LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 08-03-2010
Palau de la Música, 9 de febrero de 2010
Obras de Felix Mendelssohn y Narcís Casanoves
Orquestra de Cadaqués, Escolania de Montserrat
Elena Copons y Marta Mathéu, sopranos
Jordi Dauder, narrador
Sir Neville Marriner, director
A pesar de que tanto la Obertura de Las Hébridas de Félix Mendelssohn como los Tres responsorios de Narcís Casanoves confirmaron, en la primera parte, el buen nivel de orquesta y coro (una orquesta, la de Cadaqués, atenta a las indicaciones de Sir Neville Marriner y precisa en los ataques, y un coro con historia inigualable, formado por chicos de nueve a catorce años que mostraron una sonoridad de conjunto más que aceptable y, sobre todo, mucho coraje en las intervenciones solistas) el concierto tuvo sólo una parte, la segunda: la música incidental que Félix Mendelssohn compuso para la obra de Shakespeare conocida como Sueño de una noche de verano (Midsummer Night's Dream) fue, en efecto, el plato fuerte de la velada y satisfizo plenamente a los oyentes, convertidos también en espectadores. Rara vez se programa la composición de Mendelssohn en auditorios, y pudo entenderse el porqué: no sólo se requiere coro y solistas vocales, sino en el mejor de los casos (cuando no se renuncia del todo a su formato original, incluyendo trama teatral) también requiere narrador, tarea que realizó Jordi Dauder de forma convincente, acompañado puntualmente por algunos instrumentos (temas reexpuestos breve y sutilmente a modo de recordatorio, discretos leitmotivs para la contextualización de la trama). Junto a la interpretación musical resultó no menos fundamental, así, alcanzar un clima adecuado: ambientación mágica, bosques con sus hadas y duendes, que se logró en buena medida gracias a focos y proyectores cromáticos. Los mosaicos del Palau y la música de Mendelssohn pusieron el resto.
Acaso no exista pieza más conocida, dentro del repertorio clásico, que la marcha nupcial incluida en la versión musicalizada de esta comedia shakespeariana. Los enredos amorosos, comparables sólo a los de Mucho ruido y pocas nueces, conducen a emparejamientos peculiares, como el protagonizado por un hombre con cabeza de asno y Titania, reina de las hadas. En cualquier caso la pieza que celebra el enlace, propiamente dicho, el enlace entre Hipólita y Teseo, se ha convertido ya en paradigma: la marcha nupcial, por excelencia. Debido a los clásicos infortunios de la difusión masiva, se acostumbra a tocar en su versión recortada, es decir, sin la breve introducción que precede al conocido embate. Pero no sólo se pierde eso, también el desarrollo de la melodía, sencillo pero galante, suele caer en el olvido a favor del archiconocido tema. De hecho, la pieza resulta en su integridad mucho más interesante, y todavía más si está contextualizada en la obra de Mendelssohn-Shakespeare. Como es fácil de suponer, además de la marcha nupcial, la música incidental para el Sueño de una noche de verano se compone de momentos dignos de mención, como la misma Obertura. Una pieza compuesta por Mendelssohn con sólo diecisiete años, que por lo general es interpretada de forma autónoma (como en el caso de Las Hébridas, otro magnífico ejemplo de la destreza del compositor). También el scherzo, típicamente mendelssohniano, es ágil y apasionado, un prodigio de escritura para instrumentos de viento. Finalmente, no podemos pasar por alto la música nocturna, interludio absolutamente delicioso (¿cómo pueden resultar tan mágicas, tan evocadoras las trompas que desde el inicio de la pieza fundamentan la melodía, que resulta hermosísima?). Difícilmente se encontrará música que transporte al oyente del modo que lo logra ésta. La indicación del movimiento es con moto tranquilo y, en efecto, emana una sensación confortante, que en la trama shakespeariana resulta idónea para la preparación de un encuentro amoroso; concretamente el de los personajes que, al despertar, se sentirán inevitablemente atraídos por causa del filtro que Oberón les suministra mientras reposan (semejante a lo acontecido entre Titania y el hombre con cabeza de asno). Sin el desgarro tristaniano, que Wagner explotará con unos recursos mucho más contundentes que los de su casi contemporáneo Mendelssohn (sólo cuatro años mayor que aquél, y desgraciadamente mucho menos longevo) Shakespeare se adelanta para penetrar jocosamente en el secreto de aquello que provoca la pasión amorosa, inexplicable misterio: en la ocasión recurre a ciertas gotas, líquido extraído de flores que embriaga y embarga a quienes por primera vez, tras haberse impregnado del mismo, se ven. El acto de verse y pertenecerse hasta la muerte (...o hasta que el hechizo deje de ser efectivo) son una misma cosa. Saber poner música a ese fenómeno, intangible pero muy perceptible en sus consecuencias, es obra de maestros.
La Orquestra de Cadaqués, dirigida con sobria e incalificable maestría por Sir Neville Marriner, rindió a un nivel excelente al igual que los solistas, las sopranos Elena Copons y Marta Mathéu, y por supuesto los chicos de la Escolania de Montserrat, quienes mantuvieron un gran nivel después del protagonismo de la primera parte. El Finale, con la reminiscencia temática de la obertura pero incorporando las voces blancas del coro de hadas, cerró la velada por todo lo alto, con la conciencia en los oyentes de haber disfrutado de algo más que una mera interpretación musical. Por unos minutos, apenas una hora, se abrió un mundo mágico: la verdad del sueño y las apariencias, destiladas con pasión amatoria y una música a modo de filtro, una música mediadora y no obstante tirana en su inmediata afección. Fue el narrador, Jordi Dauder, quien culminó la función con el emotivo monólogo de Puck: "Ombres com som, si us hem ofès / hi posareu remei com no res, / pensant que us heu endormiscat / quan l'irreal us ha sobtat".
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