LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 28-04-2009
Obras de Bach, Mozart, Szymanowski y Chopin
Palau de la Música, 28 de abril de 2009

Por segunda vez en la presente temporada el pianista polaco Rafal Blechacz visitó la ciudad de Barcelona para ofrecer un recital de piano que confirma las mejores expectativas, aquellas creadas en su anterior visita. Con un programa variado y coherente, Blechacz, de tan sólo veintitrés años, hizo gala de una técnica asombrosa. Lo cierto es que su insólita madurez nos lleva a plantear una vieja cuestión, o cuanto menos a revisar el calificativo de prodigio. Este calificativo ha llegado hasta nuestros días no poco maltrecho y desgastado, básicamente por la cantidad (y en algunos casos también calidad) de músicos que han tenido el gusto de sufrirlo. ¿Cómo referirnos a este joven pianista, discreto y prematuro tanto en términos de técnica como de profundidad interpretativa? ¿Es uno más de entre los muchos, a veces prematuramente caducos descubrimientos de las discográficas o acaso un extraviado ejemplar de la vieja escuela? A priori, parece que entre ambas condiciones no tendría por que darse contradicción alguna… Pero el caso es que se da. Rafal Blechacz forma parte de la segunda opción. Como pianista, no deja de sorprender por su técnica, sobrada, pero también por la absoluta modestia de su gesto. Como un Richter, como una Argerich o un Gilels él es ante todo un profesional: se sienta, se concentra, hace su trabajo (esto es: entregarse en cuerpo y alma) y luego se marcha como si nada, manteniendo todavía un aire simpático y distraído.
Comenzar un recital con una obra de Johan Sebastian Bach puede parecer una idea fantástica para despejar los oídos del personal e introducirlo in medias res, en el núcleo duro del asunto mismo. Otra cosa, por supuesto, es la preparación, la concentración que ello demanda al intérprete. Blechacz deslumbró desde el inicio. De complexión poco atlética, al menos en apariencia, se presentó completamente suelto y entregado, como entrenado desde siempre para estas lides. El Concierto italiano en fa mayor, BWV 971 fue interpretado con precisión y frescura, algo en sí mismo complejo (pues, como se sabe, a veces la matemática a veces mata la poesía). Con una digitación impecable, el piano sonó cristalino: no se agolparon las notas a pesar del ritmo impreso por Blechacz en los movimientos primero y último, y el movimiento lento fue una delicia, un remanso de paz. La pieza siguiente, la Sonata nº17 en si bemol mayor, KV 570, de Wolfgang A. Mozart mantuvo esa sublime ligereza. Hubo, eso sí, una novedad interpretativa; y es que Blechacz se permitió entonces algún que otro rubato, agrupando nada caprichosamente ciertas notas y dejando que la partitura respirara como de improvisto, para deleite del oyente.
Antes de llegar al intermedio todavía se interpretó otra obra, poco conocida pero de una envergadura considerable. Las Variaciones op.3 en si bemol mayor de Karol Szymanowski necesitan de un despliegue de técnica deslumbrante, que nuestro joven intérprete se sacó de la manga como si nada. En efecto, sin excentricidades ni aspavientos y sí, en cambio, con una fluidez y claridad expositiva (comparable a la demostrada en las obras de Bach o Mozart) logró Blechacz comunicar el torrente de emociones contenidas en esta partitura. Una partitura colorida y trepidante, compuesta en los primeros años del Siglo XX, esto es, a caballo entre las nuevas propuestas y una sensibilidad teñida todavía de pathos.
La segunda parte del evento estuvo dedicada monográficamente a Chopin, referente fundamental para Blechacz por varios motivos. El primero y más obvio tiene que ver con la empatía que, por lo general, todo pianista experimenta hacia este compositor. Nadie como Chopin supo indagar a través de su instrumento en los recovecos del alma, ni tampoco destilar los materiales de que se componen los sentimientos, dando una expresión musical a todo aquello: el cúmulo de emociones y anhelos sin ordenar, tanto más verdadero cuanto más inexpresable, y aún más emotivo siendo expresado con una técnica inaudita. Los Valses, Polonesas y Mazurcas no emocionan precisamente por su ritmo marcial y/o danzante, sino por lo que a través de esos tempi se evoca. No es patrimonio exclusivo de los Nocturnos, género popularizado por el irlandés John Field (1782-1837), despertar en el alma del oyente un sentimiento de autoafirmación, como tal complaciente.
Volviendo, en cualquier caso, al embajador del compositor polaco, cabe decir que la mencionada empatía se eleva al cuadrado en el caso de compartir nacionalidad, como le sucede a Rafal Blechacz. Pero todavía más intenso resulta el vínculo biográfico al haberse proclamado vencedor del concurso Concurso Internacional Fryderyk Chopin, concurso de máxima reputación, con la interpretación de sus obras. En este su regreso a Barcelona, la ciudad que le vio triunfar pocos meses antes con la interpretación del Concierto para piano nº2, op.22, de Saint-Saëns, Blechacz ofreció una agradable selección de piezas: una balada, dos nocturnos y cuatro mazurcas, no menos triunfalmente coronadas por la Polonesa en la bemol mayor, op.53, “Heroica”. Con una entrega semejante a la mostrada en la primera parte del recital, pero abundando en los aspectos románticos de la partitura, Blechacz se sintió como en casa, y el público le correspondió. Sin ninguna duda, nos encontramos sólo al comienzo de una carrera prometedora. Y –se confirma- es todo un placer.
Encara no hi ha comentaris. Fes el primer!
Carregant...