El atrevimiento de la sencillez

Abel Cruz Ayuso 18-07-2009

Jose Domingo
Patio Cordobés del Poble Espanyol, 18 de julio de 2009

Tan meritorio como hacer un espectáculo mastodóntico como el de U2, del que podréis leer unas humildes líneas en otra reseña de este portal, es el hecho de despojarse del micro, de la amplificación y demás subterfugios y afrontar un recital al desnudo, tan solo con una guitarra y un puñado de buenos temas. El músico catalán Jose Domingo, cuyo primer disco en solitario, Suddenly ocupó uno de los puestos de privilegio del resumen musical de 2008 de La Porta Clàssica, volvió a demostrar en un ambiente íntimo que tiene la habilidad, la destreza y la desvergüenza suficientes tanto para afrontar a un público tan cercano como el del Patio Cordobés del Poble Espanyol de Barcelona y también para controlar la gran audiencia que, por otro lado, le vio apoyar la presentación del nuevo disco de Mazoni en la sala Apolo, algunas semanas antes.

Prescindiendo de toda electricidad, Domingo bajo del escenario y se posicionó ante la treintena de personas que vieron empezar el concierto, en el que cayeron clásicos de su repertorio como Vanity, Bohemia, Fullmoon Rise o En Blanco Y Negro – todos ellos rescatados de su grupo de toda la vida, Psychoine –; diversos temas del citado Suddenlycomo Whistling My Tunes, I Wanna Be Loved By You o June or July, todos ellos con reminiscencias al Broadway de los años 20 y 30; y algún tema nuevo, como el que se postula como una de las gemas (o mireias, según se mire) de 2009, Carta al Diablo, canción tensa y punzante, con un aire a Nick Cave pero sin el poso histriónico del australiano.

A medida que transcurre el bolo, poco a poco crece el número de asistentes hasta llegar a la sesentena. El ambiente nocturno, hipnótico, tranquilo y cercano se ve alterado tan sólo por los comentarios y las risas entre canciones y algún que otro brindis. La sensación de que es la música lo que más importa en el acogedor recinto cordobés se acentúa aún más cuando el respetable enmudece para seguir las evoluciones de un Jose Domingo sabedor de que, en las distancias cortas, conviene ir directo a la acción y perderse en la interpretación, con gestos comedidos aunque de vez en cuando la distorsión (sí, sí, distorsión acústica) y la rabia que emana de alguno de sus temas más añejos cobre un protagonismo inusitado, sea un contrapunto que equilibra y da sentido a la oscuridad y la melodía de los actuales cortes del gerundense. Acompañado de una botella de vino, una copa y varias velas, Domingo vuelve a demostrar que, si para muchos la faceta de cantautor está devaluada, es por culpa de la falta de imaginación, de la falta de riesgo y de la estrechez de miras de muchos de esos que se autodenominan “cantautores”, con esa pose remilgada, retraída e intimista. Y son precisamente todos los adjetivos expuestos en la frase anterior los que usa, moldea o rechaza el protagonista de este escrito, consciente de la necesidad de romper barreras y acercarse al público en vez de encerrarse en una jaula de cristal, demostrando que el atrevimiento solo precisa de ideas claras, sencillez y composiciones de gran nivel.

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