T’estimo tant, manisero

Jacobo Zabalo 29-05-2008

Chucho Valdés y Javier Colina

L''Auditori, 29 de mayo del 2008

Chucho Valdés entra en escena sonriente, acompañado por el contrabajista Javier Colina. Cruzan miradas, buscando desde el inicio la complicidad que habrán de explotar, y pasan a reconocer los instrumentos. Chucho acaricia el piano, tantea sus teclas discretamente, hasta que va naciendo un ritmo. Un ritmo cubano, que crece y pronto lo inunda todo: enciende el escenario, combinando temas populares, estándares e incluso fragmentos clásicos. Junto a Summertime se oyen pasajes de Carmen y el delicioso Lullaby of Birdland, que Sarah Vaughan inmortalizara junto a Clifford Brown.

A pesar de lo fascinante de la propuesta, la fusión de géneros y estilos, los intérpretes todavía se escuchaban excesivamente, en este tema de bienvenida. El virtuosismo de Chucho Valdés era bien acompañado por el contrabajo, que a su vez tendría el papel predominante en el siguiente. Javier Colina demostró entonces una solvencia encomiable. Aunque quizá en algún momento de la velada le pesara demasiado la maravillosa y despreocupada técnica de su colega, lo cierto es que Colina hizo lo posible por no quedar al margen. Su interpretación demostró destreza y también atrevimiento. Quedó patente con algún que otro zarpazo sobre las cuerdas de su contrabajo, guiños que de tanto en tanto devolvía a Chucho.

Chucho Valdés acostumbra a adaptar, sobre una base jazzística animada por ritmos tropicales, fragmentos que recuerdan o directamente proceden del repertorio clásico y popular, de un modo semejante, aunque en sentido inverso, a lo realizado por José María Vitier; otro gran pianista cubano, también hijo de un célebre (el escritor Cintio Vitier), que desde fundamentos clásicos y populares, realiza incursiones en el jazz. Siguiendo la tradición pianística de un compositor como Ernesto Lecuona, coinciden ambos, a pesar de las diferencias de formación y estilo, en destilar una sensibilidad almibarada y solar, que contagia buen humor. En lo que respecta a Valdés, decir que con su tratamiento los temas progresan de una forma más libre y violenta, casi huracanada, siendo frecuentes los momentos de improvisación y esparcimiento, los juegos musicales en torno a una melodía fácil o una agrupación de notas. Incluso lo que comienza como una balada más propia de pianobar, melosa y absolutamente cubana, se convierte en una ocasión privilegiada para la experimentación y el disfrute ad libitum.

Con la interpretación, por parte del dúo Valdés/Colina, de un tema tan conocido y versionado como Smoke gets in your eyes se alcanzó el primer momento de verdadera compenetración entre los dos intérpretes. Una suerte de comunión pagana, musicalmente mediada, impregnó al auditorio. Armónico y cantabile como pocos, el tema supuso un pretexto ideal para dar rienda suelta a la recreación propia del género musical. En esta misma línea, sólo que todavía más cargado de connotaciones, un tema tan popular como Bésame mucho hizo, por medio de los mencionados recursos interpretativos, las delicias del público, cobrando una trascendencia inaudita.

Con un tono ya explícitamente solemne, hubo asimismo, a lo largo del concierto, momentos de recuerdo a autoridades (locales y de ultramar), el primero de los cuales dedicado a Tete Montoliu. El blues que lleva por título T’estimo tant (y que Colina tuvo la ocasión de interpretar en 1995, con sólo 35 años, junto con el autor del mismo) sorprendió gratamente a más de uno. Chucho debió sentir el reto de la ocasión, porque desplegó sobre el teclado sus dos mil dedos, sin esfuerzo aparente (como si fuera un autómata, sólo que rebosante de sentimiento). Con la emoción instalada en la sala, llegó el turno a La comparsa de Lecuona, que el contrabajista acompañó por vez primera apoyado en un taburete. La ubicación del músico fue en este caso sintomática de un estado de ánimo, pues quedó como en segundo plano, lejos de los aromas tropicales; y la interpretación no cuajó como era de esperar, tratándose de una obra tan popular.

El segundo de los temas con mensaje lo presentó poco después Chucho: titulado Tributo a Bebo, este preludio, impresionante reconocimiento filial, bebe de algunas de las fuentes clásicas, preferidas de ambos, fuentes que ya adaptara en su disco Fantasía Cubana (donde se alternan versiones de Debussy, Ravel y Chopin, variaciones sobre La comparsa, y composiciones propias). Precisamente, la interpretación de un animado tema de su padre, Con poco coco, habría de haber cerrado la velada. Pero los esperados bises, que Javier Colina insinúo al anunciar dicho tema, no se hicieron rogar. Con el segundo de ellos se puso un punto de final jocoso al concierto. El antológico Manisero pudo intuirse bajando la rambla habanera que es “El Prado”, con su cucurucho de cacahuetes recién tostados, envueltos en una página tibia de Juventud Rebelde. Hubo citas a Guantanamera por parte de Javier Colina, que además de pellizcar animosamente las cuerdas de su contrabajo las frotaba a placer con el arco; mientras que Chucho Valdés, siempre pícaro y virtuoso, jugaba a las despedidas con un vals de Chopin. Un intercambio de talentos, el diálogo fecundo de dos tradiciones, reposando sobre una misma base: la libertad interpretativa del jazz. Todo un lujo.

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