Jacobo Zabalo 26-01-2012
Beethoven versus Brahms 1
OBC; Pablo González, dir.
L'Auditori, 21 de enero de 2012
Contra todo pronóstico no hubo combate: no se dio la posibilidad de medir pugilísticamente las primeras creaciones sinfónicas de Beethoven y Brahms, como sugería la promoción del concierto y tal como se reflejaba en el libreto informativo. Ya era sospechosa la comparativa, teniendo en cuenta las circunstancias que rodearon la composición de una y otra obra: Beethoven no sólo era notablemente más joven que Brahms cuando creó su primera sinfonía sino que vivió, al menos en sus primeros años como compositor, en un paradigma artístico muy distinto al experimentado por su compatriota, bien avanzado el siglo XIX (la primera sinfonía brahmsiana data de 1876). El único factor verdaderamente motivante del enfrentamiento, más allá de la numeración de las sinfonías, como tal, cabe hallarlo en un hecho significativo, que explica la demora en la composición de Brahms; a saber, el tremendo complejo que habría arrastrado éste, ofuscado todavía por la sombra de Beethoven (quien no obstante había nacido dos generaciones antes).
Pero no sólo por tratarse de dos obras compuestas a edades y épocas diversas resulta ese enfrentamiento, remarcado por ese versus programático, en buena medida ilusorio... Si nos atenemos a lo presenciado en el Auditori, no hubo combate -decíamos al inicio mismo del presente texto- porque un púgil noqueó al otro a la primera de cambio. Así, parece obligado volver a ese topicazo que se confirma demasiado a menudo: las segundas partes (en este caso, la parte dedicada a Brahms) acostumbran a ser tanto más suculentas. En la primera, una OBC menos numerosa que la que había interpretado la semana anterior la antepenúltima sinfonía mozartiana, bajo la batuta de un director invitado (una elección que en su momento ya destacamos como extraña, o al menos no plenamente justificada a tenor de los resultados), se mostró poco incisiva en los ataques y escasamente intensa, y eso a pesar de la voluntariosa dirección de Pablo González. La primera sinfonía de Beethoven, una obra muy equilibrada, posee en efecto un regusto inequívocamente clásico, si bien al mismo tiempo ofrece un tratamiento de los materiales más complejo que en la mayoría de los compositores coetáneos (con una visión de conjunto y una profundidad que se confirmarán en la segunda y, sobre todo, de forma casi sobrenatural en la tercera sinfonía). Pablo González buscó potenciar una ligereza profunda y rica en matices, como siguiendo la estela de las últimas creaciones haydnianas, pero la orquesta, especialmente la sección de cuerdas (y más especialmente todavía los violines) no facilitaron el cometido. Si con casi el doble de efectivos el fin de semana anterior ya parecía que faltaba músculo, esta primera sinfonía de Beethoven sonó, más que liviana, desganada. Vía negativa el oyente avezado aprende, al menos, que para conferir aquella ligereza a las partituras hay que imprimir garra, realizar ataques precisos y con brío, cosa que no sucedió.
La segunda parte supuso la victoria póstuma de Brahms, victoria completamente irreal por lo explicado antes, que en cualquier caso resultó de lo más feliz para el oyente. La solemnidad apesadumbrada e ineluctable del primero movimiento, con la entrada del timbal sugiriendo una marcha tremendamente afirmativa (esa idea tan brahmsiana del destino, que el compositor tomó de Hölderlin), marcó la seriedad de la interpretación. Dejando de lado algún desliz puntual, la prestación de los metales (¡las trompas!) declamaron a los cuatro vientos una verdad tan contundente como hermosa. Pablo González demostró una capacidad enorme para conjuntar las secciones, y no sólo extraer lo mejor de cada casa. Una obra como esta, en que la distensión temporal y el diálogo se construyen con una lógica aplastante (lógica, en efecto, pero brutal en su fundamentación, de forma a evitar la más mínima posibilidad de fisura) puede en ocasiones propiciar caídas en la atención del respetable. Pero muy al contrario, el oyente pudo deleitarse con una versión sensacional, apasionada y racional, con especial atención a los tiempos. Algo que Pablo González acostumbra a cuidar de forma sobresaliente. Tras un majestuoso primer movimiento, el segundo mantuvo la intensidad abundando con mesura en la fibra sensible. El tercero supuso una amena transición hasta un movimiento, el cuarto y último, que es en sí mismo un mundo, una pequeña sinfonía dentro de la sinfonía que culmina. La evolución y tratamiento de los materiales es soberbia en su interior, desde el misterioso inicio en pizzicato hasta el progresivo surgimiento de aquella melodía que las cuerdas, a modo de himno profundamente emotivo, enarbolan, anunciada por los metales. Fue realmente fascinante la pujanza que demostraron los músicos en los momentos más comprometidos de este movimiento.
Así, pudo en efecto no darse el combate esperado, pero de lo no hay duda es que la OBC desplegó sus mejores atributos en la sinfonía de Brahms. Una ocasión para disfrutar, muy bien conducida por el maestro titular. Se espera un nuevo cara a cara en marzo, que enfrente en este caso las segundas composiciones sinfónicas de los mismos creadores. Obras, de nuevo, bien distintas, que no obstante prometen una mayor rivalidad.
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