Esquilarse (el abrigo) en público

Jacobo Zabalo 12-02-2012

Ataraxia, de La Intrusa Danza

Mercat de les Flors, 3 de noviembre del 2011

-Tercera de las Piezas en fuga programadas por Virginia García y la compañía La Intrusa Danza en el Mercat de les Flors, esta Ataraxia invita al espectador a tomar parte en un itinerario que discurre por los derroteros de la enajenación y la irracionalidad, del apasionamiento más sensual, estridente o neurotizado. El periplo se concluye con un speech de la bailarina (no sería el primero, a lo largo de la función) en que se nos recuerda reposadamente que, al final, "nada era para tanto". Un sonsonete cansino y sin embargo efectista, que insinúa que no hay más verdad en ese estado de paz e imperturbabilidad que a lo largo de todas las formas de sometimiento (sometimiento por uno mismo o por otro) representadas en escena.

Esta ataraxia utópica y voluntariamente contradictoria, esta imposible ausencia de sufrimiento, tematizada desde una perspectiva poco o nada filosófica, requiere con todo de la palabra. Y eso que la propuesta de la artista es tan clara como claro es su rechazo a un discurso monolítico. Se reproduce, en este sentido, una de las tensiones más interesantes y problemáticas de la posmodernidad: por casposo que suene el diagnóstico hegeliano acerca de la muerte del arte, y la primacía absoluta del concepto sobre la parte material de la obra, no hay duda de que el énfasis de producciones como la presente se pone en la comunicación de una idea. La hiperestesia que se aprecia en muchos de los episodios de esta performance con baile revela una urgencia por comunicar aquello que precisamente resulta incomunicable. Algo típico de una época como la presente, en que ante todo se quiere comunicar, y de cualquier modo. La sobreabundancia de formas sin contenido es una evidencia también en el mundo del arte. El concepto predomina, quiere dirigir y dar un sentido a la acción -por paradójico que parezca- de un modo tanto más intenso cuanto insignificante  es la materia. Sigue vigente, como un imperativo artístico, el decimonónico épater le bourgeois: frases grandilocuentes, de profundidad y lirismo dudosos, intercaladas con gestos o imágenes que buscan el impacto, el efecto más punzante en el espectador.

El espectáculo Ataraxia abunda en esa praxis ya conservadora, típica de un arte que vive de las rentas de un romanticismo trasnochado. Los muchos intentos por comunicar lo incomunicable de una intimidad herida, atada a frustraciones o mecanismos irracionales que la someten, no siempre surten efecto. Pero al menos -y no es poca cosa- logran resaltar lo problemático de la comunicación de una idea imposible de comunicar, con y sin palabras, buscando el impacto emocional. Parece imposible determinar el éxito o fracaso de la propuesta de Virginia García, pero algunos de aquellos episodios hablan por sí solos: el comienzo con un estruendo sonoro nada ataráxico, y su continuación en una vida vivida dentro de una burbuja de plástico con paredes transparentes (un poco a lo 2001, con reminiscencias Rosebud, pues pronto se convierte el hábitat en bola de cristal llena de nieve que la protagonista hace gravitar con lo que se asemeja a una electrodoméstico casero). En la intersección de lo apacible, lo inquietante y lo manifiestamente kitsch se muestra la evolución de esta forma de vida, apurando la estética de videoclip en la era del videoarte, en lo que viene a ser una apuesta radical-pop que navega entre lo absolutamente novedoso y lo absolutamente consabido.

La compañía La Intrusa Danza es bien consciente de todos los recursos de que se dispone hoy en día, si bien el abigarramiento y las ganas de explorarlos es tal, que su explotación se antoja por momentos excesiva. No hay duda de que los excesos escénicos permiten captar la atención del respetable e involucrarlo de pleno en la cuestión, desmontando moralina o justificando los prejuicios que pudiera traer de casa. Por poner un ejemplo, pienso en el momento en que Virginia García, vestida con un abrigo corto de piel (tipo torera) se lo esquila en directo con un aparato eléctrico instalado para tal labor, y tras desenfundarse lo que queda del mismo se restriega con ello muy afanosamente, en el suelo del escenario. Es toda una estampa, no sé si poco o muy edificante, pero en cualquier caso busca y logra rescatar el valor de la performance y su aspiración de atizar las conciencias más aborregadas.

-Todo ello no evita que la búsqueda del impacto a toda costa, si establecida como premisa, siga siendo menos efectiva que el baile en sí, que afortunadamente también tuvo lugar. Las contorsiones, los quiebros sensuales o siniestros de Virginia García, en solo o haciendo pareja con un Damián Muñoz (quien brilló asimismo en sus intervenciones), despiertan en el espectador una verdad estética mucho más profunda que el discurso de aquellas palabras que -como es sabido- no llegan a comunicar lo incomunicable de todo discurso. Al final funciona el baile, sin micro ni speeches, sobre una banda sonora que no se especifica en el folleto informativo pero que recuerda a las eternas y sensacionales orquestaciones del conjunto Godspeed You Black Emperor!, en que la calma y la tormenta entretejen los hilos de una trama cuyo final parece no llegar nunca. Con razón la ataraxia se plantea como la meta imposible del sujeto, precisamente sujeto a su necesidad de querer sentir sin dolor, querer expandirse y gozar sin riesgo a sufrir las consecuencias.

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