Mucho camino por delante

Abel Cruz Ayuso 10-10-2008

End of the Road Festival

Venga va, una obviedad. Montar un festival es un gran riesgo, ya no solo para aquellos que reúnen a grandes nombres y mucho público, sino también para los que intentan desmarcarse del mainstream y traer a su localidad a grupos que no toquen habitualmente por su zona, ciudad o país.

Un poco con este espíritu nació hace tres años el End of The Road Festival, que se celebra en Larmer Tree Gardens (si buscáis ésta demarcación en Google Earth, aparece marcada con una etiqueta con la letra B), cerca de Stonehenge, en el suroeste de Inglaterra. Aparte de eso, el festival procura no ser corporativo y juega mucho con la intención de ofrecer a los asistentes una variada oferta, ya no solo de música, sino también de cine, teatro, arte y porqué no decirlo, buena comida, en un entorno campestre donde el mejor (y único) alojamiento es una tienda de campaña.

Pero no ha sido un camino de rosas para los organizadores Simon Taffe y su colaboradora, Sofia Hagberg. Taffe: “En la primera edición, aparte de vender mi casa, había invertido todo lo que tenía y aún así, perdí dinero. Para la segunda edición, tuve que pedirle a un amigo que rehipotecara su casa y todo el mundo me decía que lo dejara estar” . El caso es que en 2008, todas las entradas se han vendido semanas antes del festival, prueba de que el evento tiene la aprobación de grupos y público. Taffe: “Creo que cualquier evento que tenga calidad, acabará teniendo éxito. En mi caso, me aburría ver los mismos nombres en todos los festivales y lo que pretendo es que vengan los grupos, bien que no tocan en festivales o bien que tocan poco en Inglaterra”. Y como complemento, el hecho de que el festival se haga justo en un bosque le da una atmósfera curiosa. “Si entras en el bosque, hay un recodo con un piano en el que la gente que quiera, puede tocar; hay una biblioteca con montones de libros debajo de un claro con árboles y hasta tenemos una tarima setentera con música de fondo para el que quiera bailar” , afirma Simon Taffe.

Hay además un componente ecológico que flota en todo el festival. La mayoría de comida y bebida es ecológica (y tenía mucho éxito, ya que las cervezas y sidras orgánicas volaban orgánicamente), hay una carpa con especialistas en homeopatía, puntos de recogida de basura por tipos y hasta un tipo de tienda de campaña ecológica que se puede reservar de antemano. Eso, entre muchas cosas.

Esto es solo una mera introducción a lo que es y quiere seguir siendo el End Of The Road. ¿Y qué hay de la música? Pues seguid leyendo.


Viernes 12 de septiembre

Someone Still Loves You Boris Yeltsin abrieron el festival con un pop luminoso y optimista que conforma su primer disco “Pershing”. Quizá les falta un poco de profundidad, pero su entusiasmo fue muy bien recibido por el respetable, al ser la primera vez que tocaban fuera de su Estados Unidos natal.

Del bonito escenario del jardín, pasamos a la llamada Big Tent, una carpa con capacidad para unos 3000 espectadores, inaugurada esta vez por Gossamer Albatross. El folk directo de estos ingleses, con aguerridos temas como “The Ground Hill Take Us Down”, está influenciado por gente como Final Fantasy o Neutral Milk Hotel. El fraseo de su vocalista, Lewis Albatross, recuerda un poco al de Morrissey pero sabiendo cantar y con una voz mucho más elástica. Dignos de ver en directo.

Cats In Paris fueron una rara avis en un festival marcado por la música folk y americana. Este combo electro de Manchester ametralla al público, cuando conviene, con sus dos sintetizadores, su bajo zigzagueante y su marcada percusión. Su primer disco “Courtcase 2000” es un antídoto contra la depresión otoñal. Palabra.

Tras un parón para reponer fuerzas y para sacarnos la tonelada de barro que ocasionó la primera lluvia del fin de semana, los canadienses The Acorn consiguieron una tregua climática con su folk-rock eufórico y expansivo.

Acto seguido, uno de lo mejores conciertos del festival: A Hawk and a Hacksaw, el proyecto del ex-Neutral Milk Hotel Jeremy Barnes, con la violinista Heather Trost. Este percusionista, ahora acordeonista, conformó un set tocando música klezmer a una velocidad de vértigo. Tanto que durante el concierto de Calexico su líder, Joey Burns, ante la tibia respuesta de un miembro del público que berreó “están bien”, contestó de buen rollo: “¡Anda ya! En tu vida has visto un acordeón tocado a esa velocidad”.

Tras el gran nivel expuesto por el grupo antes mencionado, Micah P. Hinson bordó un concierto corto, sin tantos lapsos entre canciones y más centrado. A su ya habitual Nick Phelps a la batería y banjo se unió su mujer, en los teclados, cuajando un bolo sencillo e intenso. En su línea.

“Estamos encantados de estar en el festival End of The World, o como se llame”. Ésta fue una de la frikadas que soltó Warren Ellis durante el bolo de Dirty Three, cuya fórmula de experimentación, sonido e improvisación sigue siendo muy efectiva. Clásicos del grupo como “Everything Is Fucked” suenan muy densos y sólidos y en directo son un grupo con un magnetismo difícilmente superable.

Mark Eitzel con American Music Club desplegaron toda su intensidad eléctrica con un concierto muy dinámico, con un Eitzel muy entregado y con temas como “It’s Your Birthday” que fueron muy bien recibidos por el público. Y también fueron muy bien recibidos Akron/Family. Solo que su rock, a ratos psicodélico, a ratos muy deudor de Hendrix, con extensas improvisaciones y un poco disimulado aroma hippioso se hizo bastante pesado.


Sábado 13 de Septiembre

Absentee iniciaron el segundo día en el escenario del jardín, pero su pop con toques folk e indie se quedó un poco a medio camino y no acabó de cuajar. Solo el último tema, con un pasaje instrumental cercano a Interpol recuperó parte de la garra que el grupo inglés perdió casi desde el principio de su actuación.

Como pasó el viernes, el primer concierto de la Big Tent, superó con mucho al del Jardín. El folk minimalista, soñador y melodioso de The Accidental fue delicioso y se acentuó por los juegos de voces de sus vocalistas, Liam Bailey y Hannah Coughlin. Los temas de su primer largo “There Were Wolves” dan motivos para seguirles la pista.

La cantante folk americana Devon Sproule hizo gala de un afilado sentido del humor y de un añejo folk regado con jazz, el que compone su nuevo trabajo “Keep Your Silver shined”, de corte minimalista y reposado, ganándose al público en una jornada más soleada que la anterior y que casó perfectamente con su simpatía y buen hacer.

Noah and the whale fueron un cambio notable respecto a Devon Sproule. Su folk sencillo y veraniego sonó algo torpe al principio, pero a medida que pasaban los minutos, ganó en dinamismo y cortes como “5 years time” dan a entender que este grupo de Twickenham tiene un buen trecho de camino por recorrer.

He de reconocer que en estudio, The Young Republic me pareció un grupo de rock bastante clásico, con un sonido muy centrado en el Dylan eléctrico, en Hank Williams y en otros combos clásicos de los sesenta. Pero en directo se salían: sólidos, directos, enormes y muy simpáticos. Dejaos de cds y buscad material en vivo del grupo.

Son la revelación del año de la música folk. Su líder, Justin Vernon ni pensaba en salir de su pueblo, pero la innegable calidad de su debut, “For Emma, Forever Ago” hacía de Bon Iver una cita obligada en el End Of The Road. Y no defraudaron. Honestos, sin complicaciones y con una gran complicidad con el respetable, los de Wisconsin congregaron a una de las mayores audiencias del evento. Y sí, no faltaron ni “For Emma”, ni “Skinny Love” e incluso tocaron un tema nuevo.

Pero para tío honesto, Kart Wagner. Capaz de hacer que el público le ovacione, aunque sea cuando aparece en el escenario para coger un papelajo, el americano hizo un concierto en solitario, con su tendedero en el que cuelga las cuartillas con las letras que canta. Wagner tocó temas de Lambchop como “A hold of you” y algunos de su nuevo trabajo en solitario. Suave, profundo, capaz de ironizar sobre el público cuando no calla (parecía que estuviéramos en España), muy hábil con la guitarra y ya repuesto de su cáncer, cosa que se notó con un sutil sentido del humor. El mejor concierto del festival.

Y para acabar, sacrificamos a Mercury Rev (fantásticos según todos los consulados) y a Low (con reseña al final de este texto) para disfrutar de los más difíciles de ver Sun Kil Moon. Mark Kozelek y compañía, aunque menos comunicativos que el líder de Lambchop, desgranaron un buen set-list, eléctrico y con algunos cortes de Red House Painters. Pero, por encima de todo, fueron algunos de los temas del último trabajo del grupo, como “Tonight the Sky”, con ese eterno riff de guitarra, los que dieron lustre al concierto y pusieron la puntilla a una gran jornada musical.


Domingo, 14 de septiembre

Un gran inicio. Sons of Noel and Adrian, un enorme combo folk con nueve miembros, abrieron la jornada en el Jardín con un corto e intenso recital, haciéndose valer de la gran cantidad de voces de que disponen y la destreza musical de sus guitarras, cello y vientos que se hicieron patentes con la combinación de crescendos y calmas que regaron todo su repertorio, dando un gran inicio a la larga jornada del domingo.

Tal y como sucedió con Cats in Paris, Pyramids se salían del contexto acústico del festival. En su primerísimo concierto, este trío de lo que se cataloga (¡vivan las etiquetas!) como garage-fuzz, mezclaban noise y garage con algunos puntos psicodélicos. Cortes como “Hunch Your Body Love Somebody” fueron algunas de las descargas adrenalínicas que nos dejaron en la Big Tent. Ciertamente interesantes. Echádles un vostazo en myspace.

La ex Moldy Peaches Kimya Dawson, presentaba en el Jardín su nuevo disco de canciones para niños. Temas con letras demasiado maduras para que un crío las pueda entender y con demasiada moraleja sobre su vida y lo mal que lo ha llegado a pasar, que lograron que el bolo fuera soporífero. Y su manera de rasgar la guitarra al rollo anti-folk era igual en todas las canciones, con lo que hizo que el concierto fuera aún más burrido.

Jason Molina se quedó con todo el mundo. Me explico. La lluvia del primer día originó un barrizal del que ningún artista se escapó. Todos los músicos saleron a tocar con un palmo de barro en los pantalones. Pero no Molina. Previsor como pocos, tras la prueba de sonido, se enfundó un traje negro, con camisa blanca y una medalla de tipo bolo tie por debajo del cuello de la camisa. Su concierto fue impecable, como un negativo del de Kurt Wagner. Es decir, cantando más con el corazón que con la cabeza, con más electricidad que ternura, con más luces que sombras, demostrando que ya puede ir con un grupo o solo, que siempre encandilará al que le escuche.

Los canadienses Woodpigeon prometían mucho al ser uno de los grupos expresamente recomendados por los organizadores. Pero se quedaron a medio camino entre el rock clásico de The Young Republic y lo épico de The Acorn, sin llegar a impactar, pese a su manifiesta destreza instrumental y las ganas de gustar.

Richard Hawley toca bien, está rodeado de un grupo de mercenarios musicales con muchos tiros pegados, un público entregado y hasta es buen front-man, con gracia y desparpajo. Y eso, en teoría, debería bastar. Pero pese a ello y a tener al público entregado, no logro entender cómo ha sobrevivido musicalmente. Es un remedo de todo lo tópico del rock, las baladas más ñoñas, las maneras del rockabilly más casposo y del Elvis más añejo y trasnochado. No pude evitar compararlo con Amy Winehouse, en el sentido de que no aporta absolutamente nada a la música actual. De hecho, me pasé la segunda parte del concierto fotografiando los instrumentos de su guitarrista de acompañamiento, obviando su música.

Pero todo lo malo y lo plasta acaba y después del empacho de gomina, la clase. Tindersticks tejieron un precioso concierto, no de lo mejor que se les ha visto, pero con artistas como los dos precedentes, subieron el listón hasta casi las nubes. Con el siempre tímido Stuart Staples al frente, canciones como la versión del clásico de Townes van Zandt “16 summers, 15 falls” (tocada de manera diferente a cómo lo hacía el propio Staples en solitario), “Mother Dear”, de su último trabajo o clásicos como “Let’s pretend”, lograron que la calidez de sus temas, apaciguara el frío que empezaba a notarse en el Jardín.

Y el fin de fiesta fue con Calexico. Desde el principio el combo de Tucson puso el acelerador y cayeron clásicos como la inevitable “Minas de cobre” o “Crystal Frontier” y algunos cortes de su interesante último disco “Carried to Dust”, como “Two Silver Trees e “Inspiración”. Siempre en contacto con el respetable siempre optimistas y con ganas de juerga, el frío estuvo a punto de apagarlos, pero una ración de sidra caliente, compartida con las primera filas, aseguró un final de festival digno de recordar.

Mención aparte merece el concierto de Low del sábado. Algunos sabréis que su cantante, Alan Sparhawk, nunca ha estado del todo bien anímicamente. Pero lo comentado por nuestro colaborador, Lesmo Gallagher, rayó el surrealismo. Al parecer, Sparhawk ya salió lamentándose de su estado anímico, cosa que puso en guardia al público y al grupo. Lo curioso del caso es que el concierto pareció ir ben hasta que al final, el vocalista americano cogió su guitarra y la lanzó hacia la audiencia. El instrumento voló alrededor de veinte metros hasta aterrizar, no sabemos si sobre la cabeza de alguien o qué. Mimi Parker y Mat Livingston, los otros dos componentes del trío, saliero a disculparse tras el concierto, preocupándose por si había algún herido por la guitarra, pero sin reclamar la devolución de la misma. Con lo que habrá un afortunado que, aparte de tener un siete en la cabeza, tendrá la bonita guitarra (y quizádel cantante de Low).


Teniendo en cuenta el tipo de público que buscaba el festival (relativamente cercano al que busca el Primavera Sound en España) y gracias al empeño de la organización, no encontramos ningún aspecto organizativo que desluciera el evento. Siempre había suficiente espacio, suficiente oferta para no quedarse sin hacer nada, pese al llenazo había colas soportables para los baños, las duchas... Lo único que queda por hacer en este festival es que, ahora que este año ha sido el de la confirmación definitiva como un evento más independiente que otros y más arty que la mayoría, es el de afinazar ese nivel. Una tarea muy difícil, cuando ya se ha llegado lejos. Diversificar un poco la oferta sin dejar de presentar calidad podría ser una salida. El exceso de Americana, el tipo de música que da identidad a este evento, podría saturar hasta al mayor aficionado. Pero, por otro lado, esa aseveración se puede contrarrestar con el hecho de que da la impresión de que quien va al End Of The Road lo hace, casi casi, por amor a la música. Esa es la característica distintiva que desmarca a este festival. Sin corporativismos, sin cadáveres musicales, sin trampa ni cartón.

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