El doble filo de la fibra sensible

Jacobo Zabalo 26-11-2011

Silvia Pérez Cruz

Teatre Coliseum, 11 de noviembre de 2011

43è Voll Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona

-Adquirido el compromiso para realizar una crítica del concierto en cuestión, la actuación de Silvia Pérez Cruz en el Teatro Coliseum, me veo obligado a tratar de conciliar dos sensaciones contrapuestas -difícilmente conciliables, en realidad- como es la certeza de haber presenciado la actuación de una cantante con una técnica y una aura únicas, extrañamente acompañadas de una sombra de vaciedad en el ambiente. Hoy es uno de esos días en que uno se cuestiona acerca del sentido de la tarea que se dispone a realizar, y para la que ha sido acreditado. Pues asumiendo que el evento fue emotivo (se cumplía un año y un día de la desgraciada muerte del padre de la cantante, que además hubiera cumplido años en la fecha exacta del concierto) y que la mayoría absoluta -absolutísima, diría yo- de los espectadores acabaron encantados con la actuación, no parece que tenga mucho sentido disentir o matizar, tanto menos al haber sido culminada por una sensacional versión de la habanera Vestida de nit.

El hecho es que desde mi aislada perspectiva, muy poco fiable en términos estadísticos (ni el 0.5% de los asistentes, me temo, la compartiría), a lo largo de la velada se asistió a una exhibición desigual del talento que, sin duda, posee Silvia Pérez Cruz. No seré yo quien cuestione la emotividad de su canto, ni tampoco la encantadora timidez que muy espontáneamente evidencia en escena. Aún menos censurable me parece su tendencia a la improvisación, esa virtud que realmente la distingue de la mayoría de cantantes que se enfrentan a este tipo de repertorios (que incluye temas tradicionales, boleros como Veinte años, o poemas musicalizados por la misma cantante, como Pare meu). En el atrevimiento de las modulaciones de esta jovencísima artista se aprecia una creatividad más que notable, que de hecho sólo está en sus inicios. Sería un error pensar que ha alcanzado la cúspide de sus posibilidades. Allá donde quiere ir no siempre le acompaña la voz, pero aún así demuestra una gran valentía, una autenticidad que la hace merecedora del aplauso que viene recibiendo. Mucho más delicada es la cuestión de si en el curso de esa búsqueda no se excede en el trabajo intensivo de la fibra sensible, algo que no cabe discutir o argumentar en términos racionales pues Silvia Pérez Cruz canta para sí, no pensando en los efectos sobre el público. Con todo, intuyo que no es la mejor de las opciones, desde un punto de vista dramatúrgico o de puesta en escena, el hacer como que se está al borde del llanto casi a cada tema, con un hilo de voz frágil o desgarrador, que en cualquier caso busca ser sublime (una de las características más sobresalientes en todas sus actuaciones, no sólo en la presente). Pero insisto, de nuevo, que la recurrente comunicación de esta sensibilidad extrema no pareció molestar para nada al público sino más bien al contrario. En el capítulo de los otros protagonistas del evento, corresponsables meritorios, decir que los músicos que acompañaron a Silvia Pérez Cruz demostraron una gran empatía, luciendo de un modo especial las instrumentaciones hacia el final del concierto. El conjunto de percusión Coetus, como la presencia de Toti Soler en el primer bis fueron alicientes imprevistos de un triunfo que se veía venir ya desde antes del evento, teniendo en cuenta la caterva de celebridades concertadas en el teatro.

-Buscando todavía una razón para la aplastante incontestabilidad del éxito, el viernes 11 de noviembre, de Silvia Pérez Cruz (más allá de la entrega con que aborda los temas y la exquisitez de su dicción, sobre todo en los temas en catalán, y más allá por supuesto de la belleza de un timbre, de una voz con mucho recorrido) me da por pensar que en su caso se valora de forma excepcional el desnudamiento espiritual que acontece en el público, la exposición descarnada de cuanto atesora un corazón que realmente parece noble. La función purificadora de su arte es un hecho, pero la masiva necesidad de purificación, de afiliación a una catarsis de esta suerte (todo tan explícito, todo tan real, minimizando la distancia que forzosamente media entre artista y público) revela cuán afligida se halla la vida emocional en un mundo eminentemente pragmático y gris como el nuestro. Cuando la fibra sensible está maltrecha una dosis de sentimiento auténtico despierta de la anestesia, y seguramente es bueno que así sea,... o por lo menos no del todo malo (mejor que despertar de la anestesia sería el no estar anestesiado, si bien siempre es preferible, por otro lado, poder salir de ese estado que quedarse irremediablemente en él, pase lo que pase afuera). Tampoco es de descartar que la recurrente tentativa de inoculación de ese milagro psicoquímico produzca en algunos individuos efectos adversos, es decir, una caída de las emociones en la banalidad; emociones asociadas de modo exclusivo al artificio inherente al hecho artístico, siendo vividas quizá injustamente como inauténticas.

Comentaris

  1. joan (29-11-2011 12:11):
    Coincideixo amb la teva reflexió, i et felicito per la manera de raonar-la. Jo afegiria que, ara per ara, faci el que faci Sílvia Pérez Cruz, em sembla que comptarà amb l'aprovació, i fins i tot amb l'enlluernament, del públic, que s'hi ha lliurat del tot. Potser el problema és que aquesta efervescència popular no acostuma a allargar-se en el temps, i que la caiguda pot ser des de massa amunt. Però tot això ja són conjectures meves... sense fonaments. Em quedo amb el teu raonament.

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