La frialdad del destino

Jacobo Zabalo 22-08-2011

San Francisco Symphony; Michael Tilson Thomas, dir

Palau de la Música, 2 de junio de 2011

-Pocas son las composiciones que responden eficazmente al sobrenombre con el que cargan, de forma más o menos casual (sea por voluntad del propio creador, de los editores de las partituras, los organizadores del evento en que se estrena o de un crítico aventajado o influyente). La 6ª Sinfonía de Mahler, 'Trágica', es un caso raro, casi excepcional, como ya tuvimos la ocasión de plantear esta misma temporada, a tenor de la excelente versión de Pablo González con la OBC. Entonces se señaló hasta qué punto el sentimiento de desdicha sobrevuela y emana por todas las costuras de una composición que se abre con tono marcial y brío, pero cuya fatalidad pronto se intuye. Las circunstancias que acompañaron a la escritura de esta obra, los aspectos biográficos del propio Mahler (compositor con una tendencia melancólica, especialmente justificada a tenor de lo vivido por aquellas fechas) se manifiestan en la composición, sublimadas nunca del todo satisfactoriamente para quien ha de vivir no sólo en su arte. Se ha escrito que cada sinfonía mahleriana es en sí misma un cosmos, un mundo con sus leyes y excepciones, sus órdenes y contraórdenes. La Sexta no hace sino ratificar ese tópico: perfectamente cerrada sobre sí, comienza como si desde siempre existiera y se acaba silenciosamente, con un latido aislado, después de varios avisos catastróficos en que la orquesta toda anticipa el sinsentido del final. Todo está escrito, todo en ella contenido (también momentos de remanso, donde casi se llega a apreciar algo parecido a la paz espiritual) y por eso resulta prioritario, fundamental como en pocas composiciones el hallar una clave interpretativa de inicio a fin, aplicable tanto en los pasajes más etéreos como en los tremendos. La tentación de una interpretación romántica, hiperexpresiva, subyace siempre como posibilidad a las sinfonías de Mahler, pero de forma progresivamente decreciente a medida que se suceden estas en el tiempo. La Quinta y la Sexta conforman el gozne, el binomio que separa y enlaza una visión aún afectada por la espiritualidad imposible del XIX y el anhelo inconcluso de totalidad, la fragmentación del sentido típica del XX.

Michael Tilson Thomas es uno de los pocos directores de estirpe, que a su vez han estado en contacto directo con algunos de los creadores e intérpretes más geniales del pasado siglo. A día de hoy pasa por ser uno de los intérpretes más reputados de Mahler, como en otro día lo fue Leonard Bernstein. Y de hecho su versión de la Sexta dejó al respetable entre boquiabierto y ávido de más caña, seguramente como consecuencia del irremediable horror vacui, el vacío que se abre tras la consecución y acabamiento de ese cosmos. A diferencia de las interpretaciones del empático Lenny, Tilson Thomas optó por una versión fría, distante y poderosa, sin atisbo de la menor ironía. Los embates del primer movimiento trazan una marcha recta, imperturbable -quién sabe si hacia el abismo- y así, consecuentemente, la Orquesta Sinfónica de San Francisco ofreció una versión angulosa, de aristas cortantes. Desde el inicio buscó impresionar a base de eficacia y poderío y lo cierto es que impresionó, con un final soberbio en este Allegro energico de inicio. El Scherzo subsiguiente fue igualmente preciso, de una frialdad endemoniada. Ni un ápice de poesía, de modo a enfatizar lo siniestro del juego. Versión analítica, comparable a las de Georg Szell, que adoleció no obstante de cierta inconexión entre episodios como consecuencia precisamente del análisis extremo. El Andante moderato, igualmente contundente, resultó de una intensidad nada liviana, como anunciando el episodio final: uno de los movimientos más ricos de Mahler, verdadero collage que recuerda lo discurrido y al mismo tiempo aboca al oyente a un final que se presiente detrás de cada esquina. También aquí se apreció el rendimiento de las cuerdas, y los metales dieron lo mejor de sí, con una prestación atronadora que hizo las delicias del público. La aclamación fue masiva. Por mucho que se aplaudieron las salidas y entradas del director no se interpretaría ninguna pieza extra. Algo perfectamente lógico, dado el despliegue mahleriano y la entrega de los músicos. Pudo sobrar el gesto de a dormir, por parte de Michael Tilson Thomas, pero la verdad -verdad ciertamente incómoda- es que no había mucho más que decir una vez acabada esta sinfonía total, acontecido ya lo marcado con indiferencia glacial por el destino.

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