Jacobo Zabalo 20-11-2011
Je pense comme une fille enlève sa robe, de Perrine Valli
Mercat de les Flors, 10 de noviembre de 2011
Una bailarina en escena, sobre una mesa rectangular, recorta con parsimonia una sucesión de hombrecillos de papel, monigotes que se despliegan en acordeón. Aún no ha comenzado la función. El público toma asiento mientras ella lleva a cabo una labor que parece interminable, como vigente desde siempre. El baile pasa a iniciarse con el movimiento anguloso y elegante de los brazos, que reconocen el perímetro de la superficie del mueble sobre el que se encuentra. Enseguida entra en escena, también de negro, la segunda bailarina. Se ubica debajo de la mesa. Al hilo tan sólo de una respiración en común, reproducen ambas sus movimientos con gran sincronía, especularmente.
En esta creación de Perrine Valli, primera de las bailarinas, hay también texto recitado, concretamente recitado por la segunda, Jennifer Bonn. Se narra casi sin aliento un encuentro furtivo, una persecución semideseada en el bosque, la oscuridad de un principio constitutivo y su transacción comercial. Je pense comme une fille enlève sa robe ("pienso cómo una chica se quita la ropa") potencia la reflexión en torno a la mercantilización del sexo. El programa de mano advierte, en la línea de lo sugerido por el título, el leitmotiv de la función, que no es otro que el de la prostitución. Perrine Valli tiene muy claro su propósito, pero acierta en no agobiar al espectador con lemas pseudoprofundos o gestos pseudovulgares; tampoco cae en la tentación opuesta, como sería sublimar artísticamente lo que no deja de ser un comercio con la parte más íntima del ser humano. La exposición de la intimidad es directa, pero los desnudos en escena no atizan el morbo ni buscan la distensión a través del mero desagrado. Con mucha elegancia se navega entre dos aguas, perfilando el lado perverso de la transacción sexual (el trato unidireccional del otro como una cosa[1]) sin por ello estigmatizar el deseo en sí mismo.
En escena no hay nada, en apariencia, nada más que la mesa y un plafón negro tras el cual se ocultarán las protagonistas. Una vestida, la otra desnuda, que camina tapada por detrás de la primera. Se apagan las luces y presenciamos el momento después del desvelamiento de la intimidad, un striptease a la inversa: Perrine Valli se (des)viste con lentitud, sin buscar la seducción pero perfectamente desnuda, deja de estarlo progresivamente. Cada vez es menos visible aquello que desde siempre se ocultaba. Es uno de los varios episodios que ilustran la dialéctica entre deseo y posesión, que manifiestan mediante el gesto y el baile la tensión sexual, y su forma abrupta de solventarla a través del comercio o las formas de consumo pop. Otra de las escenas, en este sentido, muestra una lluvia de estrellas proyectadas sobre un fondo oscuro, con un rap de machismo evidente; y ellas saltando absurdamente, con estrellas pegadas en los pezones, al son de ese ritmo machacón. Con un registro diferente pero abundando en el tratamiento cósico de lo sexual, a lo largo de la función las protagonistas despegan del suelo del escenario tiras negras, que descubren unos tramos intermitentes. Son los puntos que delimitan aquellos hombrecillos impersonales y livianos, recortados por la bailarina antes del inicio: los hombrecillos que son también proyectados en aquel fondo, y que muy alegremente poseen los cuerpos deseados. Al final de la función serán los cuerpos desnudos ellos mismos recorridos por tal intermitencia.
La marca en la piel de las bailarinas continúa la demarcación descubierta en el suelo del escenario y en la pared negra. Hay una continuidad subyacente y una intermitencia manifiesta en la gestión libidinal, que Perrine Valli intuye y logra comunicar en Je pense comme un fille enlève sa robe; aquel pensamiento acerca de un acto banal o excepcional, según el tipo de intencionalidad que vincula a la protagonista con otros. El montaje difícilmente podría ser más simple, y no obstante pone sobre la mesa algunas problemáticas fundamentales, seguramente irresolubles, acerca del trato que hombres y mujeres dan a sus cuerpos y a los ajenos. Al contrario de lo que pudiera parecer, la mostración de una cuestión tan delicada, la del comercio sexual, es la punta del iceberg (absolutamente sintomática, como tal) de cuanto sucede del otro lado.
[1] Bien distinto al planteado por Kant en la Metafísica de las costumbres, que se atreve a pensar en la legalidad de una posesión como aquélla sólo si es bidireccional, en el marco contractual del matrimonio.
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