Fuera de lo común

Jacobo Zabalo 10-08-2011

Aldo Ciccolini, piano; Andrey Boreyko, dir.

Orquesta Sinfónica de Viena

Auditori, 31 de mayo de 2011

-Quizá no fuera Aldo Ciccolini, pianista nacido en Nápoles en 1925 (NB: a punto de cumplir los 86 años), el intérprete de referencia en su momento de máximo reconocimiento, pero este hecho no puede en modo alguno ser aducido como demérito, al haber coincidido en tiempo con una serie intratable de virtuosos (Richter, Gilels, Horowitz, Haskil, Rubinstein...). Además de dar conciertos en las principales salas, Ciccolini realizó en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo un gran número de grabaciones bajo las mejores batutas o solo, en recital, encarando algunas de las partituras más intrincadas o evocadoras. De entre sus grabaciones antiguas han trascendido versiones de Satie por lo contemplativo y cristalino de la digitación, así como algunas piezas de Liszt, animadas por una peculiar agitación interna. Como curiosidad discófila, recomendar una recopilación de temas exquisitos en formato LP, titulada A quoi rêvent les jeunes filles (con piezas de Couperin, Mozart, Schubert, Debussy, Ravel y Falla, entre otros). Por último, también recientemente, en la primera década del siglo XXI algunas de sus grabaciones (concretamente, aquellas dedicadas a Chopin y Grieg) han recibido los galardones más importantes.

Pero dejando de lado cuestiones epocales y méritos varios -a propósito ya, por tanto, de la actualidad más apremiante y reseñable- de lo que no hay duda es que fue una enorme suerte poder contar con la presencia de Aldo Ciccolini en el Auditori de Barcelona. Un privilegio único, reservado con buen criterio (o mera, feliz casualidad) para la sesión de clausura de la temporada Ibercamera, en que Ciccolini ofreció una versión sumamente fresca y emotiva del Concierto para piano nº23 de Wolfgang A. Mozart. Se trata esta de una composición sencilla y serena (muy distinta al enjundioso concierto para piano que la precede) pero, aún así, con momentos de gran brillantez. Un concierto que cuenta con un movimiento de incomparable delicadeza, el andante, que en la lectura de Ciccolini sonó diáfano, como depurado de todo exceso y así máximamente comunicativo. La Sinfónica de Viena, dirigida por Andrey Boreyko (sustituto de última hora de Fabio Luisi) mostró una disposición excelente en el acompañamiento del solista, con una reverencia nada afectada y sí, más bien, fiel al aspecto minimalista de la partitura.

Sólo por escuchar la interpretación de esta pieza valió ya la pena asistir a un concierto que se había iniciado con una versión discreta, algo insulsa, de la Sinfonía nº8, "Inacabada", de Franz Schubert. A pesar del despliegue de la Sinfónica de Viena, se apreció un celo excesivo en algunos pasajes mientras que en otros reinaba un cierto descontrol, un arrebato no siempre preciso en la búsqueda de la intensidad, del claroscuro que emana de esta partitura interrumpida. La belleza inmensa de sus melodías alterna con pasajes sombríos (así por ejemplo en el primer movimiento, con ese lamento de oboe y clarinete que invoca y arrastra a la cuerda, impresionante toda la velada, para modularse en un tema gentil, sin duda mucho menos trágico). Esa alternancia, en esencia repetitiva, difícilmente fructifica cuando la orquesta no se prodiga con la misma, exacta eficacia en unos y otros pasajes. Sea con vehemencia o infinita sutilidad, el gusto por el matiz, el perfeccionismo kleiberiano debe ser el horizonte de sentido utópico al cual dirigirse (por mucho que, como todo ideal, no se alcance). De lo contrario, la interpretación tiende a resultar poco edificante, casi monótona a pesar del pathos que se obstina en comunicar con alarmante intermitencia.

Completamente distinto el resultado, mucho más homogéneo y atrevido (de una coherencia por momentos casi salvaje), el obtenido con la versión de la Sinfonía nº3 en mi bemol mayor, op.55, "Heroica" de Beethoven. Si esta misma temporada ya nos sorprendió -por motivos no tan disímiles, de hecho- la versión de Ros-Marbà al frente de la OBC, cabe decir que aquí la Sinfónica de Viena, tras el concierto mozartiano y la pausa de rigor, demostró una cota de excelencia raramente alcanzada en esta sala. El discreto manierismo del director (muy evidente, aunque sin alcanzar el de su paisano Valery Gergiev, exagerado en sus maneras y algo sobrevalorado en lo musical) propició una interpretación contundente y dinámica, que se sacudió cualquier prejuicio. Incontestable, violenta y equilibrada, logró trasladar al oyente desde el primer movimiento aquella ebullición postrevolucionaria que Beethoven hubo de sentir al componer la obra, a priori dedicada a Napoleón Bonaparte. Una declaración de principios espiritual y feroz, de inteligencia bachiana pero con la furia y las ansias de realización estética típicamente postilustradas, ajenas al equilibrio clásico o a la celebración barroca (los embates del primer movimiento son memorables, parecen llamar a la acción, se le llevan a uno lo quiera o no; la marcha fúnebre recorre todos los meandros del dolor, pasa revista al silencio, se aboca al abismo del sinsentido; el scherzo es un alarde de transición, un desplazamiento constante, vertiginoso, que prepara el final; así, mediante un contrapunto salvaje, extrañamente inspirado, se entretejen las variaciones armónicas del último movimiento, el allegro molto que culmina esta obra colosal).

Sensacional de comienzo a fin, la intensidad de la interpretación de Andrey Boreyko al mando de la Sinfónica de Viena se mantuvo en cada uno de los movimientos, confiriendo a la obra el carácter orgánico que la encumbra entre las mejores sinfonías de la historia de la música. Incluso si Beethoven no hubiera compuesto la Novena (ni siquiera la Quinta o la Séptima, en realidad) seguiría siendo el sinfonista de referencia para todas las generaciones posteriores gracias a esta composición enorme. En la versión dirigida por Boreyko resulta arduo destacar por encima del resto a un solista o incluso a una sección de la Sinfónica de Viena: todos los músicos tocaron a un nivel excelente, ejerciendo una complicidad fuera de lo común. Un entendimiento que dio forma a un sonido pleno, sin fisuras y totalmente afirmativo, aquel que en efecto se espera de las mejores orquestas.

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