La arruga es bella

María Zuazu 27-03-2010

Enric Montefusco (Standstill) + Ferran Palau (Anímic)

Sobretaula dentro del ciclo Caprichos de Apolo 2010

Sala Apolo, 11 de marzo de 2010

-Sin comer(lo) ni beber(lo) acabé en la Sobretaula que Enric Montefusco (Standstill) y Ferran Palau (Anímic) ofrecían dentro de la sexta edición de Caprichos de Apolo. Ellos sí bebían, vino tinto, pero demasiado despacio como para ésto presagiara el curso que tomaron los acontecimientos en los últimos 30 minutos del concierto.

En este concierto, los cantantes de dos de los grupos insignia de la escena catalana, se encontraban en formato acústico y familiar para realizar un diálogo cruzado en el que iban ofreciendo versiones de las canciones del otro. De todas, se han quedado en la memoria Adelante, Bonaparte, canción que da nombre al último disco de Standstill y que ambos interpretaron, y una canción cuyo nombre no recuerdo que Ferran Palau dedicó a una madre y su hija. Además del repertorio de Anímic y Standstill, hubo alguna sorpresa, como la versión en catalán de Bird on the Wire de Leonard Cohen o una canción  presuntamente rijosa sobre un encuentro amoroso en el bosque. Esta última dió mucho juego en la prórroga que ambos músicos improvisaron tras el fin del repertorio, que llegó mucho antes de lo previsto y en la que la familiaridad que había regido durante todo el concierto se fue de madre con fallos de memoria, parones, vueltas a empezar y algún ataque de risa. Caótica y encantadora, si no eras "fan" o amigo de los cantantes, esta última parte acababa siendo algo cansina.

Vistos desde el penúltimo reservado del lateral izquierdo Enric y Ferran no eran ellos, sino un índice de una realidad que les excede, la del artista sobre el escenario, merecedor de iluminación, atención y flyers (bebida gratis). Todos los sonidos, entre los que la música quedaba disuelta, venían de otra parte en el sentido literal del término, atacando desde cuatro puntos que se podían situar cerrando los ojos, pero sobre todo pertenecían a otro mundo. Allí, lejanos y eternos, en cuanto por mucho que la familiaridad se reivindicara, eran el punto de fuga de una escena perfecta que se fue humanizando en un proceso desconcertante, al menos para mi, que sobria y hambrienta, había entrado en el Apolo con la expectativa de un concierto al uso.

Los carraspeos, las desafinaciones o, incluso, el vino sorteando la glotis del cantante de Standstill entraban en contradicción con el escenario, con el paisaje de una platea con unas pocas mesas ténuamente iluminadas. Los cantantes parecían héroes, u otro arquetipo de esos que pueden convertirse en protagonistas, y esto les hacía ser (vistos como) perfectos. No sudaban porque el Apolo tiene la política de mantener los cutis frescos y perpetuar la juventud de su público con una temperatura que dejó a todo quisqui al borde de la criogenización. Me niego a culpar a la crisis de ésto.

Este pequeño desastre para la estética de lo limpio y armónico obligaba sin embargo a escuchar todos los sonidos, percibirlos en su materialidad e imperfección sin escapatoria. Aceptar atender al ruido, entendido como lo opuesto a la música y la voz, es como acostarse con un ser platónico y sudar a su lado para descubrir en esta ansiada materialización carnal que nuestro héroe del amor también tiene intestino.

Qué perturbador resulta escuchar la humanidad de lo que queda dentro del fotograma de los ídolos.

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