Jacobo Zabalo 20-01-2012
OBC; Angela Denoke, soprano; Hartmut Haenchen, dir.
L'Auditori, 14 de enero de 2012
O eso creímos todos, en un momento mágico, de inexplicable plenitud y expansión. La escena final de la Salomé de Richard Strauss, una vez brindada una fantástica interpretación de la danza de los siete velos (otro momento estelar de la misma ópera) propició una situación realmente excepcional, pocas veces acontecidas en el Auditori. De esas que cuesta vivir, y que le dejan a uno sin palabras. Angela Denoke interiorizó el drama de la mujer enamorada del Bautista por capricho (o no, quizá de forma profunda: la ambigüedad es sensacional), y evidenció con un patetismo sobrecogedor las consecuencias de su furia, una vez despechada. Hay un lamento, lamento verdaderamente fúnebre, fatídico, que se repite a lo largo y ancho de un monólogo sumamente inspirado: "no me quisiste mirar" (lo formula de maneras distintas y en repetidas ocasiones en el caso de la última modalidad, cuando afirma que de haberla mirado sin duda la hubiera querido: "Warum siehst du mich nicht an?"; "Warum has du mich nicht angesehen?"; "Warum sahst du mich nicht an?"; "Hättest du mich gesehn, du hättest mich geliebt!").
El rechazo a establecer contacto visual en el momento de la danza, la negativa a participar de la sensualidad de esta mujer rebosante de eros, le costó al primo de Jesucristo la vida, según las escrituras. El drama de Oscar Wilde, materia en que se basa el libreto empleado por Strauss, es un ejercicio magistral de recreación de aquella gestión libidinal ya desde premisas modernas; una cuestión especialmente acuciante a finales del XIX y en las primeras décadas del XX, que plasma la irresoluta dialéctica entre violencia y sensualidad tensando la cuerda de las dos pulsiones primordiales, eros y thanatos, cuyas implicaciones desentrañaría Freud en torno a la fecha de representación de la ópera, en 1905. Las heroínas de Strauss tienden en efecto a representar la complejidad del eros femenino y las consecuencias (a veces devastadoras) de su puesta en escena. Angela Denoke demostró una sensibilidad anodina en la comprensión de aquella mujer apasionada, que aboca a su mismo objeto de adoración a una muerte tremenda. Es justo reconocer el enorme trabajo realizado por la orquesta, dirigida en esta ocasión por Hartmut Haenchen. Si en la primera parte, con la interpretación de una de las sinfonías fundamentales de Mozart, la orquesta se había mostrado un tanto despistada y poco voluntariosa (de modo especial la excesivamente numerosa sección de cuerdas), nada de todo esto aconteció, siguiendo la mejor costumbre local, en la segunda.
Strauss, compositor protagonista de la velada en los libretos y anuncios del concierto, resultó majestuoso, sumamente impresionante en cada una de las piezas vocales programadas, que Angela Denoke afrontó con una solvencia encomiable. Otro cantar -como se ha dicho- fue la Sinfonía nº39 en mi bemol mayor, K543, de W. A. Mozart. Nada realmente reseñable ocurrió, y eso fue lo malo: una parte completamente innecesaria, relegando sine die la posibilidad de afrontar en toda su complejidad una partitura enormemente rica en lo melódico, trepidante por sus tempi cambiantes. Pero ya nadie se acuerda de lo que pudo ser y no fue: la espectacular presencia de Angela Denoke como Salomé eclipsaría las peores (o más discretas) sensaciones dando motivos para creer en las posibilidades de una orquesta, la OBC, que últimamente parecía un tanto rezagada con relación a las expectativas. No sin cierta ansia, confiados en las capacidades de este conjunto, esperamos las versiones de las sinfonías de Beethoven y Brahms que Pablo González dirigirá próximamente.
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