Fiesta deslucida

Jacobo Zabalo 14-04-2009

I Solisti Veneti

Palau de la Música, 14 de abril del 2009

Obras de Albinoni, Bach, Vivaldi, Bottesini y Rossini
A. Volodin, piano;
C. Trepat, guitarra;
C.Scimone, director

Una fiesta deslucida desde el inicio, y no sólo por el cambio de programa, advertido con cierta antelación: el Concierto para piano en re menor, BWV 1052, de J.S.Bach sustituyó al Concierto en mi bemol mayor, KV 482, de Mozart; la composición para guitarra de Boccherini fue reemplazada por un concierto de Vivaldi; mientras que la pieza de Tartini tampoco se ejecutó, dejando paso, en cambio, a otras de Albinoni, Bottesini y Rossini. En suma: no se conservó ni una de las obras originalmente ofertadas, algo que –justo es decirlo- no pareció molestar demasiado al público. La situación no hubiera merecido siquiera mención si no fuera por la apatía que desprendieron de comienzo a fin los intérpretes, y eso a pesar de las sonrisas que regaló por doquier el director del conjunto, venerable como pocos, Claudio Scimone. Ausente también él en el curso de la ejecución, no dudó en reiterar lo festivo del acto, a medida que, acabado ya el reformado programa, anunciaba los sucesivos bises. Una idea fija, la de la fiesta, que no pudo concretarse en prácticamente ningún momento.

Una fiesta deslucida desde el inicio -decíamos- también por cómo comenzó el concierto: sin la mínima chispa ni frescura, y sí en cambio con una notable descoordinación entre los pocos miembros de I Solisti Veneti que se personaron. La sustitución de obras clásicas por barrocas justifica sobradamente la reducción del plantel orquestal, pero lo que no es tolerable, tratándose de ese número de efectivos (no más de diez) es que cada uno de ellos no asuma su papel solista, y se conforme con interpretar apáticamente la partitura. La pieza que inauguró la velada, el Concierto en sol menor op.5/11 de Albinoni, no sólo adoleció de los mencionados defectos sino que, como resultado de todo ello, en modo alguno transportó al oyente a las tierras venecianas. La carta de presentación del conjunto fue un chasco, tanto más para quienes tuvieran in mente la vibrante intervención de Giovanni Antonini con su conjunto Il Giardino Armónico hace apenas un año. Las comparaciones son odiosas, pero el oído –ya se sabe- tiene sus caprichos.

Sin duda que lo mejor de la noche lo puso el joven pianista Alexei Volodin, que entendió como ninguno su papel protagonista. Sobresalió por encima de todos los músicos presentes por su fogosidad y garra, por el modo como atacó la partitura y dejó atrás todo atisbo de apoltronamiento. Realmente, más que un concierto para piano se asemejó a una pieza para piano con acompañamiento de cuerdas. Y esa fue la mejor noticia, por cierto. Volodin buscó la polifonía encarnizadamente, priorizando incluso las sonoridades menos consonantes con una mano izquierda poderosa, de modo a ocupar la totalidad del espacio sonoro. Pudo entenderse perfectamente la propuesta de un compositor, J.S. Bach, muy familiarizado con el órgano; una propuesta (en esta obra compuesta para clave) acometida con un instrumento que no permitió a Volodin extraer mucha más objetividad de su interpretación. Evitando siempre la complacencia o la resignación ante las lógicas limitaciones del instrumento, se entregó por el contrario a esa causa: la búsqueda de una sonoridad fundamentalmente bachiana pero no por ello menos subjetiva, ni llena de sentimiento. El bis que brindó, un Impromptu de Schubert, incidió ya abiertamente en la gama de matices anímicos comunicables mediante el pianoforte.

Tras la pausa, Carles Trepat protagonizó uno de los conciertos para guitarra más hermosos de Vivaldi. En el escenario se ubicaron unos altavoces como para amplificar el débil sonido que emitía su instrumento. Aún así, poco se oyó. Los solistas venecianos se mantuvieron en una falta de compromiso alarmante, especialmente al tratarse de una obra compuesta por un natural de Venecia. El embriagador largo pudo haber conmovido,… de no haber estado enmarcado por dos allegri aletargados. La propina solista de Trepat descubrió la obra de un autor muy poco conocido, el Padre Basilio, que vivió a caballo en el siglo XVIII y el XIX, siendo coetáneo de compositores más conocidos en la actualidad, como Fernando Sor. La sonata, de factura clásica, fue sólo una de las sorpresas (y una de las más agradables, en realidad) que depararía la velada.

Sorprendió, asimismo, la posterior ejecución por parte de I Solisti Veneti de una obra poco o nada programada: el Gran duo concertante para violín y contrabajo, de Giovanni Bottesini. Contemporáneo de Verdi (es conocido por haber dirigido e incluso estrenado algunas de sus óperas) y virtuoso del instrumento de cuerda más grave, le dedicó varias composiciones, entre las cuales la mencionada. A propósito de la interpretación, propiamente dicha, nada nuevo que decir: el violinista y concertino del conjunto, uno de los capitanes de la apatía, se consolidó. Ni siquiera el diálogo por momentos burlesco entre ambos instrumentos, violín y contrabajo, levantó el ánimo. Con lo que la pieza sonó sin pena ni gloria, apocada asimismo gracias al discreto y en ocasiones desafinado acompañamiento de los restantes instrumentos.

La última de las obras programadas, la Introducción, tema y variaciones sobre ‘Mosè in Egitto’ y ‘La donna del lago’, de Rossini, contó con la intervención de un nuevo solista, un clarinetista hábil y comunicativo, cuyo nombre no constó en el libreto informativo. Dejando de lado el concierto de Bach, cuyo brillo fue responsable exclusivo Alexei Volodin, es probable que fuera ésta, la composición de Rossini, la mejor interpretada por el conjunto. Contribuyó inestimablemente, una vez más, el hecho de contar con un gran solista. La enorme variabilidad de registro de este instrumento permitió a Rossini explotar toda suerte de estados de ánimo en el curso de la pieza, hallando también su momento para el esparcimiento y el humor. Claudio Scimone y el solista se permitieron, en estas, intercambiar miradas picaronas y cómplices, muy teatralmente, para regocijo de los asistentes. Tras el éxito músical y dramatúrgico aún se ejecutaron dos bises.

Con los Simpatici ricordi della Traviata para oboe y cuerdas, obra de Antonino Pascucci (1842-1924), se quiso poner la guinda, ofrecer el brindis final. Pero nada más lejos: la solista se mostró excesivamente insegura y no pudo con el virtuosismo de la partitura. La fiesta no podía acabar así, y casi que acabó peor; pues no menos atropellada resultaría la intervención final, las Variazioni su Il carnevale di Venezia para violín solista, de Nicolò Paganini. Tampoco aquí asombró el virtuosismo, más ininteligible que genial. La fiesta se confirmó aguada.

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