LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 01-10-2009
L'Auditori, 26 de septiembre de 2009
Orquesta de la OBC, dir. Christian Zacharias
El primer evento del Festival Mozart, encomendado como en tantas ocasiones al pianista y director Christian Zacharias, se celebró con la interpretación en versión concierto de una de las óperas-gozne de Mozart, El rapto en el serrallo, que inaugura junto con el Idomeneo la etapa de madurez, en la que se ubicarán sus otras, mucho más célebres y trabajadas obras escénicas, a saber, Las bodas de Figaro, Don Giovanni, Cosí fan tutte o La flauta mágica (descontamos a propósito la apresurada Clemenza di Tito, que Mozart compuso en los últimos meses de su vida para aligerar deudas).
Christian Zacharias es conocido fundamentalmente por sus interpretaciones al piano, con fantásticas grabaciones de las sonatas de Mozart (galardonadas con el Diapason d’or) y piezas de Schubert. Por su carrera como director, lo saben bien los barceloneses, habría de merecer no menos honores. Lo cierto es que mientras resuenan fundamentalmente algunos pocos nombres, que con dudoso gusto se invita a dirigir galas de año nuevo, otros trabajan al menos con la misma seriedad, y a veces mejores resultados. Quizá porque el mundo de la música se alimenta del mito, algunos grandes pero discretos músicos no acaban de gozar de un reconocimiento más sonoro. Valga lo dicho a propósito de Zacharias también para la más grande pianista que ha dado esta tierra, la malograda Alicia de Larrocha, premiada por doquier pero poco publicitada como ejemplo a seguir (a diferencia de lo que sucede en otros lugares, y no hay que ir muy lejos: miremos la importancia de una Maria Joao Pires). Volviendo al concierto del Auditori, a la interpretación del Rapto en el serrallo por Christian Zacharias, mencionar tan sólo algunos de los más afortunados topoi de su dirección; “lugares comunes” para quien ya lo conozca, que no deben dejar de ser, con todo, ensalzados. Adoptando los modos historicistas pero sin perder de vista el contexto (las dimensiones del auditorio y la formación del conjunto) Zacharias busca imprimir ritmos vivos, recuperar la sonoridad de antaño sin excesos ni manierismos supuestamente autenticistas.
La agilidad del conjunto, ya en la Obertura de El rapto en el serrallo, fue la pauta seguida a lo largo de la velada. Agilidad, picardía incluso en la atención al detalle, como también en el diálogo entre secciones. La fanfarria de apertura, con su frenético triángulo y los redobles de timbal, que pretenden y logran remontar al oyente a esa Turquía más imaginaria que real, rompieron el hielo de una despedida triste, la oficiada en público a Alicia de Larrocha (minuto de estricto silencio). Tras el emotivo adiós se dio paso al mencionado rapto de felicidad, como para honrar la profesión. El arte que han gloriado tantos creadores y artistas todavía nos llega, y no hay mejor forma de celebrarlo que promoviendo el disfrute estético, un goce pleno, no exento de memoria y agradecimiento por todos los que nos ha precedido y lo hacen posible. En escena la Orquesta Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya aceptó el envite y se entregó en cuerpo y alma, con soltura, dejando de lado ese cierto acartonamiento, ya pretérito. De la mano de Christian Zacharias se permitió el lujo de sentirse a gusto, y el resultado no pudo no ser más exitoso. Capítulo aparte, seguramente cuestionable, representa la opción, el formato escogido por los organizadores para la escenificación en versión concierto de El rapto en el serrallo.
Como se sabe, se trata de un Singspiel, una obra escénica cantada en la mayoría de sus partes, que no todas (otras tantas suelen ser declamadas, con variaciones en el libretto). En este caso la presencia de un narrador, encarnando la figura del Pachá Selim (sin papel cantado, en la ópera de Mozart), pareció más que acertada, pues se ahorraron así numerosos pasajes actuados, prescindibles en la ocasión por cuestiones espaciotemporales. Jordi Dauder, en el rol de Pachá, intervino de forma puntual y atinada para que la acción pudiera ser seguida por todos aquellos que no conocen la obra. Se dispuso asimismo de un gran panel sobre el escenario, superficie idónea para proyectar los subtítulos –debió pensar más de uno antes de que se iniciara la andadura; pero en lugar de ello circularon de forma no siempre justificada (¿meramente decorativa?) estampas de diversos creadores, como Juan Hernández Pijuan, August Macke o el gran Paul Klee. Colores vivos, para ubicar la acción en algún lugar lejano y exótico gobernado por otomanos,… pero ni rastro de guión. El problema no radicó solo, ni siquiera principalmente en la sugestividad de esas diapositivas (a criterio en última instancia de cada espectador) y sí, mucho más, en la ausencia de un referente textual para seguir la acción. En cualquier caso, es de justicia reconocer que se improvisaron unas fotocopias grapadas; pero, en efecto, se trato de una verdadera improvisación, pues con las luces apagadas fue imposible (una aventura peligrosa, incluso, para la vista) descifrar el contenido.
Comenzó la acción con un aria de Belmonte, personaje interpretado por el tenor Javier Tomé. Fue la suya una entrada notable. Demostró desde el inicio solvencia y un canto bello, con sólo algunas dudas en lo que a dicción se refiere, intermitentes a lo largo de la velada. Desgraciadamente, este defecto se apreciaría en la práctica totalidad de los cantantes, incómodos en un momento u otro con el idioma inherente al Singspiel. De hecho, sólo el bajo Iván García, en el nada sencillo papel de Osmín, saldría airoso. O mejor, triunfal. Fue todo un placer oírle y también verle gesticular, acompañando la atronadora declamación con una interpretación, un modo de estar en escena que introdujo al público en la trama. A mucha distancia del resto del elenco en términos de prestancia y brillantez, logró que su personaje, grotesco y bastante primitivo (manifiestamente caricaturesco, por supuesto) mostrara matices interesantes e hiciera las delicias del respetable. No es frecuente, y quizá por ello una ocasión privilegiada, el poder disfrutar con un protagonismo tan notorio. Mozart escribiría a lo largo de su carrera otras partituras maravillosas para el registro bajo, así por ejemplo en el caso del Commendatore del Don Giovanni, quizá el personaje más célebre y –por cierto- antítesis, en cuanto a seriedad y aplomo, del aquí representado.
Cabe decir que el libreto que narra los avatares de este Singspiel, basado en una obra de Gottlieb Stephanie, no es comparable a aquellos otros por venir, en mágica colaboración con Lorenzo da Ponte. De lo que se trata es de una aventura en tierras lejanas, una aventura con tintes exóticos, como tantas otras historias de la época, muy de moda en Viena: Konstanze, Blonde y Pedrillo, los protagonistas occidentales, caen presos del Pachá Selim, mientras que Belmonte, enamorado de la primera, hará lo posible para liberarlos. Osmín carga con el papel de guardián malévolo y simplón, con reacciones de incomparable zafiedad, incomparablemente musicada por Mozart (recuérdese ese burlesco “Ich hab auch Verstand”, también yo tengo entendimiento, que le hace repetir hasta la saciedad, como sonsonete ridículo o contradicción performativa, imposible de creer). El desenlace de esta comedia será feliz, más por la magnanimidad del Pachá Selim que por la inteligencia de los cautivos. Lo cierto es que todo se desarrolla sin tensión dramática, y con una llanura psicológica que por suerte no se repetirá en la producción mozartiana, a excepción tal vez de la Flauta mágica (al contar con unos personajes, como se sabe, básicamente alegóricos).
Los cantantes que interpretaron las partes de Konstanze, Blonde y Pedrillo proporcionaron lecturas correctas, aunque se mostraron excesivamente inseguros en diferentes momentos de la representación. La Konstanze de Minerva Moliner, una de las figuras más destacadas de la noche, transmitió a pesar de todo sensaciones contrapuestas. Con un rictus de inexpresividad, apocada incluso en los pasajes de alborozo, apenas levantó la mirada al público o interactuó con sus compañeros. Así, por ejemplo, cantó a las mil maravillas un pasaje en que perdona a Belmonte sin siquiera mirarlo de reojo, con la vista perdida. No menos exitosa fue la lectura de la célebre y endiablada aria “Marten aller Arten”, compuesta por Mozart para ex profeso para la Cavallieri (aria que también los solistas de la orquesta bordaron en ese pequeño concierto de cámara que organiza el compositor antes de la intervención de la soprano, para darle un respiro). En el caso de Minerva Moliner, fue extraño contemplar el abismo abierto entre una habilidad técnica sobresaliente y una capacidad para comunicar afectos todavía incipiente.
El personaje de Blonde, interpretado por Laura Sabatel (doble ironía que la cantante fuera morena y Konstanze rubia, cuando se precisa lo contrario) tuvo una actuación algo menos lucida que los precedentes. No supo aprovechar su papel protagonista en las arias, siendo la primera, su presentación, la más discreta de todas. A pesar de poseer un timbre hermoso, le faltó fuelle y no estuvo siempre fina en la entonación, al igual que Pedrillo. Como criado de Belmonte, hubo de enfrentarse a la que probablemente sea una de las arias más desafortunadas de Mozart, ese grito de guerra semidesafinado: “Frisch zum Kampfe! Frisch zum Streite!”. En el papel de Pedrillo, Jesus Álvarez, tenor, le puso todas las ganas del mundo, brillando junto con Osmín en la celebración “Vivat Bacchus! Bacchus lebe!”. Aún así, coincidió con sus compañeros en los referidos problemas de dicción. Realmente, sólo Iván García (Osmín) demostró madurez interpretativa y musical, haciendo gala de un desparpajo y una alegría contagiosa en escena. Todo un descubrimiento para quienes no lo conocieran (como los anteriores, esta fue su primera intervención en el Auditori, aunque sus colaboraciones son elocuentes: ha trabajado con Jordi Savall, René Jacobs y Fabio Biondi).
La programación de El rapto en el serrallo en versión concierto, inauguración del Festival Mozart, supuso una propuesta arriesgada, teniendo en cuenta los medios puestos en ello; pero el balance fue indudablemente positivo. Así, a pesar de no contar con coro (ausencia que produjo a priori un efecto extraño), la función no se resintió. Zacharias supo tornar en virtud dicha carencia, inequívoco sello de gran director: logró imprimir un tempo muy vivaz y evocar así el aire turco pretendido por la partitura, tanto en el acompañamiento de los cantantes como –especialmente- en el papel protagonista (obertura y pasajes ya sin coro, a modo de interludios). Con Osmín por encima de todos pero conjuntados gracias al director invitado, el concierto supuso una ocasión fantástica para recuperar una obra menor del gran compositor que fue Mozart, como tal repleta de momentos memorables. Sin olvidar, con todo, la satisfacción que produce escuchar el Singspiel con la orquesta en escena y mayor empaque sinfónico, encontrándose fuera del foso, espacio en que se encajona forzosamente en las representaciones teatrales.
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