Por fin llegaron los bises

Jacobo Zabalo 16-03-2010

Alexei Volodin, pianista

Palau de la Música, 23 de febrero de 2010

Temporada Ibercamera

-Silla 22, 2ª fila del escenario. Último asiento a la izquierda del piano, completamente opuesto al pianista. Casi en el rincón, rozando la coronilla con el coro de ninfas o musas o lo que sea que son o pretenden ser esas peculiares figuras que brotan alegremente de las paredes del Palau de la Música, formando parte del mismo mosaico. Desde esa privilegiada posición apenas se alcanza a ver el rostro del pianista, Alexei Volodin, por no hablar de sus manos sobre el teclado. Pero lo peor no es nada de todo esto, son minucias comparado con el siguiente hecho: la tapa del instrumento, evidentemente abierto, proyecta sobre la platea (del lado contrario a donde nos encontramos) las ondas sonoras. La reverberación que llega es opaca, como desmejorada, a pesar del privilegio de estar a unos pocos metros del intérprete, encarando por cierto la inmensa totalidad de los asistentes al Palau. Una experiencia interesante, si bien nefasta para la audición.

En cuanto a la actuación de Volodin, propiamente dicha, precisar que el programa escogido fue chopiniano de comienzo a fin. La Barcarola en fa sostenido, op.60, dio la clave de lo que sería la velada: un paseo agradable y emotivo, si bien en ocasiones monótono, por las composiciones de quien elevó el pianismo a unas cotas antes desconocidas. En los 24 preludios, op.28, obra siguiente, evitó Volodin hacer hincapié en la lectura fácil. Acertó en no abundar en la cuerda de la sensibilidad (típico, muy difundido abuso de las partituras de Chopin) si bien tampoco fue la suya una interpretación analítica, ni una propuesta especialmente fogosa. Fue más bien un divagar entre dos aguas, con mesura y sólo momentos puntuales de verdadero esplendor. Ni siquiera una obra tan fascinante como los Preludios, rica en cambios de humor y ritmos, recibió un tratamiento digno de mención. Los tiempos fueron cambiantes pero no lo suficiente, o no con la suficiente consistencia, y el rubato pareció por momentos caprichoso, antes que producto de la inspiración y la coherencia interpretativa. Por destacar un momento sobresaliente, el último de los preludios (núm. 24 en re menor, allegro appasionato) sonó complejo y solemne: Volodin promovió con su mano izquierda un contrapunto bien medido y poderoso.

La segunda parte comenzó con la serie de Mazurcas, op.59, en que se reprodujeron los modos interpretativos ya reseñados: la presencia evidente de una cierta claridad sin lograr no obstante una visión convincente, o cuanto menos idiosincrásica. Volodin es un pianista con oficio, pero por su interpretación en el Palau se diría que todavía se encuentra lejos de ser una referencia. Ciertamente -justo es reconocerlo- gracias a él se salvó el año pasado la más que pasable actuación de I solisti veneti, en el marco del mismo ciclo. Pero el caso es que en el presente recital, ya sin el desafortunado acompañamiento de aquellos músicos apáticos, no logró que fluyera un discurso ágil y atractivo. El argumento inicial, la mala ubicación del oyente que firma estas líneas bien pudiera influir en la apreciación, pero ¿cómo explicar entonces que tras la Sonata nº3 en si menor op.58, última pieza programada (por tanto entrando ya en el apartado de bises) los dos valses regalados, a su vez culminados por una polonesa, resultaran tan sumamente vivos? La chispa que se intuyó sólo puntualmente a lo largo de un programa monotemático, sin llegar nunca a incendiar el ambiente, pareció hacer efecto entonces,... como si eso pudiera devolver la luz y brillantez a las obras anteriormente interpretadas. Así, al menos, lo consideró con su ovación la mayor parte del auditorio, que por cierto había aplaudido erróneamente, antes de tiempo, el final de los Preludios.

 

Fotografía de Marco Borggreve

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