Mucho azúcar (pero del bueno)

Jacobo Zabalo 29-06-2011

Orquesta Nacional Rusa; Vadim Repin, violín; Mikhail Pletnev, dir.

Palau de la Música, 13 de mayo de 2011

Palau 100

-Afortunadamente los prejuicios están para ser vencidos, o cuanto menos matizados. En el mejor de los casos, llegan a convertirse en juicios con el paso del tiempo, proposiciones ya con sentido, en cierta medida ajustadas a la realidad. Conozco pocos melómanos que confiesen abiertamente su coincidencia en términos de gusto con aquel tipo de música popular, fácil por lo sugestivo y poco exigente de sus melodías. El sinfonismo de Chaikovski despierta esta suerte de reticencias, seguramente con razones. Varias de sus composiciones, tan emotivas como edulcoradas, rezuman una sensibilidad demasiado explícita. Por eso tienden a irritar, a provocar efectos opuestos a los deseados. Lo sorprendente del asunto, no obstante, es que incluso esta música puede llegar a ser disfrutada, si es interpretada con un rigor técnico tal que minimice la sobreabundancia de pathos y no se recree en la afectación. Ya esta misma temporada pudimos apreciar una fantástica versión de la primera sinfonía por la OBC, magistralmente dirigida por Pablo González.

La ocasión que motiva la redacción de la presente reseña no es otra que la visita de la Orquesta Nacional Rusa dirigida por Mikhail Pletnev en el marco del ciclo Palau 100, con un programa no demasiado atractivo pero cuyos resultados, pese a todo, le dejan a uno sin palabras. La atracción fundamental para muchos, al menos a priori, pudo ser la presencia del violinista Vadim Repin, uno de los solistas fundamentales de la actualidad. Pero más allá de la discreta interpretación que ofreció del Concierto para violín nº2 en sol menor de Prokofiev, lo que  despertó la admiración del respetable fue la majestuosa versión de la Sinfonía nº3 en Re mayor, "Polonesa", de Chaikovski. La orquesta invitada había demostrado desde la pieza de obertura, el Preludio de la suite Desde la Edad Media, de Glazunov, una solvencia sobrecogedora, con embates al unísono que evocaban una disciplina no exenta de lirismo y en efecto preludiaban una velada de lo más prometedora. La actuación de Repin, en el concierto de Prokofiev, fue un tanto decepcionante si se tiene en cuenta la fama del intérprete, merecida entre otras razones por un puñado de grabaciones excepcionales (fantástica su versión de Brahms bajo la batuta de Riccardo Chailly). El violinista se mostró técnico y dinámico, pero su fraseo pecó en algunos momentos de precipitación, dejando de atender o enfatizar aquellos pasajes más determinantes de la partitura. Un tanto homogénea e indiferenciada, su versión, exceptuando si acaso la magia del segundo movimiento (pizzicato de cuerdas sobre el que el violín entreteje una melodía tremendamente hermosa, alternando con intervenciones de flauta y clarinete). Muy dulce, este pasaje inolvidable, que de algún modo sirvió para predisponer al oyente de cara a la segunda parte.

La que quizá sea la menos interesante de todas las sinfonías de Chaikovski recibió, después de la pausa de rigor, una lectura memorable. El director Mikhail Pletnev, asimismo ruso, conoce como pocos el lenguaje del compositor. De un modo casi milagroso (especialmente para el descreído) los músicos de esta maravillosa orquesta logran tornar la homofonía de la obra, latosa por momentos, en una afirmación interesante, cuyo deleite se hace posible asimismo a través del no menos típico intercambio de temas y melodías rusas por parte de los vientos, que distraídamente se los van pasando. Probablemente sea Chaikovski el rey absoluto del efectismo (pudo comprobarse de nuevo en el suntuoso, exagerado finale), lo cual no impide que, si la interpretación es contundente, técnica y visceral, incluso se logre trascender la superficialidad de un planteamiento destinado a convencer a priori, a gustar de buenas a primeras. En este sentido me viene a la mente una versión histórica del primer concierto para piano de Chaikovski, que recomiendo más-que-vivamente: Gilels al piano, con André Cluytens dirigiendo a Orquesta Nacional de la RTF, en una impresionante filmación que data de 1958.

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