Jacobo Zabalo 06-02-2012
Il burbero di buon cuore, de Vicent Martín i Soler
Orquestra del Gran Teatre del Liceu; Jordi Savall, dir.
Gran Teatre del Liceu, 27 de enero de 2012
Y eso que la ópera era de Vicent Martín i Soler. La cantante ovacionada en la ocasión, Véronique Gens, había destacado ya en el primer acto por la profundidad, empaque y belleza de su canto; pero no deja de resultar sorprendente que fuera sólo en el segundo, en una de las dos arias de Mozart adoptadas por el valenciano en la reposición de 1789 de Il burbero di buon cuore (quizá como agradecimiento por la cita del hit de Una cosa rara en la escena del banquete del Don Giovanni), aria conocida por sus primeras palabras, 'Vado, ma dove?' y atribuida al personaje de Madama Lucilla, cuando el público despertó de su discreto letargo para manifestarse con aplausos.
Ciertamente en el Gran Teatre del Liceu costó crear ambiente y entrar en la función, en buena medida debido a la inocencia de una trama demasiado simplona en sus inicios (realmente, ¿es el mismo Lorenzo da Ponte que contribuyó a la gloria de la trilogía mozartiana, Nozze, Don Giovanni y Cosí?), trama que comienza con el arquetípico tutor, el zio gruñón, Ferramondo, aquí representado por un Carlos Chausson sensacional, que guarda para su protegida un destino bien distinto al que ella anhela. En cualquier caso, en la trama que Da Ponte tomó de Goldoni el anciano es más venerable y bienintencionado que perverso, por lo que progresivamente acaba cediendo a los deseos no siempre ordenados de cuantos le rodean. Comenzando por la casadera Angelica, que en el Liceu fue representada por una Elena de la Merced muy solvente, por momentos brillante. Enamorada de un joven, Valerio (Paolo Fanale), poco creíble en sus dotes actorales, y hermana del endeudado Giacondo (David Alegret), más afectado todavía en su gestualidad, sobresalió junto con los mencionados Carlos Chausson y Véronique Gens. Entre unos y otros, Patricia Bardon como Marina, Josep M. Ramón como el sirviente Castagna y Marco Vinto como Dorval, el flemático amigo de Ferramondo, proporcionaron consistencia a una trama desigual, puesta en escena con una llamativa insustancialidad.
Una puesta en escena poco atractiva y apenas dinámica, no sólo por la ubicación única (en una estancia que tenía aspecto de recepción de hotel, barra de bar y salón de lectura -todo en uno- con muebles que podrían parecer recogidos de la calle) sino también por las insulsas entradas y salidas de los personajes, que a la postre iban ataviados con vestimentas que (¿sólo metafóricamente?) emanaban naftalina a quintales: imperdonable la falda escocesa de Marina y de más que dudoso gusto 'juvenil' la camiseta y tejanos de Angelica. No seré yo el que se congratule de la coquetería, la modernidad gratuita o la sofisticación on stage, pero al menos la vanidosa Madama Lucilla puso un toque de elegancia (léase cordura) al asunto. En cuanto a lo estrictamente musical, decir que si el libreto de Da Ponte tiene un comienzo menos ágil de lo esperado, el compositor valenciano, Vicent Martín i Soler refleja un titubeo semejante. La obertura busca ser picante pero es excesivamente liviana en la orquestación, y los primeros intercambios que tienen lugar entre los amantes, Angelica y Valerio, poco o nada tienen de vibrante y auténtico. La intermediación de Marina permite anunciar las dificultades que surgirán cuando entre en escena el zio, pero sin demasiada fluidez. Con estos mimbres, especialmente frágiles en los inicios de la obra, Jordi Savall hizo lo que pudo, y por momentos (ya avanzada la trama) logró que la Orquestra del Gran Teatre del Liceu sonara como un conjunto de época, con una brillantez y puntualidad poco habituales.
Con todo, hemos de abordar -no queda más remedio- una comparación odiosa, la comparación históricamente propiciada por una competencia acontecida de facto y reflotada por motivos comerciales en el presente: por muy contemporáneas que fueran Il burbero di buon cuore y Le nozze di Figaro (ambas estrenadas en Viena en 1786), por mucho que la primera, obra de un compositor quizá con más ascendencia en las altas esferas y la aristocracia pudiera hasta cierto punto "eclipsar el talento de Mozart" (sentencia no sé cuán fiable, inscrita a modo de publicidad por el Liceu, en bonitos flyers con forma de marca-páginas), por favor,... seamos serios. Ya vale de practicar una suerte de discriminación positiva por mero interés. Podemos estar de acuerdo acerca del injusto olvido de muchos compositores o artistas talentosos (relegados por el paso del tiempo o la excesiva primacía de otra personalidad, convertida de forma quizá simplista en representante de toda una época), pero de allí a equiparar las obras de uno, el que trasciende, y los otros, aquellos que son olvidados... Es un completo sinsentido, muy propio de la posmodernidad, que perversamente se alía con fines comerciales y la inacabable avidez de novedades: la necesidad de presentar algo nuevo, nunca oído y por tanto mucho mejor -o al menos, supuestamente comparable- a lo ya consabido. Digámoslo claro: ya fue bastante lamentable el intento de recuperación de Antonio Salieri, hará unos años (una operación de puro marketing discográfico con la Bartoli, por otra parte sensacional en sus prestaciones vocales, como buque insignia) como para incurrir en el mismo desatino. Ciertamente, ya antes de la aparición de este CD había podido antojarse desafortunada la caracterización de Salieri en Amadeus -una ficción, al cabo, se podría argüir no sin parte de razón- pero doblemente bochornoso el intento de redimirlo de todo aquello y ponerlo a nivel de Mozart.
Flaco favor se les hace a los grandes compositores que fueron Salieri y Martín i Soler cuando se les quiere comparar con Mozart. En este sentido, tiene razón Jaume Radigales al afirmar en el libreto informativo, siguiendo a pies juntillas lo planteado por el estudioso mozartiano Henri Ghéon, que para disfrutar musicalmente de los otros hay que olvidarse por un momento de Mozart, lo cual resulta especialmente difícil (¿imposible?) en la presente ocasión. Son demasiadas las casualidades, demasiadas coincidencias: un mismo lenguaje musical, tramas semejantes, inquietudes comunes e incluso expresiones y modismos lingüísticos idénticos (se nota evidentemente la huella del libretista en común). Y, con todo, los resultados no pueden ser más distintos. Lo que hace al clásico es, como se sabe, la constante revisitación y goce que habilita, sea desde el punto de vista de la interpretación (músicos y actores) como de la participación desde la distancia (oyentes, espectadores). Uno no se cansa de escuchar y/o presenciar los cuatro actos, verdaderamente trepidantes e ingeniosos, de Las bodas de Figaro. Cuesta, en cambio, atender sin tedio a la metamorfosis del burbero de Martín i Soler, cuyo sino ya el título -por otra parte- anuncia (¿es por esa razón, acaso, para redundar en la redundancia o quizá por pura desidia que un eminente crítico tituló su crítica simple y llanamente con la traducción al castellano de la obra, a saber, 'El gruñón de buen corazón'?). Siempre habrá en el mundo de la lírica casos y cosas inexplicables, pero no hay duda de que si la riqueza psicológica de los personajes de una y otra obra es incomparable, tanto más dista la creatividad musical de sus respectivos compositores. Tampoco L'arbore de Diana, por surrealista y picantón que sea su planteamiento, resiste comparación con el Cosí fan tutte, por no hablar de la inconmensurabilidad del Don Giovanni,... por mucha Cosa rara que honre en su decurso. La prueba, en cualquier caso, de que el público no siempre se equivoca (¡ni siquiera el del Liceu!) y de que no hay una mano negra, arbitraria o malintencionada, tal que favorezca el triunfo póstumo de unos artistas en detrimento de otros, es el sentido aplauso -sonó casi aliviador, ya muy avanzada la ópera- que se dedicó a Mozart en aquella aria de Véronique Gens. Pues la mayoría de oyentes -me consta- no sabían que se trataba de una composición del salzburgués.
Fotografías de Antoni Bofill
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