La excelencia del Tokio String Quartet, de Haydn a Berg

Jacobo Zabalo 30-11-2009

Palau de la Música, 26 de noviembre de 2009

Todavía con la inmejorable impresión dejada por el Cuarteto Hagen, conjunto que visitó la sala de cámara del Palau hace apenas un año, el público barcelonés tuvo la suerte de presenciar en el mismo ciclo (Palau 100) la actuación de un conjunto no menos reconocido y -si cabe- más mítico, con una larga trayectoria a sus espaldas. No en vano cuenta con un inmenso número de grabaciones en su haber. Lo cierto es que las expectativas se cumplieron con creces. El Tokyo String Quartet gustó desde el inicio, con un sonido cristalino, profundamente comunicativo, que emanaba de instrumentos con historia, escogidos por el mismísimo Paganini. La lectura del Cuarteto en Sol mayor, op.18 nº2, obra de un Beethoven todavía joven, fue sumamente equilibrada, de una claridad y prestancia que hubieran hecho las delicias del mentor, Franz Joseph Haydn. Por supuesto, a pesar de lo temprano de la composición se pueden apreciar atisbos del genio que despuntará más adelante en obras a gran escala, con mayor repercusión y popularidad (a pesar de lo cual no debe nunca perderse de vista que es justamente en las obras de dimensiones reducidas donde la intimidad del compositor se pone a prueba, y se subliman los movimientos del alma más vertiginosos, algo evidente en las últimas sonatas y cuartetos de Beethoven).

Tras la ejecución de un obra con regusto clásico, y un poso claramente vienés, tuvo lugar la interpretación del Cuarteto op.3 de Alban Berg. Miembro de la llamada Segunda Escuela de Viena, discípulo de Schoenberg, se trata ésta de su única pieza de cámara compuesta para cuarteto de cuerda (si se obvian los ejercicios previos, realizados entre 1900 y 1908). De hecho, la pieza data de 1910, año en que finalizaría los estudios con Schoenberg. El atonalismo, establecido como norma después del tanteo efectuado por compositores de la talla de Gustav Mahler o Richard Strauss, no impide que de esta partitura emane un verdadero torrente de sentimiento. En este sentido, debe decirse que la interpretación brindada por el Tokyo String Quartet fue simplemente memorable. Se mantuvo el equilibrio exquisito de la pieza anterior, pero llevando al extremo la expresividad. La oposición entre técnica y emoción se volvió a demostrar completamente falsa. Con una precisión hiriente, delicada o violenta según el pasaje, el cuarteto se metió en el bolsillo al público, algo poco frecuente cuando se programan este tipo de obras.

La segunda parte supuso un nuevo cambio de registro, lo cual confirmó la versatilidad y oficio del conjunto invitado. El Cuarteto de cuerda enº3 en Si bemol mayor, op.67, de Johannes Brahms recibió una lectura declaradamente romántica. Se hizo extraño, a pesar de la pausa de rigor, apreciar modos interpretativos tan diferentes en la misma velada. Un contraste llamativo, manifiesto en la búsqueda y difusión de una emotividad a base de vibrato y saltos tonales, todavía dentro de la tradición armónica. Pero no acabarían aquí los cambios de registro. El primer bis transportó al oyente más allá de Beethoven: el finale del Cuarteto op.50, nº1, de Haydn fue un alarde de exactitud y mesura. La anécdota divertida tendría lugar en el segundo bis, y es que uno de los miembros del cuarteto tardó excesivamente en encontrar la partitura correspondiente al delicioso lento del Cuarteto Americano de Antonin Dvorak, situación amenizada por los comentarios del primer violín, para regocijo de los oyentes. Pocas son las ocasiones en que se escucha tanta música y, sobre todo, del nivel reseñado. Una gratificación completa.

 

Fotografia d'Antoni Bofill

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