La destrucción del paraíso, de nuevo

Jacobo Zabalo 02-12-2011

Birds with Skymirrors, de Lemi Ponifasio & MAU

Mercat de les Flors, 18 de noviembre de 2011

-Un pájaro surca el aire sobre el atolón de Tarawa, en el Océano Pacífico, con un objeto reflectante en su pico. Es una escena de incontestable lirismo la que inspira el espectáculo (titulado precisamente Birds with Skymirrors), si no fuera porque aquello que transporta el ave, devolviendo a la vista una centella casi mística, se trata en realidad de una cinta magnética: un vestigio de la evolución tecnológica, encontrada en uno de los basureros que pueblan estos islotes idílicos, testigos de una de las batallas más decisivas de la Segunda Guerra Mundial.

Además de restos de la contienda, lo que se encuentra hoy en día son los deshechos plásticos y metálicos que resultan del consumo exacerbado, un consumo iniciado después de la guerra y que confirma el cambio de paradigma con relación a la naturaleza. Así, lo que podría parecer un paisaje de ensueño, digno de elegidos, pone de relieve la posibilidad contraria: el pozo sin fondo de la estupidez humana, cuyo desenfreno consumista ha provocado el calentamiento que está detrás de la subida del nivel del mar, con la consiguiente desaparición (ya acontecida) de algunas de las islas de este archipiélago ubicado en la Micronesia. Aquí también, como en tantos otros lugares, se evidencia la paradoja del paraíso perdido. Una paradoja especialmente pregnante desde la óptica cristiana, que fundacionalmente habilita (en el relato del Génesis) un conocimiento del Bien en el instante mismo que se deja de poseer, es decir una vez se ha caído. El problema es que la naturaleza no entiende de segundas oportunidades, ni por tanto ofrece una gestión salvífica de los errores que, en jerga religiosa, se catalogaban como pecado. Los desajustes que se provocan en la naturaleza se reproducen tarde o temprano y sin remisión en la naturaleza de los que los han provocado; en un ciclo tan natural, tan familiar como potencialmente extraño, y hasta siniestro en su implacabilidad: una escatología extra-moral, que parece desatar sus iras en el momento menos esperado, cuando el misterio de la vida cree ser revelado.

-Hay veces que las ganas de decir algo, de trasladar un mensaje o reivindicar una determinada causa (por justa que ésta pueda ser) acaban por ahogar la creatividad, demasiado pendiente del mensaje en cuestión. Todo lo contrario sucede en la creación de Lemi Ponifasio que el Mercat de les Flors ha acertado en programar esta temporada. Y no porque no haya en ella un claro mensaje que comunicar, o una causa que hacer pública. Leemos en las hojas informativas que el espectáculo ahonda en la problemática de la destrucción de la naturaleza por parte del hombre. Pero lo que presencia el espectador es mucho más que una apología del ecologismo. Asistimos a un fenomenal despliegue de medios, un despliegue de gran sofisticación pero en absoluto abigarrado, en que interviene danza y canto. Lemi Ponifasio cuenta con bailarines que logran escenificar aquella dialéctica perversa, intercalando bailes rituales con comportamientos propios de autómatas. El control técnico, la precisión de los actores es extraordinaria, tanto cuando bailan solos como -más impresionante si cabe- cuando lo hacen en formación, ya sea sugiriendo el avance imparable de engendros mecanizados o realizando aquellas ceremonias. Desde el inicio mismo se evidencia por todos los medios posibles la virulencia de un choque y sus consecuencias. La naturaleza es evocada en su faz dulce, estéticamente agradable, pero también en su faceta destructora. El ejemplo más palmario y quizá dramático: una misma mujer, que aparece en primera instancia desnuda y sobre cuya espalda se proyectan imágenes en loop, será asimismo la dominatriz que fustigue los cuerpos de hombres que avanzan en marea, contorsionando espaldas musculadas que se asemejan a meros trozos de carne. Esta dualidad de la naturaleza se ceba tanto más con la separación del hombre de los aspectos rituales, que permitían gobernarla sólo simbólicamente, como para obtener un beneplácito confortante.

El desarrollo científico y su repercusión tecnológica en el siglo XX han eximido al hombre de la necesidad de explicaciones míticas. Una emancipación racional, que lamentablemente se ha acompañado de la proyección pragmática de los intereses humanos (propiciando entre otras cosas la decadencia de todos aquellos rituales que fomentaban el sentimiento de co-pertenencia, de participación en el decurso de la naturaleza). La correspondencia entre el orden de los hombres y el ciclo de la vida se rompe de forma flagrante con el abuso de las posibilidades de los primeros, irracionalmente erigidos en dominadores. A comienzos del XIX, antes por tanto de que se instalara en virtud de la razón pragmática esta fiebre tecnológica, con sus repercusiones en el consumo y la relación con la naturaleza, se había querido ver en el electromagnetismo una suerte de apertura al mundo del misterio, a una dimensión oculta que habría de gobernar el orden de cosas. Así, el relato E.T.A. Hoffmann El magnetizador supone una incursión todavía mágica en el ámbito de unos poderes que en lo sucesivo serían explotados sin pizca de intriga. El control del aspecto a priori invisible (las vibraciones u ondas sonoras, por ejemplo) conduce en el XX  a la reproducción de sonidos, imágenes... Una realidad controlada que, en un salto más (más allá de lo analógico) se abstrae hoy en números para recrearse como realidad ya completamente desdoblada, realmente virtual o virtualmente real. Pero para llegar hasta esta realidad segunda, que parece que permite levar anclas y olvidar en pro del ideal-real, hay un camino, un rastro de hierba quemada: enfrentamientos por recursos, algunos de los cuales todavía vigentes, por mucho que se disimulen con un espejismo compensatorio (la oferta de aquella virtualidad idealizada).  

-El ansia de progreso, la mejora de las condiciones de vida no puede ser en modo alguno estigmatizada, pero ya en el siglo XX se demostró que con el pretexto de la liberación de los mecanismos de producción el hombre se había encadenado a través del consumismo a una forma de vida contraria al orden natural, contraria al aprovechamiento prudente (beneficioso también para su propia perpetuación) de los recursos. La emancipación de los terrores míticos, por supuesto deseable, ha supuesto una interiorización totalmente inconsciente del principio amenazador, que lleva a tratar a la naturaleza con un pragmatismo feroz. Pero -como decíamos- ello no acontece sin consecuencias. Si algo queda claro en esta representación artística, Birds with Skymirrors (representación que en un claroscuro más posmoderno que barroco alterna la máxima sutileza con una estridencia cacofónica), es que la naturaleza sometida es también la que, al cabo, somete. Y junto al canto hermoso, la proyección llana de una voz que parece flotar y avanzar en el aire, como aquellos pájaros, oímos a todo volumen fragmentos de insoportable realismo, cintas electromagnéticas que avecinan la presencia real de una desintegración de la vida humana por el propio hombre, con la indiferencia cómplice del orden desordenado de lo natural, que en efecto toma su venganza postrera. Las voces humanas, como las imágenes en loop de un pájaro que no despega nunca el vuelo, reproducen el trauma de una emancipación devenida perversa. El final de la Segunda Guerra Mundial, con las bombas atómicas, ejemplifica perfectamente la culminación de esa catástrofe en el progreso. Frente a las sirenas que advierten de todo ello, asistimos antes del cierre a un episodio de una ambigüedad impactante, con varios de los protagonistas partícipes de esa naturaleza corrompida y corrompedora esparciendo un polvo blanco sobre el escenario. Queda éste completamente nevado, como un paisaje helado, sobre el cual no obstante tendrá lugar un asombroso baile ritual, a modo de despedida dramática y semiconsoladora (un poco, para que se entienda, como en el final de La canción de la tierra).

Triste espectáculo, asistir a semejante diagnóstico del siglo XX, si bien esperanzador, al menos, en la apuesta por una creatividad ancestral; un ejercicio físico y mental que permite al hombre reconducir sus pasos y hacerle entender que es (parte de) la naturaleza: del mismo modo que el abuso repercute sobre la realidad humana, existe la posibilidad de renovar el vínculo y participar de aquella otra realidad, la verdaderamente Real, que desde siempre está con nosotros y desde siempre nos trasciende.

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