Jacobo Zabalo 31-01-2011
Winterreise, de Franz Schubert
Christoph Genz, tenor; Cornelia Herrmann, piano
Palau de la Música, 18 de enero de 2011
Cicle Euroconcert
Siendo el Winterreise de Franz Schubert uno de los ciclos de canciones más hermosos y seguramente perfectos de cuantos se han compuesto, uno tiende a contemplar su programación como una noticia siempre grata. Lo presenciado en el Palau de la Música Catalana el dieciocho de enero merece, no obstante, un matiz a ese a priori. Los poemas de Wilhelm Müller, deliciosos y tremendos por lo evocador de la narración, se han ganado un puesto de honor gracias a la sublime musicalización del compositor vienés. Pero no hablan por sí solos. Requieren un intérprete de alto nivel que interiorice ese extravío invernal, que logre transmitir la desorientación, la desesperación del extraviado con un control de medios absoluto y una nobleza en el porte que comunique gravedad desde el registro de tenor. Christoph Genz no fue el tipo. Joven pero ya experimentado, con algunas colaboraciones importantes en su haber (directores como Herreweghe o Kuijken), se mostró completamente ajeno al espíritu que desprenden texto y música. Sin ápice de trascendencia o cuanto menos de recogimiento, atacó la primera canción (Gute nacht, en que se relata una partida tan inevitable como indeseada) como si se tratara del inicio de aquel otro ciclo, Die Schöne Müllerin, en que se describe el alborozo que siente el molinero durante el paseo (Das Wandern) en medio de la naturaleza. Nada más alejado: en el viaje de invierno los pasos en la nieve proliferan contra la voluntad de uno mismo y contra la naturaleza; todos los elementos, internos y externos, se oponen, amenazan con sentenciar al caminante. Christoph Genz, acompañado por la pianista Cornelia Herrmann, erró en lucir una sonrisa afable e imprimir a las melodías un ritmo excesivamente alegre, comparable al del niño que va tras la cometa en un día soleado.
Ciertamente, todos hemos podido sentir vergüenza en un momento u otro de un recital ante la exageración gestual del cantante, no del todo consciente de que su aria se encontraba fuera del contexto de la ópera en cuestión; pero no menos cierto es que para comunicar es necesario interpretar, si no con afectación al menos sí proporcionando algunas pistas visuales que den a entender el sentido de aquello que se canta. Vamos, lo que desde siempre se entiende como actuar: promover las condiciones externas para que el discurso resulte convincente, y el espectador lo interiorice. Es más que probable que las exigencias técnicas del Winterreise compliquen este movimiento. La espontaneidad de la música de Schubert es, como su aparente facilidad, sumamente engañosa; pues para su preparación y ejecución demanda un estado de ánimo, una concentración y disciplina máximas, que bien pueden rayar con lo obsesivo. Aquel que haya visto La pianista de Michael Haneke quizá le vengan a la mente algunos de los pasajes que con insólito sadismo protagoniza Isabelle Hupert, la maestra de piano que instruye a sus alumnos en una música sólo a priori dócil. Una de las melodías que se repiten con obstinación en la película es esa canción Im Dorfe ("En el pueblo"), en que los perros apenas impiden el sueño del protagonista, quien nada tiene ya que soñar.
Las letras de los poemas de Müller son despiadadas y hermosas, al igual que las melodías de Schubert. Esa es la peculiar magia del Winterreise, alquimia en efecto difícil de lograr, que no se decantó en la presente ocasión. Seguramente sea reparar en una evidencia manifiesta, abundar en el tópico de lo odioso de toda comparación,... pero es menester reconocerlo: la sombra de Fischer-Dieskau, maestro absoluto en estas lides, es, sigue siendo muy alargada. Con todo, en el Palau se dieron algunos pasajes reseñables, en buena medida gracias a la pianista: Cornelia Herrmann bordeó como el tenor una cierta desaprensión, pero a diferencia de aquél supo remontar el vuelo y hacer de su escasa afectación interpretativa un punto a favor. Con una digitación cristalina y ágil, creando algunas modificaciones interesantes en los tiempos, transmitió según el lied precipitación o remanso, aquel goteo semihelado, inquietante, de las posibilidades siempre precarias del viajero. Herrmann se empleó a fondo para evidenciar que su parte, no menos intrincada que la vocal, no representa un mero acompañamiento sino la base fundamental sobre la que cobra sentido la musicalización de los poemas de Müller. Episodios especialmente meritorios, canciones lucidas sobre todo desde esa base, fueron Gefrorne Tränen ("Lágrimas heladas"), Auf dem Flusse ("Junto al río") o la insuperablemente siniestra Die Krähe ("El cuervo"). El cierre del ciclo, con el soniquete de organillo en Der Leiermann ("El organillero"), tan repetitivo como inquietante, resultó uno de los momentos más logrados. Piano y voz pusieron luz al viaje lúgubre, en su final.
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