Jacobo Zabalo 24-01-2012
Populina, de Llibert Fortuny, saxo; Manel Camp, piano
L'Auditori, 13 de enero de 2012
Paraules d'amor no es obviamente Summertime, y menos aún parecen a priori comparables temas como El noi de la mare e Easy to Love. Por remoto -o incluso imposible- que se antoje el parentesco, algo tienen en común; algo que hace de cada uno esos temas una ocasión idónea para su recreación y transformación improvisada in vivo, sobre un escenario. No es otra cosa que su carácter popular, el hecho de que sean por todos conocidos (por todos los que manejan un mínimo de referencias en común), prestándose así, como verdaderos standards, a una reformulación constante e inacabable. Manel Camp y Llibert Fortuny se adentran en su espectáculo Populina en un terreno tectónico esencialmente inestable, y es de agradecer que en su concierto del Auditori, lugar poco dado a estas lides, asumieran con alegría semejante riesgo. El fraseo de Fortuny sigue siendo de una creatividad encomiable y Camp se soltó progresivamente, conservando su digitación clara y amable, a medida que avanzaba el concierto. Ciertamente, la esencia del jazz implica, más allá de épocas y estilos, un trabajo de libre interpretación, una fantástica apertura hacia lo desconocido que brota precisamente desde lo más conocido. Melodías de una sencillez a veces irrisoria que acostumbran a enunciarse al inicio para, gradualmente, ser trastocadas, tornándose más o menos reconocibles según el caso.
La ambigua ductilidad de la interpretación jazzística es su mayor riqueza, lo que la emparienta y separa de las otras tradiciones musicales: más incluso que en la música clásica se manifiesta en ella la tensión entre lo conocido y lo desconocido, entre lo esperable y lo insólito; y con un gusto inequívoco, ya ajeno a toda ambigüedad, se reencuentran melodías conocidas desde siempre, que conforman el ADN musical de la mente. En la presente ocasión no sólo se interpretaron temas populares, algunos abiertamente folclóricos, sino que -como afirmó Llibert Fortuny a través del micro- se propició un sonado momento friqui, cuando aquél cambió el saxo por un engendro electrónico, un instrumento de viento conectado a un ordenador (la de L'Empordà fue una de las melodías esbozadas...). El asunto se reconduciría en los bises, con la interpretación de una versión presentada en el trabajo anterior, dedicado a Mozart. Lejos de representar una adaptación jazzística del compositor clásico, como tan a menudo se realiza (abundando en un concepto, el de fusión, que resulta de lo más cansino a estas alturas de la película), lo que propusieron Manel Camp y Llibert Fortuny, desde el inicio mismo del concierto, fue una interpretación libre, con momentos de pura improvisación, de temas populares. Pudo o no identificarse el aria de Cherubino o el tema de Ellington, ya en el segundo bis, pero lo que quedó claro es que el standard es sólo (nada más pero tampoco nada menos) la materia prima que lleva a adentrarnos en lo desconocido, a disfrutar de las sonoridades y ritmos más insospechados con una satisfacción semejante -quizá superior- a la que se experimenta al reconocer aquellos temas, para muchos excesivamente familiares.
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