Jacobo Zabalo 23-02-2009
Obras de Mozart, Haydn y Beethoven
Camerata Salzburgo, Leonidas Kavakos, solista y director
Palau de la Música, 23 de febrero de 2009

Leonidas Kavakos se presentó al frente de la Camerata Salzburgo para deleitar al Palau de la Música con una de las interpretaciones más serias y apasionadas de cuantas se han podido escuchar los últimos tiempos. La obra que abrió la velada, el Concierto para violín en sol mayor, K.216, de Wolfgang A. Mozart, marcó la pauta, para sorpresa de muchos de los asistentes. Las composiciones para violín de Mozart no pasan por ser especialmente virtuosas, pero a tenor de la facilidad con que el intérprete abordó aquélla cualquiera diría que están incluso al alcance del aprendiz. Con asombrosa naturalidad, sin aspavientos ni excentricidades Kavakos hiló el discurso musical a través de su instrumento, logrando, desde la posición solista, hacer brillar al conjunto como director del mismo: acompañó a los violines de la formación para aumentar con su empuje las prestaciones orquestales y se destacó cuando la partitura lo requería, extrayendo un sonido sedoso y convincente de su Stradivarius de 1692.
La pieza interpretada a continuación, la Sinfonía nº83 en sol menor de Joseph Haydn, popular por un apodo, “la poule” (la gallina) que se inspira en pasajes supuestamente humorísticos de la obra, vino a sustituir la última sinfonía compuesta por el mismo Haydn (la Sinfonía nº104 en re mayor, “Londres”), en principio programada. Parece que se está convirtiendo en una práctica habitual el realizar cambios en el programa (cambios que no siempre son de última hora, pero sí con relación a lo planeado al inicio de la temporada). Algo que en sí mismo no tiene porque ser malo ni desfavorable para el oyente, se convierte como mínimo en sospechoso cuando la obra reemplazada es objetivamente de mayor entidad que la interpretada al cabo. Debe reconocerse, en cualquier caso, la profesionalidad de los intérpretes: la Camerata Salzburgo mantuvo el nivel con la interpretación de su Haydn, y si bien no proporcionó la anhelada lectura de aquel monumento sinfónico que nos deja a las puertas del sinfonismo beethoveniano, cautivó al oyente por la respiración profundamente clásica y equilibrada de la obra.
Ludwig van Beethoven fue el esperado, el anunciado protagonista de la segunda parte. Leonidas Kavakos se comprometió como pocos en su posición de director y quemó las naves: demostrando una empatía casi inspirada, ofició una interpretación memorable de la Sinfonía nº4 en si bemol mayor, op.60, una interpretación poseída de furia y precisión. El arrebato fue constante, igual que la sensación de control o, mejor, de dominio. Esta sinfonía, que suele extrañar (al gran público y a parte de la crítica) que suceda cronológicamente a la enorme Heroica, fue reivindicada en su verdadera grandeza, con el pathos a flor de piel y un gozoso desequilibrio post-clásico; hasta el punto de manifestarse anticipadamente aquel sentimiento de fatalidad que despuntará con la quinta sinfonía. Una suerte asistir a una interpretación que torna comprensible uno de los misterios de la historia de la música; pero, sobre todo, extraordinario el placer de presenciar una interpretación rigurosa y afilada, de una rotundidad inapelable.
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