LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 16-04-2010
OBC; Javier Perianes, piano; Pablo González, director
L'Auditori, 19 de marzo de 2010

Noticia prometedora ya en su momento, se confirmó como excelente durante el concierto del pasado 19 de marzo: Pablo González, próximo director titular de la OBC, es, seguramente, una de las batutas más clarividentes del panorama nacional. Se trata de un director enérgico y apasionado, con una capacidad sobresaliente para el análisis, para la coherencia interpretativa de las partituras más intrincadas. Pudo intuirse en su visita al Auditori años atrás, con una soberbia lectura del Schumann sinfónico y se corroboró, en efecto, con la interpretación de dos obras de dimensiones y considerable reputación, como son el último concierto para piano de Beethoven (Emperador) y la Sinfonía nº10 en mi menor de Shostakovich.
En la primera de las obras programadas Pablo González contó con la complicidad de otro joven y exitoso prodigio de nuestras latitudes, el pianista Javier Perianes, quien aceptó el envite orquestal con una pujanza poco frecuente. El solista entendió (sin divismo y sí en cambio con mucho, y encomiable trabajo) lo central de su participación para promover una lectura vibrante y profunda. Su entrada, aquella gloriosa declamación anunciada con solemnidad por el timbal y los metales, supuso una notoria declaración de intenciones, a la que correspondió prontamente la orquesta. Brilló el Beethoven más heroico de la mano de unos intérpretes sorprendentemente desenvueltos. Tras el majestuoso Allegro se produjo un contraste que habría de cortar la respiración del público, en sepulcral silencio, al inicio del segundo movimiento: un himno creció desde las cuerdas, un himno al que su unió el piano como de puntillas, con un rubato sutil, hiriente de espiritualidad. Las cuerdas en pizzicato retomaron luego esa delicadeza para acompañar al solista, abriendo con precisión un campo para la exploración de aquello tan imposible de acotar, en el ámbito de la experiencia estética, como es el sentimiento. La sublimación de todo ello habría de conocer todavía un episodio grandioso, en el tercer movimiento. Se produjo entonces una liberación casi explosiva de las emociones contenidas, poniéndose en juego las mejores virtudes de esta orquesta, dirigida con vigor por Pablo González: ataques precisos, fraseo absolutamente coherente y una polifonía tal que resaltara la complejidad de la obra. Se rozaron momentos de inequívoca excelencia, lo cual augura -sin duda- un futuro próspero para todos nosotros, como oyentes.
El entendimiento de Pablo González con la OBC culminó, ya en la segunda parte, con una fantástica lectura de la primera sinfonía que Shostakovich compuso tras la muerte de Stalin. El drama vital del compositor soviético, finalmente liberado de las cadenas del régimen, se puso en escena con asombrosa eficacia. Fue notable el rendimiento orquestal, la atención a los tempi tanto en los ataques al unísono, inapelables y furiosos, como en los momentos lentos, desasosegadores por su regusto kitsch, por lo imposible de aquella salud espiritual buscada con desesperanza por Shostakovich. Lo cierto es que el sufrimiento del compositor se vislumbra todavía en esta página, no menos opresiva que las compuestas bajo la tiranía de Stalin. El trauma de una composición absolutamente condicionada parece reverberar más allá del tiempo de vida del dictador, por mucho que el tópico afirme lo contrario. A revisar, igualmente, aquella media verdad que sostiene que el arte de Shostakovich sólo se manifestó, sólo fructificó en las partituras camerísticas, de consumo propio. De hecho, la coerción externa no pudo no afectar a la praxis compositiva de las grandes obras por encargo, de modo a promover una formulación invertida, en incógnito y por momentos irónica, de la verdadera intención del compositor.
Pablo González demostró conocer los entresijos de la obra de Shostakovich, proporcionando una lectura no menos lúcida que en la primera parte, con la memorable interpretación del concierto para piano de Beethoven. Pero, más allá del evidente conocimiento de la partitura (de hecho, no requirió un ejemplar escrito para la dirección de la sinfonía) lo que se evidenció, en la primera aparición oficial con la OBC desde que fuera nombrado director titular para la temporada 2010-2011, es su gran carisma y capacidad para transmitir, además -por supuesto- de la innegable, ya mencionada inteligencia interpretativa. Schumann, Mahler o el mismo Shostakovich (con cuya sinfonía Leningrado se abrirá de hecho la temporada) serán algunos de los grandes desafíos del director para el año venidero. Por su atrevimiento y su modestia, por la humildad y pasión con la que encara la interpretación de los grandes músicos del repertorio, no hay duda de que el futuro es esperanzador. Así lo entendió el público al final de su última actuación como director invitado: en pie, dio la bienvenida a quien será, a buen seguro, responsable de muchas tardes de disfrute musical. Y es que, a tenor de lo visto y oído, estamos de enhorabuena. Tenemos la suerte de poder asistir a la explosión de un director que no sólo apunta maneras, sino que suscita justificadamente unas expectativas nuevas: hacer de la OBC, muy mejorada en los últimos tiempos, una orquesta conocida y reconocida, con sonoridad propia.
Encara no hi ha comentaris. Fes el primer!
Carregant...