LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Marta Vélez 21-09-2009
Palau Sant Jordi de Barcelona

Puedo decir desde ya, y llevo muchos, que el de Leonard Cohen es de los mejores conciertos a los que he asistido.
Desde luego no me lo esperaba, sobre todo por el recinto. Incluso hasta poco antes de que llegara el día me daba cierta pereza. Craso error. La escenografía, austera, y el inmejorable sonido hicieron que el Palau Sant Jordi, frío y enorme, pareciera por momentos un auditorio. Lleno de gente de todas las edades, da gusto ver a familias enteras disfrutando juntos de la música, ver emocionarse por igual a mayores y a veinteañeros, demostrando que el arte no tiene edad.
Casi quince mil personas pudimos celebrar el 75 cumpleaños del gran Leonard Cohen, que se mostró emocionado de celebrarlo así, cerrando además su gira europea. Ovaciones desde el inicio, que se fueron repitiendo no solo por las canciones o su estupenda banda, sino también simplemente por su mera presencia. Tras el susto de Valencia, donde se desvaneció y no pudo continuar, se valoró aún más el hecho de que estuviera dándolo todo en el escenario.
Y así lo hizo, de un modo incontestable, empezando por sus elegantes maneras, su sonrisa y emoción sincera en la mirada. Comenzó como acostumbra, con "Dance Me To The End Of Love”,con esa voz especial que parece increible que siga saliendo así por la garganta, con plenitud a pesar de los años.
Tocó “Everybody Knows” y no faltaron temas como la intimista “Suzanne”, “Sisters Of Mercy”, “Ain’t No Cure For Love”. “Hallelujah” en directo, pese a ese excesivo órgano. También emocionó más que nunca oír “Closing Time”. Tres horas, descontando el necesario descanso, en una lección de generosidad por parte de Leonard Cohen, que no demostró atisbo de cansancio e incluso dió saltitos en cada nueva salida del escenario. Una banda que era el perfecto acompañamiento, con perfectos arreglos para los temas, me atrevo a decir que incluso a veces excesivos (no hubiera venido mal algún otro momento más "desnudo"...) pero no podemos poner peros a estos magníficos músicos que lo acompañaban, y a los que presentó hasta en tres ocasiones.
Destacaron los vientos y Javier Mas a la bandurria y la guitarra. Imposible no hablar de la contribución de las coristas, dos hermanas, con esas voces que tan bien se acoplaban a la del genio canadiense. Y la gran Sharon Robinson, con mucha presencia escénica que, además de coautora por ejemplo de "In My Secret Life”, puso su voz a un tema al completo que hizo estremecer.
“Take this Waltz” fue la última antes de los bises, que fuero al menos seis temas, incluyendo la esperada “Son Long Marianne” y “Famous Blue Raincoat”. Hubo tiempo para recitar, como el trobador que es, y de seguir haciéndonos estremecer con la maestría que no muchos poseen. Tras tres lustros de retiro, esta vuelta a los escenarios vino en parte propiciada por la estafa de su representante, pero quiero creer que también por necesitar este calor del público, como el mejor homenaje en vida. Ha demostrado que incluso si la vuelta ha sido, que lo dudo, sólo por motivos monetarios, se puede hacer con gran dignidad, no como muchos otros grupos, Y desde luego no se puede negar que disfrutó tocando y lo supo transmitir a un público que agradeció poder verle en esta nueva oportunidad.
La despedida nos hizo emocionar. Nos cede sus canciones, dijo, y nos desea una dulce vida, quizá intuyendo que no nos volveremos a ver. Yo, al menos, pese a la triste obviedad, prefiero no pensarlo. Sinceramente agradecido y humilde, se desprendió el sombrero ante nosotros en varias ocasiones. Pero, SEÑOR Cohen, somos nosotros los que nos lo quitamos ante usted.
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