LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 19-11-2008
Obras de Gerhard, Saint-Saëns y Brahms
Victor Pablo Pérez, director; Rafal Blechacz, piano
Auditori, 14 de noviembre de 2008

Ante la retahíla de superstars que en los últimos tiempos y con dispar fortuna viene promocionando la Deutsche Grammophon (así por ejemplo Anne-Sophie Mutter, discípula predilecta de Herr K, quien fuera piedra de toque, pilar fundamental de las aspiraciones doradas de la compañía) a uno le surge espontáneamente, aunque de forma poco o nada casual, un cierto escepticismo. Explorado (¿y expoliado?) el mercado oriental, los cazatalentos de la discográfica han puesto los ojos en un joven de apariencia frágil, tímido, que no regala sonrisas dentífricas por doquier. El caso es que no lo necesita. Rafal Blechacz, polaco de nacimiento, se transforma frente el teclado: ataca con vigor, sobrada técnica y sin apenas afectación la partitura romántica.
En manos de Rafal Blechacz, el Concierto para piano nº2, op.22, de Saint-Saëns cobró vida. Y ello a pesar de que la orquesta, tras la interpretación del homenaje de Gerhard a su maestro (Pedrelliana), se mantuvo agarrotada, sin llegar nunca a desplegar las alas bajo la batuta de Víctor Pablo Pérez. Aunque reputado como director, lo cierto es que no conectó con los músicos, que se limitaron a cumplir un tanto funcionarialmente con su parte. No fue una de esas noches en que la OBC se trasfigura en público. Sólo el joven pianista logró captar la atención del respetable, y de forma poderosa. Una doble lástima el que no se produjera la mentada metanoia, teniendo en cuenta por una parte el empuje del solista y por otra el calado de la obra programada en la segunda parte.
La Sinfonía nº2, op.73 de Johannes Brahms, uno de los hitos más apasionantes del sinfonismo, recibió una lectura desigual, por lo general aceptable, pero sin la prestancia o el brillo merecidos o cuanto menos soñados. Es de justicia reconocer –dicho esto- que a uno el inconsciente, como la memoria, puede jugarle malas pasadas: exactamente un año antes había aterrizado en la ciudad condal Sir John Eliot Gardiner con su Orquestre révolutonnaire et romantique para desvelarnos para siempre, con la mejor interpretación de la historia de aquella partitura. Tan exagerada como indemostrable, la afirmación comunica la verdad de lo irracional, la afección sub limine de lo musical a través de la hipérbole, la incomprensible existencia del prodigio cuando acontece de facto.
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