Gratificante irrealidad

Jacobo Zabalo 22-11-2010

Christoper Maltmann, barítono; Violeta Urmana, mezzosoprano

OBC; Pablo González, dir.

L'Auditori, 7 de noviembre de 2010

-Podría pensarse que las mañanas de domingo no son el momento idóneo para vivir emociones de calibre frente a una orquesta. Si el evento coincide con la visita de Benedicto XVI la cuestión se antoja tanto más enigmática. Con la ciudad patas arriba, con un clima espiritual casi revolucionado en el mismo barrio, a dos pasos del Auditori, ¿qué esperar? Difícil de explicar o todo lo contrario -cada cual confíe en su pálpito- lo cierto es que la primera de las tres sesiones que la OBC dedicará a las canciones de Mahler resultó (en la interpretación del domingo 7 de noviembre) de una sobrecogedora emotividad. Fue clamoroso, inusitadamente cortés el silencio de los presentes; silencio que habilitó una lectura majestuosa, detallista y empática para con el pensamiento mahleriano por parte del director titular, Pablo González. Las comparaciones de los semblantes de director y compositor se vienen prodigando de un tiempo a esta parte, por lo que más de uno se preguntó en el entreacto si la pieza de Stravinsky también la dirigiría el propio Igor.

En el fondo, esas ocurrencias no fueron sino una forma de rebajar la tensión: pocas son las veces en que las canciones de Mahler, cargadas de sentido, se interpretan con tanta delicadeza y contundencia. Un sentido terrible, que evidencia la extrema sensibilidad del compositor y el sufrimiento que hubo de experimentar en vida. El ciclo de canciones de aquel "compañero errante" (Lieder eines fahrenden Gesellen), ciclo compuesto en paralelo a su primera sinfonía, narra con una mezcla de sensualidad y desgarramiento el desencanto del enamorado no correspondido. Christopher Maltman cantó con excepcional prestancia las cuatro piezas, haciendo gala de un genuino registro de barítono, algo no demasiado frecuente. Su declamación fue poderosa y rotunda si bien al mismo tiempo ágil, matizada. La orquesta no le fue a la zaga, rindió a gran nivel. Con la subsiguiente programación de los Rückert-Lieder la mezzo Violeta Urmana tenía la difícil tarea de mantener la cota de emoción, y lo logró con creces. Su intervención fue de menos a más, acabando con una sublime interpretación de la que probablemente sea -en efecto- la más sublime de las canciones compuestas por Gustav Mahler: Ich bin der Welt abhanden gekommen. Se dice que Janet Baker no pudo acabar de cantarla en la celebración fúnebre de quien en su día la había dirigido, John Barbirolli. Y lo cierto es que se trata de una canción hermosa y absolutamente triste, que le deja a uno el alma partida por la mitad.

Afortunadamente en la segunda parte la OBC multiplicó sus efectivos para aligerar los ánimos e interpretar a gran escala Petruchka, en la partitura que Stravinsky fijó 36 años después de su estreno original, en 1911. La versión de 1947 conserva el gusto por la peripecia rítmica y tímbrica, siempre con el fin de trasladar al oyente la agridulce historia de la marioneta que da título a la composición. Pablo González proporcionó una lectura grandilocuente, un verdadero espectáculo de comunicabilidad. El doloroso recogimiento de la primera parte se tornó en pura exterioridad, un festival de sonido embriagador y elocuente. Con todo, fue una mañana extraña, completa a base de contrastes: en apenas hora y media se había podido escuchar una abrumadora cantidad de música, interpretada de forma sobresaliente. Gratificante, indeciblemente gratificante la sensación de irrealidad al salir a la calle, no siendo ni la una de la tarde y con los resquicios de la visita papal aún a la vista.

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