Jacobo Zabalo 11-12-2011
Orquestra Simfònica i Cor del Gran Teatre del Liceu; Cor Vivaldi-Petits Cantors de Catalunya; José Luis Basso, dir.
L'Auditori, 29 de noviembre de 2011
Tras el éxito de la Daphne de Strauss interpretada por la OBC en el Gran Teatre del Liceu asistimos al intercambio inverso: la Orquestra del Liceu dejó el foso de la ópera por el escenario del Auditori, con resultados bien distintos, incluso en el mismo concierto. La desubicación no fue sólo espacial, ni tampoco sólo metafórica: si el exquisito motete de Mozart Ave, verum corpus fue interpretado de forma más que correcta, con el coro de absoluto protagonista (de hecho la orquestación es muy posterior, ya que originalmente se trata de una composición vocal), el Magnificat de Bach confirmaría algunas de las peores sospechas. Y es que no hay forma posible de comparar los dos grandes conjuntos de la ciudad. La OBC podrá tener sus momentos de zozobra, pero la Orquestra del Teatre del Liceu parece estar demasiado acostumbrada a que la acción dramática lleve el peso, a permanecer en un segundo plano, en la semipenumbra del foso. Ciertamente recordamos algunas veladas de lo más satisfactorio, en buena medida gracias a la efímera residencia de Sebastian Weigle (siempre se van los buenos...), pero la calidad media de los espectáculos dista todavía de lo deseable, más todavía atendiendo al precio-impagable de las entradas.
A la luz de los focos del Auditori, la versión del Magnificat ofrecida por la Orquestra del Liceu adoleció de una falta de tempo alarmante. Con un plantel reducido, como para buscar la flexibilidad y precisión en los ataques, José Luis Basso no alcanzó precisamente su propósito. Radicales como en los setentas y ochentas del pasado siglo podían sonar aquellas propuestas autenticistas (Harnoncourt y cía.), el caso es que han impuesto unos estándares que no todos los conjuntos pueden cumplir. Pero -que nadie se lleve a engaño- realmente no es obligatorio optar por esos criterios (Pablo González lo ha demostrado en esa misma sala, ofreciendo lecturas magníficas sin buscar a toda costa la fidelidad epocal). Lo que sí resulta arriesgado es tentar una suerte de camino intermedio, especialmente cuando la orquesta no está acostumbrada a tales lides. En la versión de la Orquestra del Gran Teatre del Liceu el Magnificat sonó plano, en absoluto celebrativo, con problemas puntuales en algunos solos y una pobre intervención del coro, que se lució tan sólo en pasajes como el Fecit potentiam. Ante tal panorama, a uno le surgen además las clásicas preguntas acerca de la idoneidad de programar composiciones eminentemente religiosas en espacios como el Auditori. Cierto que esas preguntas comienzan a crecer cuando la cosa no funciona. Con todo, no debiera perderse de vista el hecho de que estas composiciones representaron para Bach la plasmación musical de una espiritualidad muy concreta, contextualizada en el marco de las celebraciones rituales que acontecen a lo largo del año litúrgico. Fuera de su espacio natural, interpretada por una orquesta también desubicada y con solistas, los cantantes, demasiado desiguales en sus intervenciones, esta obra, compleja a pesar de su brevedad (si la comparamos por ejemplo con la Misa en si menor), resultó casi insustancial.
Con estas premisas todo hacía suponer que la segunda parte, dedicada al Réquiem de Gabriel Fauré, podría hacerse muy y muy larga. Afortunadamente se obró de nuevo el milagro de las segundas partes y el coro, más numeroso, llevó el peso de esta composición intimista y profunda con una solvencia encomiable. Como la verdad acostumbra a construirse a base de tópicos, se dice con gusto que a diferencia de los otros réquiems este no es trágico, idea que se argumenta por la ausencia del clásico Dies irae (que de hecho aparece más discretamente, en el interior de otro movimiento). Puede en efecto no desprenderse de esta obra una excesiva turbación; es más, de muchos pasajes emana una especie de confort, una paz interior en relación con el hecho que propicia tal composición; pero ello no evita que en otros se aprecie el desgarramiento, la inenarrable realidad de la muerte. Eso de morir es una tragedia que no queda más que asumir, asumiendo que es inasumible. Algunos pocos sabios lo logran. El bueno de Fauré estaba por lo visto cansado de la música que se tocaba en los funerales (hastiado de la pompa de las composiciones de Berlioz y Verdi, sin ir más lejos) así que creó su propia versión con episodios poco habituales, como el Libera me o In paradisum. En la presente ocasión, junto a la buena actuación del coro, que contó con la participación de algunas niñas del Cor Vivaldi-Petits Cantors de Catalunya, deben ser ensalzados los dos jóvenes solistas que intervinieron: Joan Martín-Royo demostró una prestancia excelente en su declamación solemne y profunda, mientras que Elena Copons evidenció que se trata de una cantante consolidada. En su momento la disfrutamos en la puesta en escena de L'arbore di Diana de Vicente Martin i Soler, así como en un gran Fidelio, ambos representados en el Teatre del Liceu.
Como apunte final -toque moralista, innecesario si se quiere- constatar simplemente que la vestimenta de las jovencísimas participantes en la obra coral de Fauré no es del todo comprensible. Ir vestidas de fiesta en un concierto con música fúnebre podría parecer inadecuado pero aún se entiende, pues le elegancia y la etiqueta hoy en día conocen una ductilidad, una libertad de criterio que en muchos sentidos es bienvenida. Otra cosa es añadir al modelito una especie de guantes largos, como si se estuviera representando una opereta. En contra de lo acontecido en el Auditori, Fauré siempre quiso que su composición tuviera una función litúrgica. Perdido por tanto el sentido sacro de la ocasión y con la orquesta fuera del foso, el detalle despreocupadamente festivo, sofisticado, vino a ser un complemento sintomático: la evidencia de que los "Caminos hacia la luz" -título con que se presentaba el concierto- habían de discurrir un tanto erráticos.
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