Jacobo Zabalo 17-02-2011
Sabine Meyer, clarinete; Juliane Banse, soprano; Aleksanadr Mazdar, piano
Petit Palau, 8 de febrero de 2011
Palau 100 Cambra
En estos tiempos de crisis y consumo desbocado se agradece toda propuesta que, discretamente o no, se salga de la calzada real. Algunos melómanos logran -la verdad es que no sé cómo, entre tanta contaminación- conservar el olfato para estos eventos. Quizá es que, como de todo hay tanto, incluso aquello a priori marginal o minoritario adquiere unas dimensiones considerables. Debe ser la cara amable de la globalización. Puras especulaciones, en cualquier caso, para explicar un fenómeno nada despreciable, la más que satisfactoria asistencia en términos de espectadores (el aforo prácticamente lleno) para escuchar al trío de músicos conformado por Juliane Banse, Sabine Meyer y Aleksandar Madzar.
No son muchas las composiciones de cámara o sinfónicas que reservan al clarinete el papel de instrumento protagonista. Las más célebres seguramente sean las de Mozart, su concierto para este instrumento solista o aquel fantástico quinteto, formato que a su vez Brahms adoptaría más adelante en una obra no menos lucida. A destacar, del compositor alemán, son asimismo sus dos sonatas para piano y clarinete, composiciones sublimes que hacen honor como pocas, por su intimismo, a la denominación de música de cámara: música de consumo y deleite reservados, que con muy pocos recursos llega directamente al alma del oyente. Desgraciadamente en la presente ocasión no se programó ninguna obra de Brahms, pero sí una de aquellas que se le suele acoplar en las grabaciones, como son las Fantasiestücke de Robert Schumann, op.73. Sabine Meyer ha grabado todas esas piezas con una excelencia poco común, además de adentrarse en las composiciones para clarinete y orquesta de los Stamitz, familia de músicos que se suele relacionar con la escuela de Mannheim, a su vez muy influyente en la posterior producción de Mozart o Haydn. Existe, dicho de paso, una excelente grabación del Concerto Köln (Teldec, 2002) con algunos de los nombres más relevantes de este movimiento.
Pero volviendo a la sala pequeña del Palau de la Música, sala como siempre afectada por las intromisiones de la Via Laietana, los intérpretes iniciaron la velada con dos canciones de Franz Lachner. Lieder (no "lieds", como sugiere repetidamente el libreto) para soprano, clarinete y piano en que cada uno de ellos posee un papel relevante, de modo a intervenir y dialogar inter pares. Meyer confirmó las buenas maneras, el virtuosismo comunicativo que la ha encumbrado, mientras que Aleksandar Madzar, al piano, anunció una solidez que mantendría a lo largo del recital. Capítulo aparte merece la soprano, Juliane Banse. Capítulo aparte, principalmente por causa de una razón bien evidente; y es que la cantante, reconocida por su versatilidad en la interpretación de Lieder, lució un embarazo imponente. Una circunstancia de inequívoca felicidad, que se menciona aquí tan sólo como atisbo de explicación a propósito del peculiar timbre y los puntuales problemas de afinación que pudo experimentar. Dicho lo cual, fue encomiable comprobar su profesionalidad así como la absoluta entrega de que hizo gala, ofreciendo momentos de gran mérito, sobre todo en la segunda parte.
Otra profesional como la copa de un pino es Sabine Meyer. Fue un tanto sorprendente oírla ensayar offstage durante las piezas en que el clarinete no había de intervenir (no en escena, se entiende); esto es, durante el ciclo de canciones Frauenliebe und leben de Robert Schumann y a lo largo de las canciones de Franz Schubert sobre textos de Johann Mayrhofer, ya en la segunda parte. Una parte que se había iniciado con las Seis canciones alemanas para soprano clarinete y piano, op.103, de Louis Spohr. Seguramente fuera este ciclo, tras la pausa de rigor, uno de los momentos más logrados, cuando el entendimiento de los intérpretes alcanzó su máxima cota de expresividad. A diferencia de lo antes acontecido, ya en la primera canción (Sei still mein Herz) la soprano se demostró perfectamente solvente, confiriendo una gran emotividad a la partitura. Mantuvo un nivel notable en las piezas de Schubert con acompañamiento de piano, que culminó, de nuevo a tres, con la canción Der Hirt auf dem Felsen.
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