Más allá del genio

Jacobo Zabalo 04-11-2009

Paul Mann, director; Iván Martín, pianista

L'Auditori, 27 de octubre de 2009

-La obra de apertura, la Sinfonía chica de Carles Suriñach (Barcelona, 1915- New Haven, 1997), interpretada por vez primera en el Auditori, supuso un modo excelente de adentrarse en el asunto de la velada, que los programadores del Auditori resumieron bajo el epígrafe Schumann contra la locura. En el curso de este inicio in medias res pudieron oírse embates monofónicos, rotundos, por parte de las secciones de una orquesta numerosísima, que funcionaba al unísono. Aires ibéricos, reminiscencias evidentes a Falla, pero con el regusto totalitario de un Shostakovich. Apenas contrapunto y sí, en cambio, construcción con masas de sonido bien perfilado y contundente. El director de esta ocasión, Paul Mann (director de solvencia contrastada, ha actuado en el Barbican y colaborado con orquestas prestigiosas, como la Sinfónica de Londres), se puso al frente del conjunto con una seguridad encomiable, que culminaría dando lugar a una de las mejores interpretaciones de la Segunda sinfonía de Schumann oídas hasta la fecha en el Auditori.

Antes, no obstante, se interpretó el popular Concierto para piano nº2, op.19 de Beethoven. Si bien fue una ocasión para disfrutar de nuevo con una composición de tintes mozartianos, próxima en espíritu a algunos de los últimos conciertos para piano del salzburgués, supuso también una oportunidad fantástica para descubrir el talento de un pianista, Iván Martín, que nos ha de deparar muchas alegrías en el futuro. Nadie conoce los designios del star-system, pero la providencia no puede ser del todo ciega, o sorda: muy pocos intérpretes logran extraer un sonido tan límpido del instrumento. Todavía joven pero ya consolidado, con una madurez y habilidad técnica sobresalientes, Martín es un pianista inquieto, que además de realizar grabaciones, componer y trabajar con directores importantes (Eschenbach, Pons, Halffter) se ha comprometido en diversos proyectos pedagógicos. Su intervención como solista en la pieza de Beethoven denotó precisamente algunas de sus inquietudes. Tras la clásica exposición orquestal, en el primer movimiento, Iván Martín atacó con brillantez la partitura. Fue una presentación rauda, repentina y como imprevista; un torrente cristalino pero en cierto modo precipitado. Tal entrada hubo de entenderse como una llamada al orden, un toque de atención para centrar el protagonismo en el instrumento. Lo que aconteció luego fue el equilibrio, un diálogo de tú a tú entre orquesta y solista, más allá del tópico musicológico. El director contrarrestó y acompañó el arrebato inicial y el pianista buscó fundirse con la orquesta, intercambiándose ambos los roles, escuchándose con dinamismo, mesura y un gusto exquisito especialmente en los pasajes lentos. Brilló entonces el joven Beethoven, genio contenido y melodioso, la cara más amable de un romanticismo todavía incipiente, movimiento artístico que conocería también su vertiente más abisal en las obras postreras del mismo compositor, los últimos cuartetos y sonatas.

 La segunda parte del concierto se centró en un compositor de la siguiente generación, ya plenamente romántica. La obra sinfónica de Robert Schumann ha sido sometida a tantas revisiones y modificaciones que cuesta realmente profundizar y reparar en su originalidad. Pero incluso las tergiversaciones pueden tener su razón de ser. En este caso, el carácter incomprensible, por momentos, de la música en sí misma. Entiéndaseme: el sinfonismo schumaniano puede ser comprendido según ciertos tópicos románticos, abundando en una cierta fogosidad espiritual, en la puja del sentimiento subjetivo... pero esa es sólo una de sus posibles lecturas. Hay pasajes de sus sinfonías -para quien quiera escucharlos- en los que, extrañamente, nada pasa. Un manojo de notas que parecen no conducir a ningún lugar, células que se repiten ni siquiera armoniosamente, bordeando la disonancia. Son, en muchos casos, pasajes de transición. La misteriosa calma que precede a la tormenta, el momento antes de que suceda algo, de que se precipite algo grave. Es imposible determinar hasta qué punto esta vertiginosa praxis compositiva se encuentra vinculada con los episodios de locura que sufrió Schumann, y que lo llevaron al hospital. No hay duda de que la música, como otras disciplinas artísticas, permite sublimar los achaques de la psique. Pero ¿qué sucede cuando también nos sirve para profundizar en ellos, para recrearlos y darles una segunda vida? Es una visión reduccionista esa que establece una relación de causalidad, con carácter de necesariedad, y aún así lo cierto es que la dimensión espiritual que no puede explicarse, que no puede adecuarse a conceptos (como sucede con los afectos, sentimientos o emociones), halla un medio idóneo en la música. Schumann lo sabía y trató de realizarse como compositor y enderezar su condición anímica. Lo segundo parece difícil de certificar, mientras que lo primero está fuera de toda cuestión.

La segunda sinfonía de Schumann es una obra desconcertante. El pathos la recorre de arriba abajo, pero con modulaciones y arranques no siempre fáciles de seguir. Estados de ánimo diversos, teñidos todos ellos por un sentimiento de fatalidad, una fatalidad post-beethoveniana, más melancólica que heroica. Hay en efecto una lucha, pero es algo así como la búsqueda de una claridad que se intuye ya imposible. Mendelssohn, contemporáneo de Schumann, se encuentra aún así muy, muy lejos. Captar la sutil tensión dramática sin exagerar, y desvirtuarla, no es tarea fácil. La orquesta de la OBC, bajo la dirección de Paul Mann, se entregó y demostró una eficiencia notable ya con la interpretación del primer movimiento. El tópico (des-)equilibrio schumaniano, la basculación inefable del Sostenuto assai. Allegro ma non troppo introdujo al oyente en el meollo de la cuestión. Más si cabe, el Scherzo (Allegro vivace) subsiguiente, perfectamente medido por la orquesta, poderosa y muy bien liderada por el concertino, confirmó los mejores augurios. La mayoría de edad de la OBC es ya un hecho incontestable, y lo ha logrado en buena medida rejuveneciéndose, lo cual supone un doble éxito. En estas, con la sensibilidad a flor de piel, que se llegó al tercer movimiento, seguramente una de las páginas más desasosegadoras de cuantas se han compuesto. Masas sonoras enfrentadas; continentes helados que se astillan, a cámara lenta; un paisaje lunar, enteramente desolador;... ¿Acaso alcanzan las metáforas para describir el sufrimiento callado que emana de este Adagio expressivo? La indicación parece corta. Porque lo que se expresa estás más allá de toda expresión. No se busca la emoción fácil, ni se denota una tristeza puntual, causada por algún tipo de desgracia. Lo que falta, precisamente, es la causa; y ese el drama, como tal inconmensurable, irreparable. La obra se cerró con un Allegro molto vivace, movimiento que pretende sobreponerse, triunfal, a todo lo oído, a todo lo vivido. Es un pasacalle con aires aristocráticos, en que todas las secciones de la orquesta se movilizan. Paul Mann, director invitado, supo culminar la sinfonía, que remató por todo lo alto, sin mostrar signos de decaimiento ni aminorar la tensión dramática. El timbal advertía el final con solemnidad, y lo precipitó con un rigor de asombro. Schumann seguirá fascinando y desconcertando a partes iguales, y -lo más sorprendente- sin contradicción real entre ambas posiciones.

 

Fotografia de Heidi Lundsgaard

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