Echar raíces

Jacobo Zabalo 26-08-2011

Daphne, de Richard Strauss

OBC; Pablo González, dir.

Gran Teatre del Liceu, 12 de julio de 2011

-Una de las metamorfosis más celebradas de cuantas recoge el clásico de Ovidio, en su compendio de mitos homónimo, es aquella en que Dafne, viéndose acosada por Apolo, pide al dios fluvial Peneo que la transforme en vegetal, de modo a refrenar el deseo de aquél. Apolo, ensartado por las flechas de Cupido, no puede poseerla pero acaba sublimando su deseo de forma mucho más decorosa: hace de las hojas del laurel en que ella se ha convertido la corona celebrativa de gestas deportivas y poéticas. Esta fitofilia mítica conoció diversas versiones, entre las cuales por supuesto el célebre soneto de Garcilaso, escrito en pleno Renacimiento, el movimiento de recuperación de la cultura clásica encabezado en las letras por Petrarca. "A Dafne ya los brazos le crecían / y en luengos ramos vueltos se mostraban", rezan los dos primeros versos. La descripción del soneto acontece in medias res, una vez la metamorfosis se está produciendo, y termina con una imprecación que parece más barroca que plenamente renacentista por su tono fatalista, como desengañado y contrario a la naturaleza: "¡Oh, miserable estado! ¡Oh mal tamaño! / ¡Que con llorarla crezca cada día / la causa y la razón por que lloraba!". El llanto por la posesión imposible hace que la amada (Dafne) se torne tanto más inaprensible (crezca como planta, regada por las lágrimas que fomentan el deseo frustrado). El momento pregnante de dicha transformación fue captado también por escultores como Bernini, ya en pleno Barroco. Su obra forma parte del imaginario de lo clásico, si bien la blancura casi nuclear que exhibe contrasta con el colorido verde de los bosques helenos y de las esculturas por ellos creadas (al igual que los templos, eran policromadas).

Mucho se ha hablado a propósito del lirismo de la Daphne de Richard Strauss, y en efecto la historia se halla íntimamente vinculada a la experiencia de la naturaleza, con un sinfín de motivos musicales que nos la sugieren. Con todo el libreto empleado, obra de Joseph Gregor, se distancia del mito clásico en muchos aspectos, confiriendo a la protagonista una complejidad psicológica comparable a otras heroínas del compositor, buen conocedor de los entresijos de la mujer finisecular (a propósito de su propia mujer, no está de más tomar nota de alguna de las lindezas que le dedica Alma Mahler en la biografía de su primer marido). La Daphne de Strauss, en cualquier caso, rechaza el amor humano de Leukippos para decantarse, sin apenas saberlo, por quien en realidad es un dios disfrazado. Apolo empatiza con ella por su omnisciencia, la atrae mediante el ardid más aparentemente natural. La posibilidad de compartir la experiencia directa de la naturaleza, que la embriaga, se desvanece cuando entiende sus intenciones ocultas. Intuyéndose rechazado, Apolo atraviesa con sus flechas al primer pretendiente. Daphne se lamenta de su injusta suerte, la corroe algún tipo de culpabilidad y a modo de compensación es convertida en laurel, árbol de larga vida que coronará a los héroes.

El argumento no es especialmente fácil de seguir, si uno tiene en mente aquella otra versión del mito, mucho más sencilla y común (la que proviene de Ovidio). Programar en versión concierto (sin representación escénica, por tanto) la ópera en un solo acto de Strauss es una opción más que válida, pero añade dificultad al asunto. Afortunadamente la música logra evocar los fenómenos naturales, y no en un sentido sólo descriptivo. Los recursos orquestales del compositor parecen infinitos, y despuntan en la metamorfosis final, fantásticamente interpretada por la orquesta invitada. La Orquestra de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC), afincada desde hace ya unos cuantos años en el Auditori, cambió de escenario en esta ocasión, para sorpresa de muchos habituales del Gran Teatre del Liceu que, extrañamente, desconocen el alto nivel alcanzado por el otro conjunto local. Es un fenómeno que no deja de sorprender, el hecho de que haya un público para cada sala de conciertos (por supuesto también para cada ciclo) sin apenas transfuguismo. Al fin y al cabo, no se trata de política o deporte, sino de conjuntos y programas deliciosamente compatibles.

Ocasiones como la presente permiten comprobar que también en el capítulo de directores las perspectivas son halagüeñas. Pablo González se siente especialmente a gusto con partituras como esta, partituras repletas de detalles que logra desentrañar con asombrosa facilidad, sin que la orquesta, muy numerosa, pierda un ápice de la rotundidad que al mismo tiempo se le exige. En cuanto a los cantantes, la Daphne de Ricarda Merbeth cargó de forma muy convincente con el protagonismo que el papel presupone, haciendo gala de un canto hermoso y potente. Robert Holl, como Peneios, repitió el nivel exhibido en el Liceu en ocasiones anteriores, mientras que Lance Ryan, en el papel de Apolo, tuvo asimismo una participación lucida. Jörg Schneider cubrió la baja de Rainer Tost (Leukippos), sin que apenas se notara el cambio de última hora. Por último, destacar el brillante, muy emotivo despliegue de Janina Baechle (Gaea), en las contadas ocasiones en que intervino.

Una partitura no especialmente fácil o conocida, un formato interpretativo exento de acción dramática y una orquesta que no es la habitual: tres factores que lejos de aminorar el interés del público mantuvieron su atención. Misterios de la música, tan inexplicables como esperanzadores. Ojalá prosigan las metamorfosis.

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