Jacobo Zabalo 10-05-2011
OBC; Mladlen Tcholitch, piano; Antoni Ros-Marbà, dir.
L'Auditori, 26 de marzo de 2011
Sin escatimar nada a los oyentes que pudieran sentirse buenamente necesitados de Beethoven, compositor poco programado en comparación con otras temporadas (quizá por causa de las efemérides de Schumann y Mahler), el Maestro Ros-Marbà brindó una lectura osada y perfectamente coherente de la tercera sinfonía, sinfonía conocida como 'Heroica' por su manifiesto furor postrevolucionario, que en principio fuera dedicada a Napoleón (decepcionado por su coronación como emperador, Beethoven eliminaría de la partitura la dedicatoria). ¿Qué decir de la prestación musical ofrecida por la orquesta residente del Auditori? Poco que añadir a lo afirmado en ocasiones anteriores. A estas alturas la OBC es ya una orquesta madura, y a pesar de las no siempre comprensibles rotaciones en algunas posiciones (timbales, oboe o, por supuesto, concertino) el nivel alcanzado permite afrontar composiciones que no por conocidas dejan de poseer una gran dificultad.
Uno se pregunta en ocasiones si hay vida más allá de las interpretaciones de corte historicista, por exactas, atractivas y hasta disfrutables que puedan resultar. La respuesta es afirmativa. Evidentemente es de loar la tarea de quienes se han preocupado y siguen ocupándose en decantar algo así como el sonido auténtico, pero como se sabe a raíz de las diferentes tradiciones hermenéuticas surgidas en el pasado siglo, nada hay más autentico que la autentificación que genera el propio intérprete, creando una coherencia nueva y no obstante respetuosa con la obra de arte original (que, de hecho, es la que la propicia).
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Las interpretaciones nunca son gratuitas, poseen una lógica interna en buena medida deudora del contexto en que se fragua la obra en cuestión. En el caso de Beethoven, prácticamente finiquitado el Clasicismo, lo que se busca no es ya el equilibrio formal, al menos no como una virtud en sí misma (ni siquiera la precisión o la claridad que asegure complacientemente el buen gusto establecido). Furtwängler lo intuyó mejor que nadie, al privilegiar la rotundidad interpretativa, la afirmación de un poder que se manifiesta como a punto de desbocarse a cada instante... siendo no obstante sujeto a un extraño control, el que estructura la propia composición musical y que el director condensa y canaliza. Este control de lo inefable, de lo completamente trascendente, se aproxima a la idea de lo sublime. Especialmente relevante, tras la exposición de Edmund Burke, se antoja la explicación ofrecida por Immanuel Kant en su Crítica del juicio, obra aparecida en torno a una década antes que la 'Heroica' de Beethoven. En una de sus formulaciones, Kant ejemplifica esta idea a través de la contemplación de la naturaleza, que en su manifestación absolutamente poderosa, amenazadora, parece trascendernos. Teniendo lugar esta experiencia desde una distancia, desde una seguridad que hace que la contemplación pueda ser desinteresada, la razón, por su capacidad absoluta, se crece frente a ella, poniendo orden al desbordamiento estético con suma satisfacción.
El arte es el ámbito donde se representa una experiencia semejante, donde incluso la perspectiva de algo tan siniestro como un cadáver, o la marcha fúnebre que celebra su muerte, cobra sentido desde la distancia de saberse no directamente implicado (y sí, en cambio, sintiendo el placer de hacer como si todo aquello fuera real). Se dice que Paolo Uccello, uno de los iniciadores de la pintura moderna, no cansó de maravillarse ante la posibilidad de que los cuerpos fueran representados sobre el lienzo con un escorzo semejante al de la visión natural. Por supuesto hemos de avanzar todavía unos siglos para que estos balbuceos estéticos cobren un peso ontológico, y el arte el estatuto de religión. La música de Beethoven, de forma tanto más evidente la sinfónica, testimonia una dialéctica semejante: la lucha de un individuo frente a su propio destino, que en realidad equivale a la necesidad de determinarse, de completar libremente su propia naturaleza. Una libertad heroica, de tremenda responsabilidad en la era moderna, que halla en la experiencia artística un campo para el esparcimiento y ensayo las posibilidades todas, inclusive las más inquietantes.
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Pero volviendo a la sala grande del Auditori, decir que la interpretación de la tercera sinfonía de Beethoven, magistralmente dirigida por Ros-Marbà en la segunda parte del concierto, completó una velada que se había iniciado con el interludio de la suite sinfónica de La filla del marxant de Eduard Toldrà. Una pieza agradable, bien confeccionada, típicamente escogida en la ocasión para realizar la doble función de aclimatar los oídos del oyente y, sobre todo, reivindicar algunas de las obras menos conocidas del repertorio de nuestros compositores. Se entiende la elección, pero queda tan en un segundo, o -mejor dicho- tercer plano, que uno se pregunta si el efecto no es contraproducente. Tras el interludio a modo de obertura se interpretó uno de las composiciones concertantes para piano más vistosas, el Concierto para piano y orquesta nº3, op.26, de Sergei Prokofiev. El joven solista, Mladlen Tcholitch, realizó una intervención meritoria, demostrando solvencia y un afinado sentido del tempo. El acompañamiento de la orquesta fue más que notable, y Ros-Marbà logró arropar al pianista de modo a brindar una interpretación bien trabada y sin fisuras.
Con la satisfacción de evidenciar la continuidad del nivel de la orquesta, se desbordarían muy gratamente las expectativas ya en la segunda parte. La 'Heroica' de Beethoven supuso uno de los momentos más satisfactorios de la presente temporada por su contundencia, por el control y la pasión que el maestro exigió a los músicos. La premeditada distensión de los tempi, en especial en los movimientos segundo y tercero, puso de relevancia el fantástico entendimiento entre secciones. Es más, las ligeras y muy puntuales imprecisiones que pudieron producirse no hicieron sino evidenciar de forma tanto más sintomática aquel arrojo de autenticidad, absolutamente encomiable.
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