LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Santos Raygal 11-06-2009
Carmina Burana de Carl Orff
L'Auditori, 11 de junio de 2009
Todo empezó hace unos cuantos años, a mediados de los ochenta, con una película: EXCALIBUR. Sumándole la curiosidad que me entró cuando oí, a un cliente de mi negocio, hablar sobre algo de una representación participativa de Carmina Burana. Entonces fue cuando decidí desvirgarme en el arte de la opera, ya ves con 32 años.
En cuanto conté con las entradas me entró una sensación extrañísima, mezcla de nerviosismo, de excitación, de curiosidad por algo desconocido aunque popular y, en definitiva, el deseo siempre presente en mi vida de experimentar y aprender de cosas nuevas.
Mi pareja y yo llegamos a la puerta de L’Auditori, no nos imaginábamos para nada lo que nos esperaba allí dentro. En mi mente se podía oír el retumbar de los tambores de O fortuna. Había mucha gente, parecía que iban a tener mucho éxito.
Era tremendo pasear por los pasillos de L’Auditori, sentirse un poco extraño y fuera de lugar. La verdad es que compensábamos la media de edad del evento. Aunque algún compañero de nuestra edad se dejaba ver a la vez que intercambiábamos miradas de carácter cómplice. Diciéndonos…¡Uf! Menos mal que no soy el único.
Encontramos nuestras localidades y nos sentamos, no son muy cómodas, es igual. Estamos expectantes viendo como la gente se ubica en sus puestos. Señora esta localidad es mía…Uy, lo siento. Esta la sala repleta, no cabe nadie más…mentira faltan los músicos, los coros, el director...A medida que pasan los minutos empiezan a salir los coros. Me entra unas ganas tremendas de aplaudir, de decirles ¡ehh! Quiero que lo hagáis de coña que soy nuevo y quiero disfrutar, pero nadie aplaude, me sereno, me controlo y decido ser cauto y esperar a que alguien arranque por mí.
¡Apago el móvil!, se me había olvidado. ¡Ah! No pasa nada, megafonía se encarga de recordarlo.
De repente entra un violinista de aspecto alemán y empieza mi ansiado aplauso. Debe ser importante. Me dejo llevar y aplaudo a la vez que pienso que discriminación hacia todos los demás que han entrado antes. Debe ser el protocolo porque aparte todo se desarrolla con una férrea disciplina casi militar.
Tras esperar que la presentadora de algún medio audiovisual finalice su introducción al espectáculo entran triunfalmente los pesos pesados del lugar: la soprano, el tenor, el barítono y, cómo no, el director.
Todos a sus puestos y…La música empieza una orgía de notas derritiéndose con las voces de aquellas gentes que tenía delante de mí. Las cabezas de los violinistas golpeaban al aire con cada nota que emitían a la vez que el señor del gran tambor aporreaba con rabia in contenida. Cuanta fuerza desbocada. Cuanta pasión desangrada. El director en pleno ataque epiléptico emanaba energía desbordante en cada movimiento de su cuerpo, incluyendo su barita. Dios que sensación. De repente me doy cuenta de que el director ha enviado órdenes al público situado en los laterales. Entonces es cuando soy consciente del significado de participativo. Eran por lo menos más de cuatrocientas voces coordinadas maravillosamente. Empiezo a llorar, sin control, quien quiere control, empiezo a llorar a borbotones, mi novia se emociona al verme. Sigo llorando, todo mi cuerpo está agarrotado, no puedo describirlo, mis piernas libres del agarrotamiento no paran de rebotar del suelo al aire y viceversa…y la música sigue y sigue…
Acaba O fortuna y tengo la cara empapada de lágrimas y el alma embriagada de emoción, ha sido unos de los mejores momentos musicales de mi vida, una pasada.
A partir de aquí empieza lo desconocido ya no sé de qué va la cosa. Observo a mi vecino que está leyendo el libreto donde aparece la letra…Está en latín. En una alarde de pericia intento seguir la letra a la vez que intento leer la traducción en la columna de la derecha y de tomar las notas que madurarán en este escrito. Campaña ardua e inútil pues me doy cuenta de que no disfruto la música. Cierro el libreto y me dedico a deleitarme con la música.
La música es un ir y venir de subidas y bajadas de fuerza e intensidad, no hay tiempo para la relajación, no te dejan y en este el que no te dejen en paz es todo un placer. Se intercalan momentos muy fuertes, momentos culminantes mediante los instrumentos de percusión y voces enérgicas, casi rabiosas, que dejan paso a momentos suaves y aterciopelados acompañados por los instrumentos de cuerda y voces sosegadas y más tranquilas. En medio de todo este ir y venir de fuerzas los instrumentos de viento ejercen de nexo de unión entre los dos extremos.
Se va desarrollando la acción, intervienen el barítono, el tenor y la soprano. Encuentro un poco extraño que el tenor y la soprano intervengan tan poco pero (¡Madre de Dios!) cuando lo hacen es espectacular. El barítono se lo trabaja un poco más. Me hace mucha gracia, con todos los respetos, la manera que tienen de interpretar, cantando de esa manera y con el grado de concentración y como mueven todo el cuerpo para cantar a la perfección y aún tienen la capacidad de jugar con el público y el resto de sus compañeros.
Lamentablemente se va llegando al final. El director no ha parado de saltar ni de dirigir miradas ni gestos de absoluta satisfacción a todos, y digo todos, los colaboradores y compañeros.
O fortuna vuelve a sonar para cerrar la noche, vuelvo a llorar, porque me ha gustado, me ha emocionado y lo he disfrutado mucho, muchísimo.
El aplauso es atronador y largo. Invadido de una valentía inocente me da un espasmo muscular y me pongo de pie. No he hecho el ridículo porque no era el primero ni el ultimo, me siguió todo el palco. Aquella gente se lo merecía.
El director más que orgulloso del trabajo bien hecho decide deleitarnos con un bis de O fortuna…vuelvo a llorar…y de repente lo más gracioso de la noche. El director decide que no es necesario su intervención y deja a los músicos y cantantes que discurran por si solos. El director disfruta por unos instantes de su fruto como uno más del público y se le ve la cara una gran satisfacción y mucho orgullo. Un trabajo muy bien hecho.
Acaban y volvemos a aplaudir y mas y mas y mas y no se acaba. Los artistas se van, vuelven a entrar y así repetidas veces, hasta que el éxtasis del público llega a su fin y mis brazos están exhaustos y doloridos incubando unas agujetas que salieron el día después.
Fue una gran noche en que descubrí una gran maravilla, la opera participativa y como he dicho antes ha sido la primera vez pero no será la última. Gracias por dejarme disfrutar y descubrir cosas nuevas. Se despide un enamorado de la música.
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