Jacobo Zabalo 15-09-2010
Gran Teatre del Liceu, 4 de septiembre de 2010
La coreografía que Pina Bausch realizara hace ya más de tres décadas para la ópera de Christoph Willibald Gluck Ifigenia en Tauride se puso en escena en el Gran Teatre del Liceu apenas un año después de su muerte. Muchos dudan de que se trate de su mejor creación, pero lo cierto es que se adecúa perfectamente al tipo de espectáculo y programación del teatro barcelonés, cada vez más sensible a la danza contemporánea. Estrenada en 1974, lo primero que cabe preguntarse es si dicha coreografía mantiene hoy en día su vigencia. La pregunta se antoja casi inoportuna a tenor de los muchos seguidores que han surgido, inspirándose en su forma de combinar música y baile, de representar la acción dramática mediante la danza y sin apenas palabras.
La opción de Bausch es, o mejor dicho fue arriesgada y especialmente radical en este punto: quiso centrar la atención en la pura danza prescindiendo de los subtítulos que habitualmente permiten seguir la acción, de un modo especial a quienes no conocen la obra puesta en escena. En el Liceu se mantuvo este respetable criterio, y la representación gustó. Otra cosa es lo que efectivamente se entendió. Si ya es difícil para el sujeto moderno o posmoderno (o pos-posmoderno, como se quiera llamar) entrar en la mentalidad griega, para la cual nociones como la de destino son capitales, la obra de Eurípides en que se basó Gluck presupone un conocimiento notable de la saga, de las tragedias respectivas de personajes como Electra, Orestes o Agamenón. No es por desmerecer el nivel cultural de los asistentes, pero se intuye que el apoyo en forma de subtítulos hubiera sido más útil en esta ocasión que en muchas óperas de Verdi, Mozart o incluso Wagner.
Con todo, el problema no radica aquí. Pues si la intención original de Pina Bausch se hubiera concretado felizmente no estaríamos pasando revista a cuestiones paratextuales, ajenas al espectáculo en sí. Y es que la magia, el homenaje que se esperaba de la mano de su compañía, la compañía del Tanztheater Wuppertal, no surgió, o al menos no en el primer acto. Los bailarines comenzaron la narración de la tragedia con excesiva rigidez, encabezados por una Ifigenia un tanto hierática, quizá demasiado metida en el papel de sacerdotisa. La Bausch más angulosa no llegó al espectador ni cundió la emoción en la interpretación de Ruth Amarante, especialmente en estos primeros compases. Sólo al comienzo del segundo acto, con la aparición de Orestes y Pílades (el hermano de Ifigenia y su amigo) se produciría una primera y pregnante impresión. La historia de Eurípides, que Gluck recrea, escenifica la obligatoriedad de sacrificar a uno de los dos. Se escogerá finalmente -cosas del destino- al hermano de Ifigenia y ambos, en un momento de máximo dramatismo, habrán de reconocerse para elevar al cuadrado la tragedia, sin que no obstante llegue a producirse el desbordamiento de sangre.
La puesta en escena de esta Ifigenia en Tauride fue sobria y funcional, sin grandes recursos pero muy efectiva. La escena del sacrificio frustrado, con una escalera que se tiende sobre la bañera en que espera ser degollado el infeliz, es sin duda uno de los momentos más complejos y tensos. Se produce entonces un silencio difícil de soportar, hasta que la intervención de Artemisa (Diana en la versión de Gluck) resuelve favorablemente la situación.
Junto con los bailarines, que fueron de menos a más, merece la pena destacar la intervención de los solistas vocales, Elisabete Matos, Nikolai Andrei Schukoff, Christopher Maltmann, Gerd Grochowski y Cécile van de Sant, que declamaron sus arias desde palcos a lado y lado del escenario, dando voz a los personajes principales, bailarines en el escenario. Mención especial (con un papel destacadísimo) para el coro: el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana rindió a un nivel sobresaliente, cohesionando música y baile, promoviendo la tensión dramática en cada una de sus intervenciones. La orquesta invitada en la presente ocasión, la Orquestra Simfònica Julià Carbonell de les Terres de Lleida, dirigida por Jan Michael Horstmann, proporcionó una lectura más que correcta a la partitura de Gluck. Una lectura mesurada, que desde el equilibrio supo pronunciarse también en los momentos más oscuros y agitados de esta tragedia. Tragedia en que la danza, indispensable en los espectáculos de la antigüedad clásica, vehicula la idea del sacrificio, que Pina Bausch ya pusiera en escena en su gran Consagración de la primavera. Si bien no acabó de brillar esta idea en la función del Liceu, desde la distancia pudo aún intuirse poderosamente.
Fotografías de Antoni Bofill
Encara no hi ha comentaris. Fes el primer!
Carregant...