Jacobo Zabalo 02-01-2012
Hélène Grimaud, piano
Palau de la Música, 19 de diciembre de 2011
A pesar de su juventud Hélène Grimaud es una de las pianistas más consagradas y reconocidas en la actualidad, tras una carrera de actuaciones por cada rincón del mundo y una extensa lista de grabaciones, realizadas muchas de ellas a tempranísima edad. En su actuación del Palau de la Música exhibió algunas de las principales razones de la fama que la precede. El poderío con que atacó la Sonata para piano nº8 en la menor, Kv 310, de Wolfgang A. Mozart o la prodigiosa polifonía alcanzada en la Sonata para piano, op.1, de Alban Berg, en la primera parte, no dejaron indiferentes al auditorio. Pudo parecer un tanto precipitada la versión de la obra del salzburgués, pero en cierto modo tal propensión, por parte de la intérprete, resulta justificable: el allegro inicial es un ejemplo de ímpetu, cuyo espíritu contagia los otros movimientos, inclusive el lento, Andante con expressione. Antes que buscar una interpretación epocal, en cualquier caso, fue la intervención de Grimaud atemporal en su apasionamiento. La obra de Berg, mucho más acorde al espíritu de la época en que fuera compuesta, lució con orgullo su complejidad, el entramado reticular que desafía la tonalidad de forma tanto más palpable y efectiva al bordear, en momentos puntuales, las resoluciones armónicas tradicionales.
En la segunda parte se completaría este atractivo programa con la interpretación de la grandiosa sonata de Liszt en si menor, S.178. Una obra como inspirada, de aires trascendentes, que requiere asimismo una técnica sobrehumana. No defraudó Hélène Grimaud, y ello a pesar de algunos ligeros instantes de dubitación, que evidenció tras notar que no se sentía cómoda en su asiento, encontrándose quizá a una distancia inadecuada del teclado (la ajustó y reajustó cuando la música ya sonaba). Algo extraño en una pianista tan experimentada, que hizo que su interpretación apenas se resintiera. La pujanza y entrega hizo olvidar esos pasajes, proporcionando al cabo una lectura soberbia. Una obra de esta envergadura precisa de una concentración absoluta, tal que permita concordar con el estado de inspiración del compositor. La grandilocuencia brota del silencio, de unas células mínimas, cada vez más complejas en sus asociaciones hasta el éxtasis, que Grimaud supo hacer estallar sin caer en el exceso afección. Se agradece, pues Liszt, nacido un año después que Chopin, parece estar apuntando más allá del Romanticismo. Como visionario que fue, muchas de sus composiciones poseen aún hoy un no sé qué incomprensible, un aire futurista y apasionado que no debiera decantarse exclusivamente a través del sentimiento. En la presente pieza, el piano busca por momentos transmutarse en una orquesta completa, tratando de abarcar todo el espacio sonoro con vibraciones que parecen más propias de otros instrumentos.
Tras ese derroche de expresividad, aderezado por un punto de contención inteligente y analítica (esa dialéctica que en la sonata de Liszt despunta como misticismo perfectamente equilibrado, de aplastante coherencia compositiva), Grimaud cerró el programa tocando piezas para piano solo de Bartok. Compuestas casi a modo de divertimento, las Danzas rumanas logran evocar paisajes de infancia mediante ritmos jocosos o trepidantes. La ejecución, impecable, sirvió para confirmar la valiosa variedad de registro que posee esta pianista, muy generosa por cierto al ofrecer dos bises tras un programa tan completo y redondo. Especialmente memorable sonó el primero, una transcripción para piano de aquella bellísima melodía que Christoph W. Gluck compuso para su Orfeo ed Euridice, por lo general traducida -muy elocuentemente- como "danza de los espíritus bienaventurados".
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