para asegurar el buen curso de la vida, para obtener el beneplácito de la naturaleza a través del sacrificio ritual, del derramamiento de la sangre de una inocente. Se trata ésta, por supuesto, de una cosmovisión mítica, más antigua que la beethoveniana, en la que el hombre todavía muestra su reverencia; se sabe dependiente del principio que lo engloba y del que participa. Nada que ver -en ninguno de los casos expuestos- con el uso indiscriminado, la relación de dominio y sometimiento de la naturaleza que comenzará a generalizarse en occidente con el desarrollo de la tecnología y los nuevos sistemas de producción masiva, a lo largo del siglo XIX.
Convertida exclusivamente en fuente de recursos, se minimiza en el hombre la conciencia de pertenencia, y por tanto de dependencia para con la naturaleza. Al menos en un sentido no hay duda que la autonomía es positiva, el hombre se emancipa del terror mítico, de esa necesidad un tanto primitiva de estar a las buenas con ella, y de materializarlo mediante sacrificios cruentos; por otro lado, no obstante, se pierde la noción profundamente vital -quizá irracional- de que hay algo que nos trasciende, que no controlamos completamente a pesar de nuestras inversiones y pronósticos. Superada la primera década del siglo XXI, no parece que nuestra comprensión de la naturaleza haya avanzado mucho. La reciente catástrofe en Japón clama, exige una nueva comprensión de la misma, y a nivel global, no sólo por parte del mal llamado primer mundo.
La naturaleza no es sólo lo que somos. Menos todavía lo que hacemos con ella. La naturaleza trasciende inevitablemente los intereses particulares y generales, así como la ordenación apriorística que se le quiera imponer, con la científica determinación de sus normas. Controlarla ha sido desde siempre una aspiración humana, justificada básicamente por la supervivencia, la autoconservación. Pero con el paso del tiempo y las innovaciones tecnológicas se produjo un cambio de paradigma en esa relación: de una explotación desde dentro, en connivencia con la propia naturaleza, se pasó al uso utilitario, presuntuosamente externo al objeto de usufructo (como si este no lo englobara todo, finalmente). En el pasado siglo XX se comenzó a tomar conciencia de que la explotación indiscriminada podía tener sus consecuencias. Desde diversos ámbitos, quizá incluso con más énfasis desde fuera de la ciencia, se entendió que más que control de recursos y explotación, la Tierra requiere un trato respetuoso, desasimiento sereno o Gelassenheit[1] que no busque alterar mediante la técnica el orden que le es implícito. Un orden que nunca podremos comprender/controlar totalmente, y del que participamos sólo mínimamente, sin demasiado interés para la propia naturaleza.
Aceptar el lugar marginal del hombre, reconocerse como una criatura más, ha demostrado ser desde siempre inaceptable para el animal dotado de inteligencia que somos. El neocortex puede en efecto confirmarse como un rasgo distintivo del ser humano, maravilloso en las posibilidades cognoscitivas que ofrece; pero el uso que realiza de las mismas confirma que, a pesar de toda la sofisticación, perdura la esencia animalesca: la prioridad de lo instintivo e irracional en la búsqueda de una autoconservación tan despiadada y pertinaz, tan calculadora y ciega que, en efecto, a ningún otro animal se le podría haber ocurrido.
[1] El término lo empleó Martin Heidegger hace décadas, concretamente en 1955, en una conferencia conmemorativa, cuya lectura puede completarse con la lectura de la entrevista realizada por Der Spiegel, que data de 1966.
sara lomas (12-04-2011 19:04):
Magnífica crítica y magnífico comentario. Me encantó el concierto pero al leer este texto veo que me quedé corta en la reflexión. Es cierto que en el pasado fuimos naturaleza. Pero ahora no lo somos. Hemos creado un nuevo orden que requiere ser redefinido. Todo lo que nos rodea es una manipulación o invención nuestra y está a nuestro servicio. Pero, Sr. Zabalo, no somos una criatura más ya que podemos destruirnos un millón de veces y ese poder no lo tiene ni lo ha tenido nunca nadie. Será el neocórtex? o... será nuestra naturaleza y simplemente nosotros somos sus esclavos, tontos y pobres de espíritu, creyéndonos que controlamos algo que ni siquiera existe?
Carregant...